martes, 25 de abril de 2017

"La tempestad", de Julio Alejandre Calviñó. Ganador del Certamen de Relato "Cervantes: 400 años después"

    Cuentan en los puertos de esta malhadada patria nuestra que no hay aguas más temibles que los mares septentrionales, más allá de la isla de Thule, donde los temporales son tan furiosísimos que descuadernan los navíos de un solo coletazo, y que, comparados con ellos, el Mediterráneo no es sino una charca para patos. Quizás ignoran estos señores que cuando un humilde ratón se enfurece, y enseña los dientes, ni el más osado matasiete se atreve a echarle mano. De igual manera, cuando nuestro manso Mediterráneo se encoleriza y se desboca, no hay rienda que lo sujete ni timón que lo gobierne. A los hechos me remito, y con pesar lo digo, pues algo tuvo que ver esa cólera marina con la sarta de desgracias que dio con mis huesos en las mazmorras de Argel.

    Ocurrió que, volviendo de Nápoles en una flotilla de tres galeras, después de muchos años de haber servido a Su Católica Majestad en tierras italianas, amaneció un día el horizonte lleno de nubes oscuras que presagiaban tormenta. A lo largo de la mañana fue cerrándose el cielo, la mar picándose y poniéndose movida y la tramontana soplando con rachas cada vez más violentas. El cómitre fustigó a los galeotes para apresurar la marcha, exprimiéndolos hasta la consunción. Mas, pese a ello, encimósenos la tempestad. Azotaba con fuerza el viento y estaba tan arbolada la mar que la galera caía a sotavento. Viendo esto, ordenó el capitán recoger los remos, presentarle la popa al mar y tirar a Dios y a ventura por donde el viento nos llevase. Llovía terriblemente y las olas golpeaban al navío, se elevaban por encima de la popa y parecía que fuesen a tocar el cielo con sus crestas espumosas; aunque en medio de tales preñeces la galera se comportaba en son muy marinero. Para moverse era preciso aferrarse a unas maromas tendidas de proa a popa, pues olas gigantes como montañas cerníanse sobre nosotros y arrasaban la cubierta con la violencia de unas cataratas. Incluso los marineros más experimentados se arredraban por la reciedumbre del viento, que parecía que fuera a desgajar la vela y arrancar de cuajo el mismísimo mástil.

    La galera se zarandeaba en aquel infierno como si fuera una tabla a la deriva. A pesar de haberlos amarrado, los objetos se destrincaban, las barricas rodaban y se quebraban al estrellarse contra la borda, y también desbaratóse el fogón y los ladrillos cruzaban la cubierta tan raudos como balas de cañón. Murió el día en un atardecer sombrío al que siguió una noche espantosa. Los galeotes, encadenados a los remos, creían llegado su final y lloraban por su libertad y recitaban letanías y se encomendaban a nuestro Padre Misericordioso de quien toda salvación proviene, aunque sus voces, perdidas en el furor de la mar, nadie más que Él las habría podido escuchar.

    Durante la noche, la tempestad resultaba más aterradora aún. Las olas eran montañas enormes y negras que se abatían sobre la embarcación espumeando con un resplandor blanquecino. Restallaban las lonas, azotaba la jarcia y el maderamen crujía como si la galera se estuviese rompiendo en mil pedazos; y sin embargo, aguantaba y seguía viva. 
    
    Un amanecer lechoso siguió a la noche. De las otras galeras de la flota no quedaba rastro en el horizonte, hundidas, perdidas o sepa Dios que se fizo de ellas. La mar no daba descanso, llena de valles y cerros más terribles que las sierras de Granada. Tan pronto caíamos en una sima y parecía que toda el agua del orbe se precipitaría sobre nosotros, enterrándonos en lo más profundo del océano, como ascendíamos a una cresta y el vértigo nos encogía el corazón al ver aquel paisaje infinito y pavoroso en ebullición.

    A media mañana las amarras de la balandra comenzaron a aflojarse y pidióme el nostromo que lo ayudara a trincarla mejor. Fui acercándome paso a paso, aferrado a una maroma, cuando una ola alzóse sobre la borda y creció y creció hasta parecer la torre mayor de la catedral de Toledo. Respiré profundamente mientras miraba su cresta ominosa y esperé el golpe, que llegó con tal violencia que me arrancó de cuajo de mi sitio, desgarrando la piel de las manos y llevándome de un lado a otro como en un torbellino, sin que pudiese hacer mayor cosa para evitarlo sino procurar no ahogarme y tragar más agua. Los pulmones me iban a estallar y, no pudiendo más, aspiré agua y tosí y me atraganté y creí llegado el último momento, pero la cubierta se inclinó en sentido contrario, la ola se retiró y yo rodé vertiginosamente hacia la borda contraria y me estrellé contra ella.

    Levantéme atontado. La sangre teñía de rojo mi camisa, resbalaba por las calzas y encharcábase junto a los borceguíes. La cabeza me estallaba y las rodillas se me doblaban, pero el nostromo me abrazó, me haló hasta el entrepuente y me dejó en unas manos caritativas que se alzaron hacia mí. Y hasta ahí mis recuerdos. En algún momento de mi sueño decayó el vendaval y la tempestad pareció dar señales de remitir, sin que nadie atinase a decir dónde estábamos ni por qué rumbo navegábamos. Al anochecer, por fin conseguí levantarme y salir a cubierta, quebrantado y doliente. Una luna opaca aparecía entre las nubes, iluminando un retablo del apocalipsis.

    Cuando por fin encalmóse la mar estaba la galera a punto de descuadernarse e irse a pique. Sobre cubierta no quedábamos más que espectros agotados con un pie en cada orilla del Aqueronte, cuando, incrédulos, vimos asomar dos velas por el horizonte de levante. Nos alegramos y felicitamos con abrazos y roncas voces y hasta entonamos una Salve Regina por tan oportuna providencia. Mas, tan llenos de ilusión estábamos, tan confiados, que tardamos casi una hora en percatarnos de que en los pendones de aquellas galeras campeaban, para nuestra desgracia, las insignias del gran turco.

    Y de lo que ocurrió después, mejor dejo la pluma y no digo nada. 


Julio Alejandre Calviño
Azuaga (Badajoz)

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