miércoles, 4 de septiembre de 2013

Inventario



Allá arriba, en ese cielo que me espera,
hay una silla de enea con un cojín en el respaldo;
-ya sabéis, a cierta edad la espalda…-
Junto a la silla, una mesa camilla redonda y coqueta,
con sus enagüillas con volantes
y su pañito bordado bajo el cristal.
El brasero de cisco para los largos días del invierno
y una badila de hierro para remover las ascuas
y hacer brillar el picón enardecido.
Encima de la mesa papel y pluma
y un tintero redondo donde mojar despacio, ya sin prisas,
con toda una eternidad por delante.
Una papelera acogerá los sueños fallidos,
como bolas de cristal arrugadas,
donde cada frase será corregida un millón de veces.
No habrá faltas de ortografía,
porque el diccionario, solemne y desgastado,
estará siempre al quite
 y las soñadoras palabras preñarán las inmaculadas hojas,
con renglones rectilíneos de perfecta textura
y con esas letras de caligrafía que de niño aprendí
y que jamás volví a escribir.
Habrá un gran ventanal por donde veré pasar las nubes
y ese cielo mutante, que cambiará de color
al socaire de cada estación y al dictado
del ánimo de mi espíritu.
Habrá árboles y pájaros y hojas que caerán
y lluvias y tempestades y puestas de sol
que me deslumbrarán con su colorido.
Y en otra esquina de la estancia, una chimenea
con su hogar siempre encendido,
donde un fuego que no quema, crepitará
lanzando suspiros al aire y dibujando en mi retina
figuras y arabescos prodigiosos.
Frente a él, una mecedora quieta y gracil,
esperará que me siente y sueñe, con la mirada perdida
mas allá de las encarnadas llamas.
Desde allí oiré a los niños jugando en mi imaginario jardín
y aunque pasen los años, siempre serán mis niños.
Y llegará hasta mi el rumor de las olas del mar,
que vuelven una y otra vez;
y el aroma de un buen café que sube en la cocina;
y sentiré llegar los pasos quedos de mi amada,
que susurrará en mi oído un te quiero.
 Yo asentiré con la cabeza y con la taza en la mano
beberé despacio, saboreando, deleitando mis sentidos 
y mi recuerdo ausente.
En las estanterías, ordenados y expectantes,
me estarán esperando todos los libros que son,
porque allí estarán todos los que fueron sueño en mi memoria.
Y mi reloj de largas horas no descontará más
los latidos de mi vida,
porque ya mi vida será paraíso.
Y soñaré por fin, con la felicidad pactada,
esa que durante los largos años del adiós,
dejamos olvidada en el rincón más recóndito de nuestro corazón.

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