
Arriesgarme a escribir un ensayo sobre las Elegías de Varones ilustres de Indias,
hija única de Don Juan de Castellanos, es todo un reto. Mucho se ha
escrito sobre esta ambiciosa obra y mucha agua ha corrido bajo los
puentes desde que sucedieron los hechos de los que se ocupa don Juan.
El reto es tan o más grande que el que
asumió el autor de las Elegías cuando decidió escribir su largísimo
poema. Un enorme canto de 113.609 endecasílabos; no sólo enorme por su
construcción y manejo impecable de la técnica de las llamadas octavas
reales, sino enorme en su contenido ya que abarca desde el
descubrimiento de América por Cristóbal Colón pasando también por la
colonia del Nuevo Reino de Granada.
Es importante que antes de seguir adelante nos situemos en el contexto histórico en que se escribió este poema:
“Juan de Castellanos nació en Alanís (de la provincia de Sevilla en Andalucía) en marzo de 1522, en una familia de labriegos, lo que al parecer no fue óbice para que, bajo la tutela del bachiller Miguel de Heredia estudiara latín, gramática, preceptiva, poesía y oratoria en la Escuela de Estudios Generales en Sevilla. Cabe advertir que no todos los que se han ocupado de Castellanos y su obra coinciden en estos datos y la trascendencia que tuvieron en su formación; lo cierto es que, y en esto sí parece haber acuerdo, es que viaja al Nuevo Mundo antes de cumplir los veinte años y nunca regresará a España [más información sobre estos aspectos en: Alvar, 1972; Meo-Zilio, 1972; Pardo, 1962; Rojas, 1968; Romero, 1964; Ocampo, 1997]. En adelante participa en las peripecias de la conquista y colonización de las islas caribeñas y finalmente de las actuales Venezuela y Colombia. Ordenado sacerdote en 1554, tras una vida bastante agitada (tuvo una hija, problemas con la Inquisición y participó de la actividad perlífera en Cubagua [Pardo, 1962, XXXVII]), se estableció definitivamente el año 1562 como cura de la Parroquia Santiago de Tunja, y en el año 1568 fue nombrado su Beneficiado. A partir de 1561 ó 1562 habría comenzado la redacción en prosa de las Elegías y, aproximadamente desde 1577-1578 habría llevado a cabo su versificación, la cual culminaría en 1607 [Meo-Zilio, 1982, pp. 207-8].
La obra, titulada Elegías de varones ilustres de Indias
está compuesta de cuatro partes (no llegó a escribir una quinta,
prometida al concluir la IV), de las cuales sólo la I se publicó en
vida del autor en 1589. En 1847, la Biblioteca de Autores Españoles de
Manuel Rivadeneyra editó las partes I, II y III (sin el Discurso del Capitán Francisco Draque). Finalmente, en 1886, vio la luz la IV Parte en la Colección de Escritores Castellanos, Sección Historiadores. En cuanto al Discurso,
recién en 1921, Angel González Palencia prologó y editó el texto con
el auspicio del Instituto Valencia de don Juan. La primera versión
completa se publicó en Caracas en 1930, editada y prologada por
Caracciolo Parra León. La segunda, en cambio, fue editada en 1955 por
la Presidencia de Colombia en cuatro tomos, con prólogo de Miguel
Antonio Caro. En 1997, por fin, apareció la tercera Parte, a cargo de
Gerardo Rivas Moreno, prólogo de Javier Ocampo López e Indices
temáticos (onomástico, toponímico y de nombres indígenas) a cargo de
Cristóbal Acosta Torres”1.
La obra, titulada Elegías de varones ilustres de Indias
está compuesta de cuatro partes (no llegó a escribir una quinta,
prometida al concluir la IV), de las cuales sólo la I se publicó en
vida del autor en 1589. En 1847, la Biblioteca de Autores Españoles de
Manuel Rivadeneyra editó las partes I, II y III (sin el Discurso del Capitán Francisco Draque). Finalmente, en 1886, vio la luz la IV Parte en la Colección de Escritores Castellanos, Sección Historiadores. En cuanto al Discurso,
recién en 1921, Angel González Palencia prologó y editó el texto con
el auspicio del Instituto Valencia de don Juan. La primera versión
completa se publicó en Caracas en 1930, editada y prologada por
Caracciolo Parra León. La segunda, en cambio, fue editada en 1955 por
la Presidencia de Colombia en cuatro tomos, con prólogo de Miguel
Antonio Caro. En 1997, por fin, apareció la tercera Parte, a cargo de
Gerardo Rivas Moreno, prólogo de Javier Ocampo López e Indices
temáticos (onomástico, toponímico y de nombres indígenas) a cargo de
Cristóbal Acosta Torres”2.
Me atrevería a catalogar esta obra en un
género que no sé si exista, pero que debería: poesía histórica. Ni
épica, ni lírica, pero sí las dos al mismo tiempo. ¿Cómo llamarla? no
sé, talvez poesía histórico-descriptiva, o algo similar. Es impactante
observar cómo logra combinar el lirismo y la pasión con su impecable
técnica en acontecimientos históricos tan extensos y sobre todo, cómo
logra describir con lujo de detalles no sólo estos acontecimientos,
sino el entorno donde acaecieron.
De este tema en las Elegías es que quiero
ocuparme: de la capacidad descriptiva que tiene Castellanos para
hacernos sentir que estamos viendo con nuestros propios ojos cómo son
esos parajes aparentemente tan inhóspitos pero tan arrolladoramente
bellos e inexplorados. Supongo que para un español que arribó en su
adolescencia al exuberante trópico, debió ser impactante encontrar
semejantes lugares aun vírgenes y aquellos paisajes absolutamente puros
e inimaginables para un europeo.
Las Elegías, son un excelente texto de consulta
para quien desee retroceder en el tiempo y verlos cómo eran físicamente
hablando, los territorios de las llamadas Indias, en los años de la
conquista y la colonia. Me atrevo a asegurar, que el autor nunca se
imaginó cuando empezó a escribir su obra, que esta se iba a convertir
en lo que terminó convertida. Tal vez inició el proyecto pensando
hablar de personajes importantes en la historia de la colonización,
pero en el camino no pudo sustraerse a la magia del Nuevo Mundo ni a la
tentación de describir con lujo de detalles sus mágicos lugares.
Cualquier desprevenido lector, que tome en
sus manos las Elegías, encontrará en ellas, aspectos desconocidos de
nuestra primera historia, narrados de una manera, por decir lo menos,
novedosa. Me suena la idea de emprender algún día la gigantesca
aventura de escribir una versión de las Elegías en prosa, tratando de
conservar el estilo poético de Castellanos.
Aunque el texto que nos ocupa está enmarcado
en el género lírico de la elegía como su nombre indica, definida esta
como: “una composición que denota lamentación por diversas causas”, 3 no
estoy tan segura de que éstas sean un verdadero lamento. Por momentos
las sentí como un lamento, pero hay otros momentos en que es tal la
exaltación de la belleza de lo descrito que no existe lamento, es más
bien un canto donde el lenguaje y el significado van del asombro a la
euforia. Si la poesía bucólica es un “canto a la serenidad y la belleza
del campo, y a la vida de pastores, más ideales que reales” ¿cómo
podríamos llamar a una poesía que canta, no a la serenidad y a la vida
de pastores, sino al fuego y a la excitante visión de este campo
selvático nuestro y a esta realidad apabullante y exótica que halla don
Juan y describe magníficamente en sus elegías? Habría que inventar un
género poético para nombrar este canto desgarrado.
También es un canto de denuncia, es un canto
que describe los horrores cometidos por sus compatriotas contra estos
indígenas primitivos e indefensos frente a sus atronadoras armas. ¿Cómo
serían las elegías que podrían escribirse hoy describiendo los
acontecimientos de nuestra sufrida Colombia? No nos alcanzarían ni los
113.609 endecasílabos para describir tanto espanto. La obra guarda
proporción en su extensión, con los horrores y las injusticias vistos
por su autor, pero al mismo tiempo con la maravillosa visión de unos
territorios nunca antes vistos, llenos de exhuberancias casi
indescriptibles. Don Juan se encontró en América con la realidad de la
vida en toda su extensión. Encontró vio y vivió la realidad del género
humano frente al universo del cual hace parte.
Las elegías me hicieron recordar una sorprendente
novela del nigeriano Ben Okri, que en su primera página dice: “Ninguno
de nosotros deseaba nacer. Nos disgustaban los rigores de la
existencia, los anhelos insatisfechos, las injusticias consagradas del
mundo, los laberintos del amor, la ignorancia de los padres, el hecho
de morir, y la asombrosa indiferencia de los vivos en medio de la
sencilla belleza del universo. Temíamos la dureza de corazón de los
seres humanos, pues todos nacen ciegos y pocos llegan a aprender a ver. Pero don Juan sí vio, don Juan no sólo vio. Don Juan vio, cantó y contó.
En la primera elegía nos anuncia don Juan
que no va a narrar cuentos fingidos. Que los que se propone narrar,
serán hechos ciertos y nos advierte que contará cosas terribles, muertes
e injusticias:
Asi que, no diré cuentos fingidos
Ni me fatigara pensar ficiones
A vueltas de negocios sucedidos
En índicas provincias y regiones;
Y si para mis versos ser polidos
Faltaren las debidas proporciones,
Querría yo que semejante falta
Supliese la materia, pues es alta.
Ni me fatigara pensar ficiones
A vueltas de negocios sucedidos
En índicas provincias y regiones;
Y si para mis versos ser polidos
Faltaren las debidas proporciones,
Querría yo que semejante falta
Supliese la materia, pues es alta.
Mas aunque con palabras apacibles,
Razones sincerísimas y llanas,
Aquí se contaran casos terribles,
Recuentos y proezas soberanas:
Muertes, riesgos, trabajos invencibles,
Mas que pueden llevar fuerzas humanas,
Rabiosa sed y hambre perusina,
Razones sincerísimas y llanas,
Aquí se contaran casos terribles,
Recuentos y proezas soberanas:
Muertes, riesgos, trabajos invencibles,
Mas que pueden llevar fuerzas humanas,
Rabiosa sed y hambre perusina,
Mas grave, mas pesada, mas continua.[I, I, 1]
La narración del descubrimiento del Nuevo Mundo y su percepción sobre éste, está plasmada en la elegía I, y dice así:
“Suceden entre tanto que vivimos
Casos que razon pide que notemos:
Los cuales si pesamos y medimos,
A gran admiración nos moveremos:
Y mas si grandes cosas que no vimos
Presentes y palpables las tenemos,
Como fue descubrir un nuevo mundo,
Que yo tengo por hecho sin segundo.
Casos que razon pide que notemos:
Los cuales si pesamos y medimos,
A gran admiración nos moveremos:
Y mas si grandes cosas que no vimos
Presentes y palpables las tenemos,
Como fue descubrir un nuevo mundo,
Que yo tengo por hecho sin segundo.
No porque sean dos; pues solo una
Máquina se rodea de elementos,
Un solo sol y una sola luna,
Unos mismos etéreos movimientos,
Sin tener mas ó menos cosa alguna
Sus cursos naturales ó violentos,
Una fabrica es, y un mundo solo
Máquina se rodea de elementos,
Un solo sol y una sola luna,
Unos mismos etéreos movimientos,
Sin tener mas ó menos cosa alguna
Sus cursos naturales ó violentos,
Una fabrica es, y un mundo solo
Cuanto ciñen el uno y otro polo.
Mas la tierra, morada proveida
A los hombres y brutos animales,
Quedó desde el diluvio dividida
En dos partes que cuasi son iguales:
La una nunca vista ni sabida
Sino fue de sus mismos naturales,
Y aquesta tiene tan capacees senos
Como la otra, ó harto poco menos.
Mas la tierra, morada proveida
A los hombres y brutos animales,
Quedó desde el diluvio dividida
En dos partes que cuasi son iguales:
La una nunca vista ni sabida
Sino fue de sus mismos naturales,
Y aquesta tiene tan capacees senos
Como la otra, ó harto poco menos.
Hay infinitas islas y abundancia
De lagos dulces, campos espaciosos,
Sierras de prolijísima distancia,
Montes excelsos, bosques tenebrosos,
Tierras para labrar de gran sustancia,
Verdes florestas, prados delitosos,
De cristalinas aguas dulces fuentes,
Diversidad de frutos excelentes.
De lagos dulces, campos espaciosos,
Sierras de prolijísima distancia,
Montes excelsos, bosques tenebrosos,
Tierras para labrar de gran sustancia,
Verdes florestas, prados delitosos,
De cristalinas aguas dulces fuentes,
Diversidad de frutos excelentes.
Ríos que cuando llegan á lo llano
Llevan sus aguas tan potente hilo,
Que son pequeños Ganjes y Eridano
Y en su comparación el turbio Nilo;
Son arroyos Idaspes y el Rodano.
Ybragada que va siempre tranquilo,
Menos tiene que ver Cidnus y Reno
Eufrates, Danubio y Amaceno.
Llevan sus aguas tan potente hilo,
Que son pequeños Ganjes y Eridano
Y en su comparación el turbio Nilo;
Son arroyos Idaspes y el Rodano.
Ybragada que va siempre tranquilo,
Menos tiene que ver Cidnus y Reno
Eufrates, Danubio y Amaceno.
En riquezas se ven gentes pujantes,
Grandes reinos, provincias generosas,
Auriferos veneros y abundantes
Metales de virtud, piedras preciosas,
Margaritas y lúcidos pinjantes
Que sacan de las aguas espumosas;
Templanza tan á gusto y á medida
Que da mas largos años á la vida.”
Grandes reinos, provincias generosas,
Auriferos veneros y abundantes
Metales de virtud, piedras preciosas,
Margaritas y lúcidos pinjantes
Que sacan de las aguas espumosas;
Templanza tan á gusto y á medida
Que da mas largos años á la vida.”
En este aparte de la Elegía I, es dónde don
Juan nos narra, de manera muy especial, su percepción del descubrimiento
del Nuevo Mundo. Construye para ello bellísimas metáforas, con las que
describe el Nuevo Mundo. Logra aquí un buen paralelo entre lo que
es el Viejo Mundo y el recién descubierto.
Proclama que los dos mundos están separados como si el diluvio los
hubiera escindido inundando el centro y dejando las dos porciones de
tierra separadas. Dice que a pesar de la distancia, estamos alumbrados y
protegidos por un mismo sol y una sola luna. Esta aseveración busca
crear consciencia sobre lo que hoy conocemos como globalización o como
la “aldea global”. No importa qué tan lejos estemos, somos un sólo
mundo, somos un sólo grupo humano. Por otro lado, no habla de
descubrimiento sino de “la una nunca vista ni sabida” refiriéndose a la
nueva tierra; como queriendo decir que no es que ellos la hayan
descubierto, sino que ya estaba descubierta por sus “mismos naturales”.
Los del otro lado, los europeos, supieron de ella y la vieron por
primera vez cuando llegó Colón. Estos postulados son de avanzada y tal
vez no gustaron mucho a sus coterráneos porque les restaría mérito.
Tienen un profundo sabor
contemporáneo.
Si continuamos leyendo esta hermosa elegía y
nos adentramos en la descripción de las tierras recién develadas,
encontramos versos de un realismo absoluto, cargados de gran lenguaje
poético, lleno de comparaciones que nos permiten darnos cuenta de cuán
grande, variada y rica era la recién mirada tierra. La comparación
entre el gran caudal y la impetuosa fuerza de los ríos de América con
los más grandes ríos del viejo continente, nos da una clara idea de
cómo los sorprendió la voluptuosidad de esta encantadora tierra.
Más adelante también nos narra el portento
de riquezas encontradas. Cómo estas nuevas tierras estaban inundadas de
toda la riqueza posible. Oro, esmeraldas, adornos colgados de los
cuellos de los habitantes, en fin, riquezas sin fin.
“Porque desde Hayti derecha via
A lo que Cuba tiene mas cercano,
Ochenta millas son de travesía
O veinte leguas de uso castellano:
Jamaica le dan al mediodia,
Al oriente Hayti toma la mano,
Al norte la Florida va corriente,
Yucatán á la parte del poniente
A lo que Cuba tiene mas cercano,
Ochenta millas son de travesía
O veinte leguas de uso castellano:
Jamaica le dan al mediodia,
Al oriente Hayti toma la mano,
Al norte la Florida va corriente,
Yucatán á la parte del poniente
Tiene, según se ve por esperiencia.
De aquel los que mejor han hecho cuenta,
Seiscientas leguas de circunferencia,
Y por la mas anchura son setenta:
Hoja de salce es el aparencia
Y ansi por partes es menos de treinta;
Todo lo mas es monte y espesura.
Y mas de veinte grados el altura.
De aquel los que mejor han hecho cuenta,
Seiscientas leguas de circunferencia,
Y por la mas anchura son setenta:
Hoja de salce es el aparencia
Y ansi por partes es menos de treinta;
Todo lo mas es monte y espesura.
Y mas de veinte grados el altura.
La primera de quien memoria hago
Por ser también primera del concierto,
Es la ciudad que dicen Santiago,
Puerto de todas partes encubiert
Pero con grande loa yo no pago
Las muchas que se deben á tal puerto;
Pues hasta la ciudad conmemorada,
Es casi de dos leguas el entrada.
Por ser también primera del concierto,
Es la ciudad que dicen Santiago,
Puerto de todas partes encubiert
Pero con grande loa yo no pago
Las muchas que se deben á tal puerto;
Pues hasta la ciudad conmemorada,
Es casi de dos leguas el entrada.
A los principios es un angostura,
Buena de defender por cada lado;
Pero dentro contiene gran anchura,
Mar fondo, limpio, bello, sosegado,
Donde surge la nave tan segura.
Que el marinero duerme sin cuidado;
Tiene islas, verdores, praderías,
Insignes y admirables pesquerías.”
Buena de defender por cada lado;
Pero dentro contiene gran anchura,
Mar fondo, limpio, bello, sosegado,
Donde surge la nave tan segura.
Que el marinero duerme sin cuidado;
Tiene islas, verdores, praderías,
Insignes y admirables pesquerías.”
Es increíble cómo logra poetizar hasta la simple
descripción limítrofe de un lugar. Cosas aparentemente tan prosaicas,
se dicen de tal manera que hacen pintoresca inclusive esta delimitación,
veamos como ejemplo estos cuatro versos:
“…Jamaica le dan al mediodia,
Al oriente Hayti toma la mano,
Al norte la Florida va corriente,
Yucatán á la parte del poniente…”
Al oriente Hayti toma la mano,
Al norte la Florida va corriente,
Yucatán á la parte del poniente…”
Islas y lugares tomados de la mano, como
hermanos, como seres que se acompañan y complementan. Lugares que están
al mediodía o a la parte del poniente. ¡Qué maestría para lograr la
rima y al mismo tiempo describir o citar simples situaciones
geográficas! También la descripción física y las medidas de la isla son
descritas con ternura y con palabras que
ayudan a crearse imágenes mentales que no
son tan frías como las meras cifras, que simplemente medirían y darían
idea de tamaño, o altura, pero que carecerían de magia literaria. Su
apariencia como “hojas de salce” o sauce. Este símil nos da una clara
idea de la conformación física de la isla.
Otras descripciones fascinantes son las de
la isla de Cubanga, Venezuela, donde encuentran perlas por doquier; las
bellezas descritas de esta isla y la explotación de indígenas por parte
los españoles para el aprovechamiento y disfrute de esta riqueza.
Describe como “los naturales” estaban totalmente vestidos de perlas
cuando ellos llegaron. Este es uno de los episodios que él vivió de
primera mano, ya que fue uno de los lugares en donde estuvo viviendo
antes de asentarse definitivamente en Tunja.
En la Elegía III hace una relación de las
cosas del Cabo de la Vela, donde describe este pintoresco lugar de la
siguiente manera:
“Por tal orden habemos caminado
En la trama y urdiembre desta tela,
Que ya, bendito Dios, hemos tornado
A la costa del Cabo de la Vela;
Donde para cumplir lo profesado
Hay bastante razon que me completa,
Como quien sabe bien aquel camino
Y ha sido mucho tiempo su vecino.
En la trama y urdiembre desta tela,
Que ya, bendito Dios, hemos tornado
A la costa del Cabo de la Vela;
Donde para cumplir lo profesado
Hay bastante razon que me completa,
Como quien sabe bien aquel camino
Y ha sido mucho tiempo su vecino.
Puntas y promontorios señalados
Se meten en el mar desta frontera,
Altura de la cual son doce grados,
Según cuenta de gente marinera;
Vense los montes altos y nevados
Que Santa Marta tiene por cimera;
Y el hermano mayor de los Colones
Fué quien primero vido sus ancones
Se meten en el mar desta frontera,
Altura de la cual son doce grados,
Según cuenta de gente marinera;
Vense los montes altos y nevados
Que Santa Marta tiene por cimera;
Y el hermano mayor de los Colones
Fué quien primero vido sus ancones

Al tiempo que venian navegando
Y de la tierra con algun desvío,
Vieron aqueste cabo blaqueando
Que parecía vela de navío;
Después que ya se fueron allegando
Al desengaño dél y su bajío,
El Cabo de la Vela se le puso
Por la similitud en aquel uso.
Y de la tierra con algun desvío,
Vieron aqueste cabo blaqueando
Que parecía vela de navío;
Después que ya se fueron allegando
Al desengaño dél y su bajío,
El Cabo de la Vela se le puso
Por la similitud en aquel uso.
En costa de cardones y des espinas,
Estéril y de secos arenales;
Gentes que por alli le son vecinas
En estremo son malas y bestiales,
A los cuales llamamos los cocinas
De quien hemos ya dicho grandes males;
Hay copia de conejos y venados,
E ya gran muchedumbre de ganados.
Estéril y de secos arenales;
Gentes que por alli le son vecinas
En estremo son malas y bestiales,
A los cuales llamamos los cocinas
De quien hemos ya dicho grandes males;
Hay copia de conejos y venados,
E ya gran muchedumbre de ganados.
Porque la tierra dentro, buenos ratos,
Hay campos estendidos, grandes hatos,
Mayormente Miguel de Castellanos,
A quien de ricos tractos y contratos
La fortuna le dió llenas las manos;
Faltan ya para él indios de guerra
Y no le sirven mal los de la tierra.”
Hay campos estendidos, grandes hatos,
Mayormente Miguel de Castellanos,
A quien de ricos tractos y contratos
La fortuna le dió llenas las manos;
Faltan ya para él indios de guerra
Y no le sirven mal los de la tierra.”
No creo que haya mejor descripción, por lo
menos no tan poética y tan bien armada como esta que nos explica cuál
fue la razón para llamar así al Cabo de la Vela de la Guajira
colombiana. Describe con lujo de detalles pero como siempre, respetando
la técnica, la aridez del paisaje, la similitud del lugar con una vela
de navío, la riqueza y contraste de sus parajes con la blanca visión
de los nevados de la Sierra nevada de Santa Marta. Quienquiera que
haya estado allí entenderá porque es tan fidedigna esta descripción de
Don Juan de Castellanos.
Podría extenderme copiando y deleitándome
compartiendo lo que tan gratamente me ha sorprendido de estas Elegías:
su muy bien lograda manera de describir, como decía antes, no sólo la
localización geográfica, sino la representación literaria de los parajes
que quiere llevarnos a conocer. Compuso elegías a todos los lugares
incluyendo las Antillas mayores y menores, a Colombia y sus ciudades, y
a Venezuela y las suyas. También por supuesto a sus protagonistas, lo
que fue la intención primera y a los acontecimientos allí acaecidos.
Todo ha sido escrito y descrito con lujo de detalles y sin perder de
vista ni un por un minuto, vuelvo y repito, la técnica perfecta de sus
octavas reales.
Para terminar, quiero compartir un aparte de
un texto que leí casualmente ayer, muy a propósito de lo que he venido
señalando, respecto a lo que pretende don Juan y que nos advierte en su
primera elegía: que no va a contar nada que no haya acontecido de
veras, sea visto por él o escuchado por narradores que lo vieron y
vivieron. Lo anterior nos sitúa frente a un texto de gran dimensión
poética, pero ante todo de dimensión histórica de valor incalculable y
es aquí dónde encaja de maravilla el siguiente texto a propósito de
Tomás Eloy Martínez hablando de su novela Santa Evita y su última novela, El vuelo de la reina:
“Tomás Eloy Martínez, expresa cómo “las
diferencias entre ficción e historia se han ido tornando cada vez más
lábiles, menos claras”. No usa el término verdad, o hecho noticioso,
dice sólo historia, para referirse a ese grupo de acontecimientos
pasados que un cronista recoge con el propósito de crear una verdad.
¿Qué tipo de verdad? ¿Acaso la verdad del cronista? ¿Cómo asumirán esa
verdad las generaciones futuras?”
Estas son las grandes preguntas que nos quedan después de leer las extensas Elegías de varones ilustres de Indias, de Don Juan de Castellanos. Uno de los mejores cronistas de Indias.
ILIANA RESTREPO HERNÁNDEZ
Estudiante de literatura UNAB
Agosto de 2008
Agosto de 2008



