miércoles, 5 de marzo de 2014

Manoli y su memoria


El reloj del salón, que hacía sesenta años fue comprado por su padre a “Los Doblas” de Zafra, acababa de dar las once de la mañana. Once sonoras y preciosas campanadas que sonaban al oído de Manoli, como la más armoniosa de las músicas celestiales. La habitación aún casi en penumbra. Manoli sólo había abierto un poco el postigo de la ventana para ver cómo se presentaba el día. Sentada en el rústico sillón que tantos años utilizó su madre, ahora con tres vistosos, blandos y cómodos cojines, está observando como pasa gente calle arriba, calle abajo y los automóviles que, con frecuencia, hacen mucho ruido por ir a más velocidad de la permitida, cuyo estruendo parecía que se asentaba en el interior de su ya menudo y maltratado cuerpo por tantos años vividos en aquella peregrina soledad.
Manoli quedó pensativa y absorta con aquella película que lentamente iba pasando por su memoria. “Ya mismo, si Dios quiere, el día veintiséis cumpliré ochenta y cinco años” -musitaba de forma casi imperceptible- Su frágil figura se reflejaba en la blanca pared a la que ella daba la espalda. Su cabellera totalmente blanca como la nieve, con un peinado liso y primorosa castañeta recogida en su nuca, le daba un porte de Madonna de otros siglos pasados. Miraba fijamente hacia la fachada de la casa de enfrente... allí, en aquella ventana de forjados hierros, era donde Andrés amarraba siempre su hermoso caballo blanco de largas crines y continuaba andando el poco trayecto que faltaba para “la plazoleta”, donde antes de salir para su finca, degustaba un par de copitas de aguardiente seco de “Miura” y un café bien cargado. Manoli soltó un profundo suspiro que marcaba toda una historia de amor silenciado, por un pudor exagerado propio de las “mocitas” de aquellos años cuarenta. “Si yo hubiera correspondido a aquellas penetrantes miradas que parecían un misterio y que yo estoy segura que tal vez portaban una incipiente declaración de amor”…-musitaba Manoli-
Andrés era de cuerpo atlético, moreno de piel, mentón cuadrado y unos ojos negros y rasgados, construidos por los genes arábigos que con tanta abundancia quedaron por esta Sierra Morena. Andrés era simpático, afable, trabajador, responsable…Andrés era…Manoli, con una suave sacudida de su cabeza, se pasó la mano por la frente, parecía que sudaba un poco. Tanto le dolía aún aquella historia que pudo ser tan dulce y quedó en nada… Ella se sentía la responsable de la pertinaz soledad que ahora le acompañaba.
Tal vez, para aliviarse, siguió dando vueltas a su memoria. Volvía a verse recogiendo aquellas preciosas y brillantes aceituna verdes, en aquellas mañanas tan frías de un enero implacable, allí, en el viñazo que cerca de la rivera de Benalijar poseían sus padres, fruto de una herencia que databa de varios siglos. Y aquella gran cesta de mimbre, repleta de ropa sucia que, apoyada en su cintura, portó tantas veces para lavarla en “Los colaeros”:
pantalones de pana de su padre y sus tres hermanos, chamarras de loneta gris que tanto usaban “los hombres de campo” por aquellos tiempos y la ropa negra, de aquél eterno luto, que siempre acompañó a su madre.
Manoli, abstraída en sus pensamientos, recordaba con toda lucidez los carnavales del pueblo, con sus bulliciosos y alegres bailes que duraban hasta la madrugada, donde ejecutó su primer “pasodoble” agarrada a su prima Agustina. Después con algunos mozos que a ella nunca acababan de gustarle. “Si Andrés hubiese acudido…pero nunca le gustaron los bailes”
Él era un hombre de campo o del Casino, si estaba en el pueblo.
Ahora recordaba aquellas fantásticas Cruces de Mayo con sus incomparables carrozas en competición: “la Calle Nueva, la de Triana y la Corredera” que meses antes provocaban aquellas entusiastas reuniones, cada cual en su calle, para confeccionar las flores de papel de vistosos colores y otros adornos. Y la Escuela, con aquellos recreos de juegos tan divertidos-ya desaparecidos-en la plaza del Ayuntamiento. Se emocionó al recordar a su Maestra, doña Carmen Rodríguez Villaverde, tan guapa, tan simpática y sobre todo tan buena enseñante. Y ¡que pena! con sus catorce añitos, ¡hala, a las faenas de la casa!. ¡Cómo se me han pasado setenta más! Se le volvía a oír casi musitando.
Tan ensimismada se encontraba con sus pensamientos que se llevó un buen sobresalto cuando de pronto, María irrumpió en la habitación casi vociferando: ¡Venga Manoli! Que hace un día maravilloso con un rico sol y sin el aire del Norte. ¡Venga! Que vamos a dar un paseo hasta el Parral.
Pero…hija mía si ya sabes que me canso mucho, -se lamentaba Manoli. Nada, nada, repetía María, hay que andar y ya sabe usted que yo la llevo muy bien y con mucho cuidadito. Además al venir de allí he visto al Dentista, ya sabe usted, a Don Luis Narbona, y me ha dicho que hoy está por la mañana en su consulta y que es una buena ocasión para seguir tratando su maltrecha dentadura. Así que, ¡hala, a mirar por su boca! Y después nos sentaremos al sol en el banco de la izquierda, al lado de las rosas blancas, amarillas y rojas, que ya han abierto sus pétalos y huelen de maravilla, ¡digo! y que no hay en ”toa” la Sierra Morena, rosas más lindas y que huelan mejor que las de Alanís. María es una joven de unos veinte años, morena, de hermosos ojos negros como el azabache, recordando a los árabes del antepasado, esbelta, de melena muy negra larga y rizada. Es la cuidadora de Manoli, enviada por el Ayuntamiento. Viste pantalón largo y chaqueta de un blanco impecable. Ambas se alejan camino de la Alameda del Parral. María, con mimo, sostiene a Manoli. Una; de estampa joven espléndida, la otra; semi encorvada pero con señorío, con majestad.

Estampa mañanera de un día de Febrero del año dos mil trece.

Federico Serradilla Spínola

2 comentarios:

  1. Bienvenido de nuevo maestro. Está usted desaparecido en combate. A ver si ahora con el renacer de la primavera nos deleita de nuevo con su agradable presencia.
    Un abrazo.

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    1. Dios mediante -cómo decía mi padre con mucha frecuencia en su Barbería- nos veremos en la próxima reunión del día 5. Es grande el deseo de intercambiar un fuerte abrazo con los amigos de verdad. Este último poema me ha deleitado profundamente, con su argumento tan certero y también pensado. Cada vez te veo más cuajado en poeta. FELICIDADES y ¡ADELANTE JOVEN! Saludos para todos.

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