viernes, 30 de enero de 2015

Palabras


Atropelladas,
de mi boca se asoman al vacío,
sienten el vértigo
y vuelven, sin querer,
obedientes y sumisas,
a poblar mis adentros.

No daría yo por oírlas
más de lo que siento,
que a veces es nada,
que a veces es nada…

Luis Narbona

jueves, 15 de enero de 2015

Solo un libro


Sólo es un libro. Lleva ya tiempo conmigo, a mi lado, como un amigo fiel. No es muy grueso, ni pesa mucho. Tamaño medio diría yo. ¡Me falta tan poco! Sus pastas son amarillentas y el título luce color rojo sangre; apenas tres palabras. Sobre ellas, en negro, el nombre del autor y debajo, una nota al pie reza: “Elegía Andaluza”. Sobrio, austero, pareciera no querer darse importancia. En su contraportada una descripción detallada, fiel, visual, idílica. Apenas un logo se insinúa en lo más bajo. En su interior, como un tesoro, sus capítulos marcados en romanos y sus títulos también encarnados. Pudiera ser que su autor derramara en ellos toda su sangre, toda su esencia. La edición es buena, ecológica. Papel grueso de buen tacto y letras claras, espléndidas, sobre un fondo sutilmente sepia. Pero todo eso no es más que la envoltura; lo importante, el alma, está escondida detrás de cada palabra, de cada párrafo. Aparece y desaparece en cada renglón, derramando néctar de aquí para allá, empapando incesante las pupilas. Sin darte cuenta, te llega directamente al corazón, te atrapa, te domina, se apodera de ti y juega contigo como una droga. Cuando me siento junto a él, lo miro y tengo la sensación de que me espera. Suelo cogerlo y acariciarlo, notando en mis dedos su magia, su ilusión y la mía. Mi corazón se acelera cuando sus páginas, como alas de mariposa, baten rápidas entre mis manos, esparciendo su aroma, su deseo, mi esperanza. Al principio, asistía hipnotizado a su delirio y leía y leía sin poder apartar mis ojos de sus páginas. Ahora, lo cierro rápido, como dando un portazo, presintiendo la agonía del final. Me da miedo terminar. Me invade el dolor y la angustia, la desesperación. Me gustaría poder cambiar el mundo, hacerlo lucir de otra manera, de su manera. ¡Pero duele tanto saber que al final se me muere el borriquillo que...!

martes, 13 de enero de 2015

Soliloquio sobre la conciencia (Leyendo a Eduard Punset)

Para que ocurran actos tan inexplicables que atentan contra la vida o los intereses del prójimo, parece ser, según algunos científicos en la materia, que el inconsciente está dominando en ese momento al consciente, o lo que es igual a la conciencia. Quizás la
explicación puede estar en que el ser humano no puede elegir sus genes ni sus experiencias durante la infancia, que tanto influye en la formación de su cerebro. ¿Es el autor de una acción irresponsable, realmente culpable? No dudo que sí y que la Justicia Constitucional ha de caer sobre el ejecutor del daño, pero, ¿hasta cuando habrá de esperarse para que la Ciencia resuelva este gravísimo problema? Este modesto pensante cree que si para que se manifiesten cambios fundamentales en los seres humanos han debido de pasar miles de años, ¿llegará alguna generación futura a conocer el dominio de la conciencia sobre el subconsciente? Creo que ni el más optimista será capaz de señalar fecha para ese venturoso acontecimiento.