lunes, 18 de julio de 2016

Adiós, Chimisay

El Sol, la fiesta y la caridad de la gente, motivada por el -ya tradicional también- embarque de la Virgen Chiquita, han llenado de gente el último cartucho con el que el insigne y viejo muelle pesquero del Puerto de la Cruz despide sus Fiestas de Julio en honor al Gran Poder de Dios y a la Virgen del Carmen.

Buscando un sitio en el que, junto a una cerveza fresquita, esperar la hora en que navegue la Madre de todos los pescadores por las oscuras aguas del Atlántico en estas tropicales latitudes, perseguí a la brisa trepando desde la negra y poblada playa hasta unos veladores a la sombra de antiguas casas canarias en la calle San Juan.

Acomodado y servido, contemplo tristemente ante mí la taquilla clausurada del viejo cine Chimisay, como un nicho sin flores, sin lápida que explique cuántos recuerdos quedaron tapiados en sus salas… Por no hablar de los empleos.

Me acompaña Manolito. Pocos conocen como él los proyectores ahora apagados y polvorientos del viejo cine. Él fue uno de los que perdió su puesto de trabajo al poco de que en el Valle de la Orotava apareciese el gigantesco Trompo que, girando como un terrible tornado de ocio y comodidades, de cines multisalas a precios desorbitados, atrajo hacia su núcleo aquella clientela que hasta entonces había permitido la vida de los cines Chimisay y Timanfaya; y con ellos, la de los negocios aledaños y céntricos del Puerto que recogían sus frutos en la espera de los espectadores.

Pero con este cierre no solo se detuvo el tiempo en sus butacas hoy permanentemente plegadas. También se detuvo una forma de vivir el ocio en el Puerto de la Cruz. El séptimo arte daba a la Ciudad Turística una diversidad cultural que no ha logrado mantener con sus multicines el Centro Comercial La Villa. Una cultura que no está precisamente en auge en nuestra sociedad, y que con el final de aquella película dejaba a la ciudad culturalmente mutilada para los restos. Existe un turismo y una parte de la población cinéfilo en el Puerto que no tiene coche, o que le resulta difícil desplazarse en guagua hasta Las Arenas para ver una película a granel, en una sala industrial negra, con paredes enmoquetadas de noche y ácaros, que una vez dentro de ella no sabes si estás en el Nervión Plaza de Sevilla, o en La Villa de la Orotava.  

Y digo yo que si, además de un embarque de la Virgen del Carmen el segundo martes de julio que recibe en esta ciudad la visita de miles de personas, existe días después un segundo embarque, el de la Virgen Chiquita, que también reúne una cantidad importante de público en el Muelle, y ambos embarques conviven y se mantienen en el tiempo; ¿por qué no puede existir una sala pequeña que sea rentable –no digo tres, ni cuatro, digo una-, como puede ser la principal del Chimisay que, sin ser competidora de los cines Yelmo, rellene el espacio cultural que quedó vacante con aquel cierre en el Puerto?

Todas las esperanzas se me van con la brisa hacia las lejanas copas de las palmeras, cuando me comenta mi amigo que el edificio cerrado espera un período legal preciso para un cambio en el tipo de licencia de apertura. Lo que significa que muy probablemente quedará borrada toda posibilidad de volver a ver, no ya un estreno, síno cualquier filme, hasta aquellos buenos, bonitos y baratos de los que pudieron verse en pantalla grande en los inolvidables Ciclos de Cine de los martes en la pequeña Sala 3 del Cine Chimisay.

Leopoldo Espínola

domingo, 10 de julio de 2016

Relojes

A ritmo de metrónomo va balanceado el tempo en esta ciudad
bajo el compás de 6/8 a 120.

Cruces de miradas extintos bajo el yugo 
Cintia Márquez
de pantallas que sólo muestran lo aparente.
Seres que carecen de su esencia sumergidos en una sociedad
donde el capital subordina lo social.
Luces de semáforos que intentan poner en orden tanto caos
mientras en mi universo escapo por segundos de lo que acontece.
Mentes que divagan en sus propios intereses
mientras el "primer mundo" asfixia a seres inocentes.
Gente corriente que sigue su rutina
mientras su felicidad se exhala por el último poro de camino al trabajo...

Entonces por fin llego. Entonces me miras.

Aún no me ha dado tiempo de sonreir cuando se extingue el ritmo,
cuando se congela el tempo.

Entonces me coges la mano; ya no hay pantallas,
seres sin esencias ni luces de semáforos...
ni mentes divagando, ni la gente corriente.

Entonces me miras amor y sólo estamos tu y yo en un mundo imperfecto
que haces perfecto en el consuelo de tu mirada.

Cintia Márquez Antúnez
Alanís (Sevilla)