sábado, 14 de abril de 2012

Acuarela natural


Autorretrato de Federico Serradilla
Mañana gris manchada de retazos azules en alborada. El lago quieto e inmóvil parece una plancha de zinc, depositada por ángeles en esta madrugada. Nace un nuevo día con el sol oculto entre nubes
blancas y pardas. No hay destellos de luces, todo parece anodino y, sin embargo, el panorama que se ofrece a mis cansados ojos es maravilloso. Pían incesantemente los gorriones. Un mirlo, con frecuencia cambia de encina, otea a su alrededor y por fin se posa en la terraza, parece que quiere saludarme tras varios días de ausencia en Sevilla. A lo lejos aúlla un perro, quizás es su manera de saludar a esta extraña mañana. Un piara de cabras variopintas, comisquean entre el monte poblado de jaras y carrascas, haciendo sonar las pequeñas esquilas que cuelgan de sus erguidos cuellos. De vez en cuando, con voces sonoras que suenan a siglos y que solo el cabrero entiende, las hace seguir adelante ladera abajo, donde esta queda interrumpida uniéndose con el misterioso espejo que presenta el lago. Un macho de largos cuernos y barba picuda, que se ha adelantado, está inmóvil mirándose en sus aguas, como el más ufano y pretencioso “Narciso”. Un ave rapaz, de las que ya tanto escasean, cruza por el frente de mi casa, callada, rápida y audaz. Quizás en busca de fresca provisión para sus hambrientos polluelos. Las hermosas encinas que me circundan están en una absoluta quietud, en ese profundo y centenario silencio que sólo ellas saben provocar. La figura bella de este tosco árbol, es majestuosa, con su hermosa sobriedad parece enseñorearse en esta fría mañana de mayo que casi todas las primaveras serranas suele ofrecernos.


Son las ocho en el reloj mecánico que inundó el mundo en el siglo XII, sin embargo, el momento presente no tiene horas, este reloj me saluda impasiblemente a través de la eternidad y siempre marcando la luz y la sombra, el día y la noche. Las hojas del erguido madroño que franquea la entrada a mi casa, brillan intensamente aunque el sol esté escondido; parece que el insigne Velázquez acaba de pasar en su caballo de la historia y ha dejado unas pinceladas en el aire. Aire como espacio, pues no se mueve ni una hoja de árboles y plantas. Esta mañana rara, hasta la brisa que siempre nos acompaña nos ha regateado su presencia. Los gatos que me rodean, uno negro y blanco, otro parduzco amarillo-rojo y dos negros total parece que maúllan de forma desusada al pedir el suministro de su primera vianda. Un petirrojo, alegre, saltarín y bullicioso, también aletea entre los arbustos que me rodean. Un manto verde oscuro, de extraña figura, provocado por los cortes del agua, aristas del lago, está moteado de preciosas pintas blancas. Son las jaras en flor que se miran en su espejo natural.

Los átomos más densos y opacos tal vez se han apartado para dejar al astro rey que nos salude. Un dorado y luminoso rayo de sol inunda la casa, blanca como la nieve. Las encinas ahora reflejan verdes distintos y los preciosos racimos amarillos que cuelgan de la “mimosa” (nombre popular de la leguminosa Acacia dealbata) me invitan a pintar. Mi cuerpo también toma otro color y otro espíritu, necesitado de este calor natural que, en un muy lejano tiempo, fabricó el motor cósmico – según el sabio griego Aristóteles. Y, como no quiero dejar en celos a su Maestro Platón, su gran oponente, reconozco que se me terminan “las ideas”. Tampoco quiero defraudar al preclaro filósofo Edgar Morin, que es quien se puede permitir hablar así: “No escribo desde una torre que me sustrae a la vida, sino desde el interior de un torbellino que me implica en mi vida y en la vida”...“No soy de quienes tienen una carrera, sino de quienes tienen una vida”...”Se que las ideas que nos son necesarias para conocer el mundo, son al mismo tiempo las que nos camufla el mundo o lo desfigura. Sé que nadie está al abrigo de mentirse así mismo”...”No me anima el espíritu del valle que recoge todas las aguas que en él se vierten, me veo más bien como una abeja que se ha embriagado libando de mil flores, para hacer con todos los pólenes distintos, una sola y misma miel”

Iba a decir que cortaba esta sencilla pero muy sentida narración que la mañana gris me ha provocado, para no despertar la ira del espíritu de los citados filósofos. Mas, ahora por doble motivo; un vozarrón campesino me saca de la abstracción. Es mi vecino que, acercándose a la valla que nos separa (valla que nunca debería existir, a pesar de la vistosidad de sus hermosas tuyas) me espeta: “Señor Federico, estoy terminando de hacer unas migas con chorizo, ¿se atreve usted a comerlas conmigo” ¡Cómo no, mi querido amigo!, le he contestado y, seguidamente me dispongo a saltar la dichosa valla por el hueco dejado a propósito. Y, aunque estaba sintiendo el ruido del roce de los “cacharros” de cocina, señal de que Pepi se disponía a preparar el desayuno, salté sin ni siquiera avisarle, pues siempre cuento con su comprensión, y me planté ante las exquisitas migas de “El Senti”, mi vecino. ¡Qué ricas estaban! ¿Y la compañía? Sencillamente deliciosa.

Este buen hombre, una vez más, mientras nos insuflábamos tan castizo desayuno, me contó una de sus pequeñas y deliciosas leyendas, transcurridas en esta feraz y legendaria sierra, al pie de la famosa “Ruta de la plata”.

Federico Serradilla Spínola

Los Lagos del Serrano, mayo 2001

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