viernes, 27 de septiembre de 2013

Luz en el pasillo

Eduardo Merino Merchán
Nuestro amigo y colaborador, el poeta madrileño Eduardo Merino Merchán, nos ha dejado esta invitación en el correo electrónico de la Asociación:

Queridos amigos y demás.

Por si os interesa y sin ningún compromiso, quiero informaros de que el día 9 de octubre, miércoles a última hora de la tarde (ya confirmaré hora) estoy invitado por el mítico y poético y musical Café Libertad 8 (C/ Libertad, nº 8) para hacer una lectura de algunos de mis poemas. Serán mantenedores del acto los poetas Paco Caro y José Luis Fernández Hernán.

Me agradaría contar con vosotros (repito, sin compromiso). Eso sí, los cafeses y las cervezas van de cuenta de cada uno.

Un abrazo y un pequeño regalo

Eduardo



Luz en el pasillo
He dejado encendidas las luces
                                                del pasillo.
No ha sido olvido ni descuido
sino prevención para que encuentres
                                                el destino.
Para que te encuentres en mí
amparo contra la soledad
que te ciega y que te cierra las puertas
                                                con pestillo.
Necesito saber que a veces vienes
y que no equivocas ni cambias
                                               el camino.
Necesito saber que ves la luz
que te enciendo en el pasillo
para que veas la estela de este amigo
                      al que aún no has perdido.

jueves, 26 de septiembre de 2013



DESPEDIDA

Llorabas,
lo vi en tus ojos.
Era una mañana sucia y gris
—la luz del cielo estaba apagada—
y tu mirada gritaba en silencio.
Me hablaste de los años vividos,
de los sueños, de la felicidad,
del olvido,
del imposible retorno…
Yo, ante el espejo,
me anudaba la corbata
y oía murmullos lejanos.
—Sólo se reflejó una sombra—
Miré el reloj,
el segundero no paraba de correr.
“Es muy tarde”, susurré
y volví la espalda.
Tú estabas allí,
de pie, como un espectro,
suspirando, aguardando…
Se te escapó un adiós.
Llorabas,
lo vi en tus ojos
y no hice nada;
solo salí, sin hacer ruido,
sin mirar atrás,
despreciando mi vida y la tuya,
huyendo del silencio
que aulló en mi interior,
del vacío que llenó mi vida.
Era una mañana sucia y gris,
lo vi en tus ojos,
llorabas…

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Inventario



Allá arriba, en ese cielo que me espera,
hay una silla de enea con un cojín en el respaldo;
-ya sabéis, a cierta edad la espalda…-
Junto a la silla, una mesa camilla redonda y coqueta,
con sus enagüillas con volantes
y su pañito bordado bajo el cristal.
El brasero de cisco para los largos días del invierno
y una badila de hierro para remover las ascuas
y hacer brillar el picón enardecido.
Encima de la mesa papel y pluma
y un tintero redondo donde mojar despacio, ya sin prisas,
con toda una eternidad por delante.
Una papelera acogerá los sueños fallidos,
como bolas de cristal arrugadas,
donde cada frase será corregida un millón de veces.
No habrá faltas de ortografía,
porque el diccionario, solemne y desgastado,
estará siempre al quite
 y las soñadoras palabras preñarán las inmaculadas hojas,
con renglones rectilíneos de perfecta textura
y con esas letras de caligrafía que de niño aprendí
y que jamás volví a escribir.
Habrá un gran ventanal por donde veré pasar las nubes
y ese cielo mutante, que cambiará de color
al socaire de cada estación y al dictado
del ánimo de mi espíritu.
Habrá árboles y pájaros y hojas que caerán
y lluvias y tempestades y puestas de sol
que me deslumbrarán con su colorido.
Y en otra esquina de la estancia, una chimenea
con su hogar siempre encendido,
donde un fuego que no quema, crepitará
lanzando suspiros al aire y dibujando en mi retina
figuras y arabescos prodigiosos.
Frente a él, una mecedora quieta y gracil,
esperará que me siente y sueñe, con la mirada perdida
mas allá de las encarnadas llamas.
Desde allí oiré a los niños jugando en mi imaginario jardín
y aunque pasen los años, siempre serán mis niños.
Y llegará hasta mi el rumor de las olas del mar,
que vuelven una y otra vez;
y el aroma de un buen café que sube en la cocina;
y sentiré llegar los pasos quedos de mi amada,
que susurrará en mi oído un te quiero.
 Yo asentiré con la cabeza y con la taza en la mano
beberé despacio, saboreando, deleitando mis sentidos 
y mi recuerdo ausente.
En las estanterías, ordenados y expectantes,
me estarán esperando todos los libros que son,
porque allí estarán todos los que fueron sueño en mi memoria.
Y mi reloj de largas horas no descontará más
los latidos de mi vida,
porque ya mi vida será paraíso.
Y soñaré por fin, con la felicidad pactada,
esa que durante los largos años del adiós,
dejamos olvidada en el rincón más recóndito de nuestro corazón.