jueves, 28 de noviembre de 2013

Carta abierta a mi amigo Jose Antonio



La última vez que hablé contigo sabíamos que te morías. Llevabas semanas deslizándote por esa frágil línea que separa ambas orillas. Incluso hiciste alguna incursión en ese más allá que a todos nos espera; sólo es cuestión de tiempo; ése que a ti se te agotaba. Sonó el teléfono y apareció tu número. Mi corazón dio un vuelco, pues aguardaba la mala nueva; pero no, allí estabas tú, con voz firme y confiada, como siempre. Preguntaste por mi hijo que, por aquel entonces, había sufrido un accidente deportivo y tuvo que ser intervenido. Me alegró oírte. Saber que aun te ocupabas de las cosas terrenales. Que mantenías intacto ese cordón invisible que nos mantiene unidos, expectantes, confiados, humanos...
La conversación fue corta. No estabas para charlas.  Pregunté como te encontrabas. Me dijiste que no acababas de mejorar. Una forma sutil de reconocer tu derrota. Tú, que luchaste hasta la extenuación, que no entregaste nunca la esperanza. Y yo: ¿Qué te iba a decir? ¿Qué se le dice a un amigo que se muere? ¿A alguien que ha compartido la mayoría de los momentos de tu vida? Te intenté trasmitir fortaleza. Darte ánimos. ¿Esperanza? No lo sé; pero no creo que me mostrara muy convincente. De todas formas no te hacía falta. Tú fuiste ese ejemplo de persona que no conoce la rendición. Eras tú quien animaba a los demás, salvando tu miedo y tu incertidumbre; sobreponiéndote a todas las adversidades; ignorando hasta el final esas alas negras que se cernían sobre tu sombra. Combatiste, amigo, y perdiste; pero la pelea fue muy desigual. Tú, contra todas esas fuerzas que se conjuraron contra ti. A veces hay más gloria en la derrota que en la victoria. Aunque esa derrota se llevara tu propia vida. Aunque esa derrota te llevara hasta la tumba. Esa gloria, esa grandeza, ese ejemplo que nos diste, ya nada ni nadie te lo puede sustraer. Ese será, sin duda, tu mejor legado. Lo demás: buenos y malos momentos; alegrías y decepciones; esperanzas y frustraciones; celebraciones y penas, desaparecerán con el tiempo, en esa trampa sutil de la memoria; en esa maraña de recuerdos que se pierden con los años. Pero tu fortaleza, tu esperanza, tu alegría, en cierto modo, tu bendita inconsciencia, siempre la recordaremos; siempre estará entre nosotros. Fuiste consecuente hasta el final con tu forma de vivir. Con esa concepción cortoplacista de la vida: disfrutar el instante, ese minuto, ese día. Lo demás, ya llegaría. ¡Cuántas veces discutimos sobre eso! Entre nosotros tuvimos buenos y malos momentos. No podría haber sido de otra manera. Si en cuarenta años de amistad no hubiera sido así, dudo que esa amistad pudiera llamarse verdadera. A pesar de todo, dicen que se olvidan los malos momentos y recordamos solo los buenos. No es verdad, los malos solo se arrinconan, se guardan en un cajón recóndito y escondido; pero nunca desaparecen, porque forman parte de esa relación de camaradería. No puedo concebir una amistad donde los roces no existan. No sería sincera de verdad. Y aun así, no recuerdo una sola vez en que te necesitara y no estuvieras. No recuerdo un “no” de tu boca para cualquier petición de ayuda o colaboración. Por nimia y absurda que pareciera, tú siempre estabas allí, en mi mismo paisaje, en mis mismas horas, en mi misma vida. En ese sentido somos huérfanos de tu presencia para siempre. Me hubiera gustado otro final. Más tiempo para nuestra despedida. Saber como eran tus últimos momentos. Qué pensabas. Qué sentías. Lo había imaginado de otra forma; aunque comprendo y respeto tu decisión, tu deseo de intimidad familiar. Perdona si no estuve más allí. Perdona mis lágrimas derramadas sin mi consentimiento. No pude evitarlas. Perdona, pero no tuve ánimo para acercarme mas a ti, a lo que un día fuiste hasta tu despedida. ¡Bromeamos tantas veces sobre este momento! ¡Sobre quien llevaría a quien!  Esta vez ganaste. Te fuiste el primero para abrir camino. Si alguna vez volvemos a vernos, seguro me lo reprocharás con una sonrisa. Nos esperarás con una cerveza en la mano y algo para picar. Con tu eterna cara de felicidad, a pesar de los pesares, de las contrariedades de la vida. Seguro que las huríes del profeta tendrán todas la cara de tu amor de siempre, esa que siempre tuviste presente en tu corazón. En lo demás, yo sé que había mucho de fachada impuesta y nada de maldad. Fuiste un hombre-niño básicamente bueno. No creo que se pueda decir de ti nada mejor. Ahora, nos toca seguir remando a los que quedamos en el barco de la vida. Tú ya tienes el merecido descanso del guerrero. Ya pasaste por esos miedos que todos debemos afrontar. Y mientras los que te conocimos disfrutemos aun de las horas tenues de la vida, tu recuerdo estará siempre presente en nuestra memoria. 
Hasta pronto, amigo.


Luis Narbona Niza, noviembre de 2013.

6 comentarios:

  1. Me llegó este escrito al alma,sin palabras ya que en este escrito deja esencia
    guerrero SIENPRE

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  2. Querido Luis... tu concepto de amistad se asemeja tanto al mío...¿¿que sería de una amistad donde los roces no existan???

    En esta despedida a José Antonio, me ha conmovido la narración exquisita sobre la persona que se ha ido, sobre la presencia, sobre la energía del amigo... sobre la ausencia.

    Todo el ánimo del este mundo (y del otro) para afrontarlo; mi más sentido pésame... y mi deseo de que su recuerdo perdure siempre... el recuerdo del guerrero.

    Un abrazo sentido.

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  3. Yo no llegué a conocerlo mucho, tal vez la diferencia de años como me ha ocurrido con mucha gente de vuestra generación en Alanís —por cierto, es una gran generación de alanisenses la vuestra, en todos los sentidos—, un par de partidos de futbol. Tal vez fue justo con las generaciones que me siguieron con las que estableció más contacto como entrenador. Comprometido con el deporte, con el fútbol especialmente en Alanís, ya cometé en una red social que él fue quién me pasó la documentación que se conservaba del Liceo Club de Alanís hace un par de años, para su refundación. En ese momento, las últimas palabras que habló conmigo, y que ya nunca las olvidaré "menos mal, ya pensaba que sería yo el último presidente del Liceo", todavía tengo aquí la maleta en la que me dio todo el papeleo. Una verdadera lástima. Tu carta Luis un merecido homenaje que no será el último que reciba, este "guerrero" con mayúsculas.

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  4. Preciosa reflexión Luis, preciosas palabras.
    Preciosa amistad la vuestra llena de respeto y admiración.
    Siento tu vacío, pero quédate con el tesoro de la amistad que siempre te acompañará. Un abrazo.


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  5. Inmenso, franco, sincero, tu recuerdo, Luis, como espontáneo, efusivo, inocente y grandioso fue él, en lo importante y en lo intrascendente. Inconsciencia bendita… adjetivo que yo he usado acompañando a otro sustantivo porque en originalidad y genialidad no hay quien llegue a empatarle.
    Él ya no está pero habrá momentos -a mí ya me ha pasado- que, en su ausencia, volveremos a sonreír con sus “ocurrencias” y, cuando volvamos a encontrarnos, porque yo estoy seguro que eso sucederá, volveremos a reír a mandíbula batiente con lo que “haya ocurrido” entre las bambalinas del más allá durante este entreacto que nos ha cogido de ventaja.

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  6. Gracias por vuestros comentarios. Al leerlos, siento como si algo me reconfortara y me devolviera la confianza en algunos seres humanos. En estos tiempos de incertidumbre, de disidía, de pérdida de los valores más elementales, es para mi muy importante el concepto de amistad. Es cierto que se ha ido un amigo; pero lo es también que siempre permanecerá su recuerdo y esa sensación de cercanía que nos deja. Algo así como si no se hubiera marchado del todo.
    Un abrazo a todos.

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