sábado, 3 de marzo de 2012

Montañas y Sierras...


“¡Cuán  insultadas sois por la insensatez de los hombres!”
“Estáis revestidas de frondosos y milenarios árboles o de rústicas piedras marmóreas de las que sois despojadas. Vuestras cumbres blancas son profanadas por las botas sucias y los bastones arrogantes. Escondéis tesoros y os abren el vientre para saquear vuestras preciadas vísceras.  Sois calladas y solitarias, mas habéis de tolerar la presencia del hombre tecnológico destructor. Os eleváis serenas hacia el cielo y os quieren dominar con máquinas voladoras y sus zumbidos atronantes. Estáis ahí, protegiendo la paz de floridos y preciosos valles, y, sin embargo, sois horadadas cruelmente de parte a parte.

¿Por qué tantos encarnizamientos y desprecios? ¿Será tal vez la impotencia de los gusanos contra los gigantes, de los insolentes humanos contra la obra de la Divina Providencia? ¿O desean los hombres, quizás, vengarse por sus vómitos de fuego, o por los aludes de la blanca y limpia nieve, que a veces lanza cumbre abajo? Creo que las montañas y sierras están asociadas a un destino eterno para mandarnos  sus más altos y tal vez, sagrados mensajes.
La historia de los pueblos elegidos y rechazados es un continuo traslado de montaña a montaña. Recordemos estas historias: “El pueblo creyente nos habla del Ararat, donde fue salvado Noé; del Sinaí, donde Moisés recibió las Tablas de la Ley; el Carmelo, refugio de Elías; el monte Sión, donde Salomón edificó el primer templo; el monte de los olivos, el de la Cruz...
Del mundo pagano que en su nostalgia por la altitud, cuenta con el monte Ida, cuna de Zeus; el Olimpo, sede de las deidades homéricas; el Parnaso, asilo de Apolo y de las Musas. Entre los riscos nevados del Himalaya, según algunos, viven todavía los semidioses inmortales; el Tibet, los Alpes, donde oran los ascetas. Según la Escritura, los montes, las sierras y las montañas, son “el escabel de los pies de Dios.”
Para los poetas, estos elementos físicos-geográficos tienen un aspecto solemne y sagrado como si fuesen el trono del Rey del Mundo. Y hablan de que, sus soledades, que suelen estar habitadas por las águilas y los monjes, son escalones pétreos y majestuosos para la subida al Cielo. Un poeta vio en la montaña una catedral sobrehumana, pero la montaña, obra divina, es algo más que una  obra humana”
Decía Giovanni Papini: “Cuando el monte no es escala del paraíso se convierte en pozo del infierno”

Al texto que antecede,  yo he de agregar: Se podrá arañar, cavar, remover y saquear una sierra, como lo están haciendo con nuestra preciosa y erguida Hamapega, pero hasta la más pequeña colina,  jamás cambió de lugar. Y hasta el fin de los tiempos, la severa inmovilidad de nuestra hermosa sierra alanisense, permanecerá ahí, quieta y callada, como reproche para todo aquél que se permita horadarlas.

                                                          Federico Serradilla Spínola

                                                                                                Marzo de 2011

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