domingo, 19 de mayo de 2013

La Cuentacuentos

 (A  Manolita Nisa)
Érase  una vez…
En un pueblecito muy lejano  vivía una reina que había sido destronada, pero que se sentía muy feliz al haber sido liberada de todas las ataduras que una corona conlleva. Como contrapartida se integró perfectamente con el pueblo, pero había en ella algo muy especial que la diferenciaba del resto. Algo que muchos no sabían explicar, pero sí los más pequeños que al atardecer se solían sentar a su alrededor para oír sus cuentos. Su capacidad narrativa hacía vibrar a aquellas mentes infantiles que aprendieron a volar por altas esferas y por los espacios reservados a los que aún no han sido dominados por los espejismos mundanos. Atónitos y eclipsados ante tanta belleza, esperando siempre el triunfo del bien sobre el mal, olvidaban incluso la hora de merendar. Y luego, cuando  por las noches reposaban sus cuerpos rendidos, sus mentes se alejaban a lugares fantásticos en los que ellos protagonizaban sucesos heroicos, aventuras mágicas o historias que parecían tan auténticas como la luna que velaba sus sueños.
      Entre ellos y nuestra narradora fueron creciendo unos lazos indisolubles, al tiempo que en muchos germinaba una valiosa semilla: el amor a los libros. Todos la querían y no podían imaginar una tarde sin ella.
-Cuéntanos hoy el cuento de “Las tres naranjitas del naranjal”, decía uno.
-Y luego “El castillo de irás y no volverás”, añadía otro.

-¡Calma, calma!, respondía ella. Lo echaremos a suerte, pues son muy largos y me vais a agotar.
       Pero, como lo prodigioso no dura para siempre, nuestra cuentacuentos atraída por su príncipe azul hubo de abandonar aquel lugar, dejando un vacío en los niños muy difícil de llenar. En un día gris, tristes miradas infantiles la vieron partir en un tren que también parecía sollozar. No entendían, no podían entender, porque para muchos era el primer revés que les deparaba la vida. Intentó consolarlos con la autenticidad de su mirada y con la promesa de volver todos los veranos con nuevos cuentos recopilados.
     Y, efectivamente, al principio el regreso se producía puntualmente todos los años y a medida que el  tren avanzaba, su espíritu se tonificaba ante su querido paisaje. Atrás quedaba el asfalto, la llanura y la monotonía de un presente que sentía sobre sí como una sucesión de días iguales. El gemido de la máquina y su dificultad en el ascenso contrastaban con sus deseos de llegar. Al divisar el Castillo su corazón latía apresuradamente y, luego, la cordialidad, los abrazos, la alegría y el valor de lo auténtico la transformaban. Jóvenes muchachos festejaban su retorno, hablaban de ella a sus hijos e intentaban un reencuentro con el pasado. Bastaba su presencia para que triunfaran los sueños.
-¿Quién es esa señora?, preguntaba un pequeño a su madre.
-Fue mi maestra, hijo.
-¿Tu maestra del cole?
-No, hijo, no. Fue la persona que me enseñó a pensar, a distinguir el bien del mal y a soñar. Ella fue la que me enseñó los cuentos que tanto te gustan.
- ¿Sabrá el de “Los tres cerditos”.
-¡Claro! Y muchos más.
- A mí el que no me gusta es ese que me contó tita el otro día: “El marido que ladraba”, ni el de “El hombre que nunca reía”. Me ponen triste.
-No te preocupes, hijo, esta tarde oirás uno maravilloso que nos contará mi maestra.
       Año tras año la historia se repetía, mas la vida se encargaría de romper la magia: la materia se impuso al espíritu y la obligación a la devoción. Nuestra pueblerina reina fue distanciando sus viajes y se convirtió en un ser triste que sólo se alegraba con el recuerdo. La huella del tiempo quedó plasmada en los surcos de su boca, manantial inagotable de bellas historias; pero su lúcida mente fue archivando el legado recibido y decidió transmitirlo en esta ocasión por escrito a puño y letra. Su lectura, años más tarde, haría soñar a otros que maravillados creían sentir la presencia de su espíritu.
-¡Abuela, abuela!, cuéntame el cuento de “El tío Tenazas”.
- No, ése no, decía su hermano, el de “Bonifacio y Veleta”.
-¡Tranquilos!, primero uno y luego otro; pero por hoy ya está bien, no puedo más.
- Sí puedes, ayer dijiste lo mismo y luego nos contaste el de “El tío Marrango”. Además nos tienes que cantar “Antonio, divino Antonio”.
       Ya casi se sabían la letra, pero sus nietos no se cansaban y, a su vez, ellos llenaban espacios vacíos y con ellos volvió a ser juglar, regresando con sus canciones y cuentos al paraíso perdido del que extraía la energía necesaria para su debilitado cuerpo.
       Y pasaron los años. Aquella tarde el camino parecía interminable. Un cielo plomizo, por el que se filtraba un tímido rayo a modo de celosía, les acompañaba contrastando con el verdor exuberante del mes de mayo. Iban llegando. El silencio se impuso. El majestuoso tañer de las campanas hizo reaccionar a muchos. Abrazos, besos, recuerdos, saludos y despedidas. Afectos auténticos se mezclaban para recibir a la reina dormida.
       Y dicen aquellos, los que saben ver más allá de sus propios ojos, que a su alrededor revoloteaban agradecidos “La Traganta”, “Mariquita y el tío Mantequero”, la princesa del “Castillo de irás y no volverás”, “El jardinerito del Rey”, “La tía Hilaria”, “El medio-hombre”, “Bonifacio y Veleta”… y los príncipes y princesas que Manolita había rescatado de los rincones del olvido, intentando todos inútilmente trastocar la inexorable ley de la naturaleza.
       Mas… ¡oh prodigio! Los más pequeños extasiados miraban al cielo que parecía abrir sus puertas: miles de folios de distintos colores sobrevolaron escoltados por libros alados y mariposas blancas; pajarillos risueños aportaban alegría al cortejo picoteando las revoltosas letras que salpicaban el firmamento. Poco a poco se fueron ordenando y posteriormente podía leerse:
          “Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; destruído, un corazón que llora”

                                                Mª Isabel García Nisa (Mayo-2.013)

3 comentarios:

  1. Excelente !
    Muy bien escrito...

    Mark de Zabaleta

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  2. Preciosa historia la que nos traes Maribel. Tuvo que ser magnifica esa mujer, desconocida para mí, y por lo que se ve, que conció Alanís. ¿Ese libro existe de verdad?... ¿Dónde se puede comprar?...

    Saludos

    Leo

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  3. Precioso Maria Isabel. Desde donde esté, se sentirá orgullosa de ti.

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