miércoles, 24 de octubre de 2012

ITV



-Hola, buenos días señor. ( a la persona que estaba en la caja)
-Buenos días, me contesta.
-Una pregunta por favor...voy de viaje y al pasar por la fachada de este servicio, se me ha ocurrido que tal vez podría pasar la inspección sin previa cita. ¿Sería posible?
-Casualmente tengo un hueco, en diez minutos le atenderemos.
No entendí muy bien lo del “hueco”, pues en aquél momento no había nadie en el recinto...efectivamente, en ese plazo señalado me atienden y en corto tiempo se anunció mi matrícula y pasé a la línea 2. Me atiende un operario joven, escueto en palabras, más bien autoritario y, eso si, haciendo su cometido con auténtica rutina. A lo largo de mi experiencia en pasar por estos servicios, he podido comprobar que tales operarios parecen que están clonados. No en el físico sino en la forma tan desagradable de comportarse durante el transcurso de esta gestión. Sin dejar de estar de acuerdo con esta necesaria obligación para el conductor.


Todo perfecto. Bueno hay que tener en cuenta que el vehículo sólo ha recorrido poco más de cinco mil kilómetros y era su primera revisión, pero he aquí mi sorpresa al final, el operario de turno me espeta: La revisión resulta negativa, parece que el muelle de uno de los broches, asientos de atrás, donde se fija el cinturón, se ha salido un poco y no sujeta lo suficiente. Tal vez presionando el muelle hacia abajo con un destornillador, se quede en su sitio y ya funcione. Cierto, el cinturón se salía al tirar sin presionar su mecanismo. Ante esa insignificancia, que me cogió por sorpresa, le suplico: ¡Hombre! Por favor, ¿no hay aquí alguien que me dejara un destornillador para intentar solucionarlo, y evitarme la revisión negativa, por esta insignificancia?
-¡No! Me contesta tajante, yo tengo que cumplir con mi obligación, le entregaré la revisión negativa. Usted lo soluciona y cuando vuelva, comprobaremos y asunto solucionado ¿¿??. Si quiere, vaya usted a la vuelta de la esquina, allí hay talleres mecánicos...

Y, efectivamente, en menos de cinco minutos me atendió un joven, muy dispuesto y muy agradable, que “blandiendo” un destornillador, oprimió un poco el muelle hacia abajo y ¡CÁSPITA! Introduce el cinturón y funciona. Con toda mi alegría le pregunto: ¿Cuánto le debo ? Deme usted tres eurillos, por cobrarle algo, amigo. Le demostré mi agradecimiento y respiré con honda satisfacción. En unos segundos solucionado el grave problema.

Vuelvo seguidamente a la ITV y ahora sí que tengo que esperar un prolongado tiempo hasta superar un nuevo turno. Y, lo que es peor, te mandan a que te salgas al exterior para que estés pendiente del electrónico aviso de tu matrícula. Allí ningún cobijo para protegerte de un sol radiante bastante molesto que me hacía pensar...¿que será esta misma situación en pleno mes de agosto? Pero, en este caso, lo importante era el insignificante muelle, no la salud de los que estábamos al sol (sin la camisa vieja) y al menos tres usuarios superábamos los ochenta años.

Cuando, por fin, ya estoy en salida, comento con otro usuario: ¡Y todo por un insignificante muelle!
Me oye el operario en cuestión y muy encarado me replica ¡NÓ, por un cinturón que funcionaba mal!.- Bueno, señor funcionario, lo que no hay duda es que si hubiera una competencia, lógica y necesaria, las atenciones al sufridor paganini serían las correcta y no se iría uno de aquí con la sensación de “abuso del poder”, que en este invento de negocio, se aplica indiscriminadamente.

Creo que es bueno y necesario que los vehículos sean sometidos a revisiones periódicas, pero también creo que es muy necesaria una revisión a este abuso de poder que, en tales servicios “oficiales”, se nos aplica a los usuarios de vehículos. Sobre todo deberían obligar, aparte de la técnica, a repasar un poco ese maravilloso y sencillo libro de texto que, allá por los años cuarenta se titulaba REGLAS DE URBANIDAD.

Este breve relato, que bullía en mi mente, ha sustituido al que habitualmente vengo ofreciendo en mis ya rutinarios viajes en el autobús, por desplazamientos a nuestro precioso pueblo, que hoy, diez de octubre, me ha recibido con esa luz otoñal y única, que es uno de sus muchos encantos.

Federico Serradilla Spínola

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