martes, 5 de junio de 2012

Todo incluido

Se ha puesto de moda una nueva forma de ir de vacaciones. Es el todo incluido. Aunque creo que, como en todas las cosas, aún tenemos que aprender a favorecernos de ese servicio sin perjudicarnos. Todo incluido quiere decir que desde que llegas al hotel que hace la oferta, normalmente un gran hotel con mas de 1000 habitaciones, hasta que termina tu estancia no tienes que hacer uso de la cartera para nada que sea necesario. Para ello, desde el momento en que entras por la puerta giratoria cargado de maletas, como si fueses de quincena..., nada más pasar a recoger la tarjeta de tu habitación te cololcan los dueños del chiringuito una pulsera de color rojo que solo te la puedes quitar si la cortas... A mi me recordó a cuando mi padre le colocaba los crotales a los cerdos antes de que salieran a la montanera. Una vez cumplido ese trámite ya puedes disfrutar de habitación con televisión, piscina en horarios razonables, circuito de spa, guardería para los niños, bebida a discrección y buffet para desayuno, almuerzo y cena en los horarios establecidos.
Lo malo es que uno no sale del hotel ni a por tabaco. Todo lo que haces gira en torno al comedor y a la piscina. Cuando pasan las 10 de la mañana ya puedes entrar a desayunar lo que quieras. Con el hambre que llega uno a esas horas es capaz de comerse
al Mani por los pies. Un poquito de pan, cuatro bollos, con mantequilla, jamón de york, bueno un par lonchas de jamón de pavo que es más saludable, quesito en lonchas, mermelada, ¡anda! si también hay dulce de membrillo, y paté de ibérico... Bueno, luego vengo a por más que ya no me cabe en el plato. Para tragar un poco de café con leche, no mucha leche que me empalaga, y un zumo de naranja, mejor dos. Y a comer... Cuando terminamos con el primer plato, y ya son las 10 y media, coje uno un plato limpio y se va a ver la exposición de desayunos que tiene colocada el equipo de cocina del hotel. Ahora voy como los ingleses, huevo frito y tomate, salchichas alemanas y bacon, pero el bacon me gusta más en bocadillo... una baguet de bacon... A las 11 y cuarto sales del comedor para acostarte otra vez... Hasta las orejas. La digestión se prolongará hasta la hora de la cerveza, que como es gratis y hay barriles distribuidos por todo los alrederores de la piscina, cuando te tomas la primera todavía te están saliedo de las muelas las tirillas del bacon que se quedaron para luego. El primer buche a la cerveza entra bien, refrescando y el segundo también, pero el tercero ya hace que regurjites un poco de zumo de naranja... Segundos después te tomas el cuarto buche, pero ya el alcohol empieza a hacer su trabajo y la euforia hace que olvides la sensación de empacho. Cuando llevas cinco cervezas... ¡qué calor!, a bañarse... pero sin moverse mucho vaya a que se nos corte la digestión. Entre cerveza y cerveza, ya con el labio caliente, con las risas y las bromas, llega la hora de comer: las 2. De vuelta al buffet que esta vez estará lleno de segundos platos, que son los más apetitosos: filetitos, croquetas, chuletitas, patatas fritas, pescado a la plancha, sardinas, gazpacho, ensaldas de pasta y de verduras, pizzas... en fin, que cuando decides dejar de comer ya has llenado tres veces el plato y te has bebido otras tantas cervezas más. A las cuatro de la tarde, después de devorar un último plato de postres, te pones a buscar una sombra cerquita por no subir a la habitación; donde los ronquidos sean atenuados por los chillidos de los niños, o donde algún gas que dificulte su contención pueda salir sin crear problemas de ninguna clase al prójimo más cercano. A las seis volverás en sí, con la barriga pesada como el lobo del cuento de los Siete Cabritillos, y buscarás un sobre de Eno hasta debajo de las tumbonas. Pero como no lo encuentras te tomas un cubatita, o dos, o tres, para refrescar el apretón de la comida. A las siete y media estás alegrete y ya casi que no notas la empachera.  Pero ojo, que en menos de una hora abre el comedor para cenar y hay que ir duchadito y arregladito. Y es en la cena donde la gula muestra sus consecuencias más duras y bochornosas. Con el estomago machacado por un día entero de trabajo, sin haberle dado margen para el descanso, agarra uno el plato en el buffet y espoleado por los amigos, le mete uno caña otra vez a cualquier comida que se le presente, postres incluidos.
Después de haber visto a varios vomitar, se va uno de allí rezando para no ser el próximo y llega al salón de bailes donde hay barra libre. Allí intentas que los licores ayuden al estomago en ese último tirón antes del descanso. El equipo de animación del hotel se encargará de que te canses pronto de saltar para que así, o bien eches por donde entró todo lo que tomaste, o bien para que, cifrado, te vayas al cosqui dócil como un corderito.
Caerás redondo en la cama, dormirás un par de horas y te despertarás con la boca, como decía Solis, como una gazapera. Y te empinarás la botella del agua hasta que no te quepa ni una gota. Con suerte te volverás a dormir, si no lo consigues estarás lamentando haber pagado esas vacaciones toda la noche.
Al día siguiente, con el botón del bañador desabrochado, llegarás al desayuno con hambre y volverás a repetir el ciclo... 
Con este comportamiento parece como si quisieramos desequilibrar la balanza a nuestro favor, consumiendo más de lo que pagamos, para decirnos, ¡qué listos somos y qué tontos los del hotel! Pero, ¡qué lejos de tener la razón estamos!
Una vez más los expertos en marketing de las grandes empresas juegan con la psicología de sus clientes para sus cifras; y con estas ofertas de incluirlo todo, hasta la salud de los clientes, cubren una parte importante de sus objetivos de cara a un verano que, con la crisis, se presenta pobre en turismo de hotel de playa, y en el que probablemente, las ofertas de TODO INCLUIDO por fines de semana, se generalicen y a precios más bajos.
Personalmente he decidido que no volveré, al menos por ahora, a este tipo de "resort-cebaderos" consentidos. Hay mejores formas de hacer turismo gastronómico por España, si es que a esto se le puede llamar así.

Leopoldo Espínola, junio 2012

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