lunes, 23 de abril de 2012

Felicidades


Felicidades, amigo. Hoy es tu día y te veo bien, como siempre. Claro que ya sabes que te miro con buenos ojos. Me acompañas desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo bien de quién nos presentó. Solo sé que fue hace mucho, mucho tiempo. No tendría yo mas de cinco o seis años cuando nos vimos la primera vez. Por entonces tú ya tenías una edad y a mi me costaba trabajo comprenderte, pero poco a poco, con paciencia, creo que conseguimos entablar una buena relación. Han pasado tantos años y ahí estas tú, tan lozano y juvenil como el primer día. La verdad es que te conservas muy bien. Claro que juegas con un poco de ventaja. Eres capaz de adoptar tantas formas, tantas personalidades distintas. Hemos pasado juntos buenos y malos momentos, pero siempre has estado ahí, a mi lado, comportandote como lo que en realidad eres, el mejor y mas fiel de los amigos. Me has hecho vivir momentos inolvidables que no se borrarán jamás de mi memoria. Nunca me reprochaste nada. Ni siquiera en los breves momentos que te aparté de mi lado. Ya sabes que uno no es perfecto. En general creo que nuestra relación siempre fue buena y si algo falló tengo que entonar el mea culpa. Tú, tan callado, tan fiel, tan leal, tan sincero siempre, nunca me has fallado, nunca me has defraudado. Es por eso que hoy, en tu día, no me resisto a felicitarte públicamente y a demostrarte mi admiración, aprecio y cariño. Gracias, libro, por estar siempre a mi lado.

Luis Narbona, 23 de abril de 2012 "Día del Libro"

sábado, 14 de abril de 2012

Acuarela natural


Autorretrato de Federico Serradilla
Mañana gris manchada de retazos azules en alborada. El lago quieto e inmóvil parece una plancha de zinc, depositada por ángeles en esta madrugada. Nace un nuevo día con el sol oculto entre nubes
blancas y pardas. No hay destellos de luces, todo parece anodino y, sin embargo, el panorama que se ofrece a mis cansados ojos es maravilloso. Pían incesantemente los gorriones. Un mirlo, con frecuencia cambia de encina, otea a su alrededor y por fin se posa en la terraza, parece que quiere saludarme tras varios días de ausencia en Sevilla. A lo lejos aúlla un perro, quizás es su manera de saludar a esta extraña mañana. Un piara de cabras variopintas, comisquean entre el monte poblado de jaras y carrascas, haciendo sonar las pequeñas esquilas que cuelgan de sus erguidos cuellos. De vez en cuando, con voces sonoras que suenan a siglos y que solo el cabrero entiende, las hace seguir adelante ladera abajo, donde esta queda interrumpida uniéndose con el misterioso espejo que presenta el lago. Un macho de largos cuernos y barba picuda, que se ha adelantado, está inmóvil mirándose en sus aguas, como el más ufano y pretencioso “Narciso”. Un ave rapaz, de las que ya tanto escasean, cruza por el frente de mi casa, callada, rápida y audaz. Quizás en busca de fresca provisión para sus hambrientos polluelos. Las hermosas encinas que me circundan están en una absoluta quietud, en ese profundo y centenario silencio que sólo ellas saben provocar. La figura bella de este tosco árbol, es majestuosa, con su hermosa sobriedad parece enseñorearse en esta fría mañana de mayo que casi todas las primaveras serranas suele ofrecernos.

lunes, 2 de abril de 2012

Domingo de Ramos: En busca del tiempo perdido...

Leo en estos días parte de una obra monumental: "En busca del tiempo perdido". En concreto: "Por el camino de Swann". Tengo que confesar que no he leído nunca una descripción mas perfecta de los temores infantiles que la que el autor, Marcel Proust, realiza en esta obra cumbre de la literatura universal. Claro que hablamos de palabras mayores. Describir, de la manera que lo hace, esos terrores que todo niño ha tenido ante la inminencia de la oscuridad, o la separación del acogedor calor de una madre, nos retrotrae a esos tiempos perdidos de nuestras más tiernas infancias. No es una lectura fácil. En ocasiones, su prosa resulta enrevesada y nos obliga sobremanera a mantener una atención y una dedicación incompatible con la mas mínima distracción durante el íntimo acto de la lectura. No obstante, el esfuerzo intelectual de hacerlo, os aseguro que merece la pena. Proust, maestro de narradores, tiene bien ganada su fama por obras como esta. Dicho lo cual y llegando a mis oídos el atronador ruido de una música descompasada y tribal que atruena en la plaza del parral un día como hoy, Domingo de Ramos, en torno a una reunión de mas de un ciento de jóvenes que se dedican a mirarse con un vaso en las manos, porque me imagino que hablar con esos decibelios resultará imposible, me pregunto: ¿Habrá entre todos esos muchachos que se reúnen hoy allí, alguien que haya leído a Proust alguna vez? Es mas, ¿Habrá alguno que si tan siquiera sepa o haya oído hablar de él? Mucho me temo que no. Y mucho me temo, que esta juventud que estamos criando de la manera que lo hacemos, esté siendo privada en un futuro no muy lejano, del placer de volver a buscar algún día su tiempo tan perdido...