lunes, 18 de noviembre de 2013

EL ENCUENTRO

EL ENCUENTRO

Imagen propiedad de Filckr
Volveré a intentarlo, puede ser la última oportunidad que nos brinde la vida, se dijo en uno de esos momentos en los que lo más trivial puede condicionar el derrotero de acontecimientos posteriores decisivos.
Y, sin pensarlo dos veces, apresuradamente se dirigió a la estación.
Sabía que lo encontraría porque lo cotidiano había arraigado demasiado en su rutina. El trasiego del andén, junto a la luz aterciopelada de las vidrieras, inundaron su alma dotándola de una fortaleza perdida y la guiaron hacia el tren de cercanías que tantas veces habían utilizado juntos.
Instintivamente sus miradas se cruzaron y en silencio se acomodaron frente a frente incapaces de apartar sus miradas emocionadas, penetrantes, indagadoras. La alegría y el dolor se fundieron en un agridulce cóctel que ambos intentaron saborear durante el trayecto: ella reviviendo todas las vivencias que les había unido; él, ideales confusos, exigencias incomprendidas y un amor manifiesto.
Parada tras parada el tiempo, cual reloj de arena, se les escapaba de nuevo sin mediar palabras. Temores absurdos, sentimientos reprimidos y preguntas sin respuestas actuaban de escudo que impedía abrir puertas.
Silencia. Silencio. Como siempre, pensó ella.
Éste siempre fue su aliado, su fiel compañero que la ayudó a soñar desde que empezó a acompañar a su padre que, como revisor, le enseñó a amar el tren. En él transcurrió parte de su infancia: sentada  junto a la ventanilla intentaba adivinar cómo serían las vidas de todos y cada uno de los que subían y bajaban, o cómo sería la suya si perteneciera a otra familia. Así un día y otro, hasta que su padre cansado la hacía volver a la realidad:
—Irene, vamos a casa.
Cogida de su mano intentaba aferrarse a algo que la reconfortara de la frialdad de un hogar ausente del calor maternal. Le hubiera gustado contarle a su padre todas las historias inventadas mientras duraba el recorrido, pero la comunicación parecía incompatible con el exceso de trabajo, por lo que se creaba entre ambos un abismo insoslayable.
Fue creciendo. El colegio suplantó al vagón y con el tiempo otra persona suplantaría a su padre. Juntos descubrieron los secretos de la adolescencia, maduraron y entraron en esa etapa en la que creemos tocar el cielo con las manos. Germán se convirtió en el faro que alumbraría su camino, el báculo que la sostenía y, lo más importante, el maestro con el que aprendió a fortalecer su mundo interior. Sus sueños se mantenían vivos, pero alimentó sus ideales liberalizadores, su amor a la naturaleza, a la música, a los libros... y, por encima de todo, descubrió la fortaleza de su alma. Aprendió a escucharla y a encontrar en sus respuestas la serenidad tan intensamente buscada, porque por fin vislumbró que la libertad auténtica está en nuestro interior. Como él decía: es dentro de nosotros donde hace buen o mal tiempo.
Pero también le decía: nada dura para siempre, todo está sujeto a cambios. Y, sentado silenciosamente frente a ella, lo corroboraba.
Estación tras estación el tren serpenteaba hasta que llegó a su destino. Ambos bajaron e impulsados por el ayer se fundieron en un abrazo. Luego siguieron caminando: él hacia el norte; ella hacia el sur. Poco a poco las sombras se fueron difuminando hasta perderse en la niebla. Mas inesperadamente ella retrocedió, volvió sobre sus pasos a la estación para hacer el mismo recorrido pero a la inversa. Sus manos temblaban. El dolor y el vacío inundaron su espíritu y frente a un asiento vacío soñó que soñaba.

Maria Isabel García Nisa.

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