jueves, 18 de mayo de 2017

La melancolía de los supermercados, el nuevo libro de Mari Nieves Pérez Cejas

Mari Nieves Pérez Cejas (Puerto de la Cruz, Tenerife 1975) me lo adelantaba personalmente un día del verano pasado. Por aquí lo avisé al poco, en el mes de octubre siguiente, cuando los poemas en rebeldía de El invierno más largo, Premio de Poesía Luis Feria en 2015, vinieron a remover nuestra cómoda otoñada. En ciernes más literatura insular, esta vez de corte intimista, nostálgico, con leves guiños de ironía… La Editorial Baile del Sol añade a su colección Sitio de Fuego lo último de la poeta canaria y nos emplaza a leerla en La melancolía de los supermercados.

Treinta y cinco poemas acuden a este libro desde tiempos diferentes — repartidos en su parte final los de Versos al pastel, Premio de Poesía Gumersindo Galván de las Casas 2014 — y completan un diario de soledades que presenta la parte más cotidiana y, a la vez, más íntima del transcurrir de la profesora portuense. Efímeras fotografías de un álbum que ella desordena intercalando versos largos — a veces cuestiones de márgenes obligan al salto de línea y al corchete —  con bisílabos y silencios que permiten las estancias subjetivas inherentes al lector. 

Busca aún Mari Nieves su lugar exacto en el mundo de las prisas y conectado. Duda. Teme. Aprende a sobrevivir dentro del cuerpo que la viste y al que debe alimentar, también de amor: “no vaya a ser que la soledad me encuentre / sola / y sin comida”. Muchas veces, anclada en la incertidumbre, se deja llevar hasta los lugares en los que la felicidad fue al menos por un instante. Desde un viaje sin postales por Austria — “De Viena recuerdo el sabor de Herbie Hancock despertando la resaca, / agua de limón y alcohol en un bar de noche, / sonidos que inventaban una lengua nueva entre la lluvia. / (…)”— hasta un serial de televisión, o hasta un lagarto que grita, o hasta un libro, o hasta un clásico de filmoteca…

Busca desde la playa como ventana al mar otra vida que la apela hasta el deseo de verse en lo desconocido; busca la brisa que alimenta sus anhelos desde el circundante e incierto horizonte de la playa; y encuentra la isla, el hogar en el que sentirse segura puede ser también sentirse extraña; en el que a veces unos traslúcidos visillos pueden ahogarla como duros barrotes: “Piérdete en el mar. / Sacúdete las algas enredadas. / Pon rumbo al hogar que no existió. / Invéntate un camino poblado de peces de colores, / de seres azules como el agua. / Sálvate en el viento. / Desnúdate de brisas y huracanes. / Abanícate lo odios olvidados. / (…)”. Tal vez por eso busca y encuentra también los paisajes que vivió y cantó la poesía de otro canario: Pedro García Cabrera. Lo recuerda Mari Nieves en Vaivén y arenas: “En la orilla me quedo / náufraga de la posibilidad, / con el barco a cuestas / y ahogada de arenas. / Con “la rodilla en el agua”/ postrada como el poeta de islas y de olas / sumerges tu piel en un duelo plateado. / (…)”. Paisajes que son también metáforas de la desolación que deja al final el desengaño, la amarga zozobra del barco del amor que a veces se recibe y se despide en una misma ola. Divorcio, Ayúdame, El dolor, El escondite y el amor: “Nunca llegó al mar… / como el hombre del traje gris / de mirada y sonrisa indeleble, / rezumando sudor en la emoción que desconoce, / los labios secos, / masticando el asco de los convencionalismos. / Te dio la mano. / Quisiste sentir la piel suave y dulce de una intención contenida. / (…)”

Pero es esta desolación la que la acerca, también dolorosamente, a la compañía de su verdad poética que, a pesar de todo y de todos, la salva de la intemperie de los días: Cicatriz: En cada punto que hilvanas, / escrita la emoción, / el beso recibido, / el dolor feliz / de ser tu mano, / la única mano posible que, / aun en la herida, / borda / despacio / con el hilo delgado de los días, / el tiempo que resta, / la respiración que aún necesitas / y que te salva” . Es esa intemperie cotidiana y fría la que la induce hasta el poema, como el hambre que arrastra a su cuerpo hasta los estantes del supermercado una y otra vez. El deseo de saciarse y de sanarse, de encontrar quizás la felicidad al descubrirse, no en las flores que se secan esperando frente al mar, sino en la frescura que llega desde él, sobre el vaivén de espuma, limpiando todo lo que pueda parecer naufragio sobre la arena… Porque existe en su paisaje otro amor siempre a flote, un noray al que amarra sus poemas. Es el vergel de la infancia en su hogar natal. Paisaje que avista varias veces en este libro y al que sigue cariñosamente conectada por el cordón umbilical del tacto, del olor, de los colores… Sencillas burbujas con las que acabo y que fluyen desde ese lugar al que llamamos recuerdos y que, en Mari Nieves, se escriben cercanos, plenos de intensidad. 


Felicidad
                                      A mis padres 

Te entrego un trozo de mi infancia:
días de sol amarillo,
el parque,
una playa de arena
y tanta risa,
un cuartito bajo una escalera,
muñecas gordas y risueñas,
viajes en barco
y mamá
con una manzana “pa” la niña.
Te regalo un trocito:
un beso de buenas noches,
arroz con huevo frito
y una ventana
siempre abierta en los almuerzos.
Acéptalo.
Este vaso lleno que derrama alegrías.
Cada burbuja, un abrazo efervescente,
cada sorbo, una ola de aventuras.
Será que colmé mi sed siendo pequeña
que cuando el aire es denso y hay calima,
abro la cantimplora que aún conservo
y una gota de agua fina
apaga el calor con el recuerdo.


Leopoldo Espínola
legalanis@gmail.com