![]() |
| Alanís, nevada 2010 |
Ya no me
acordaba del frío de enero en Alanís. Aquél frío de los años
treinta y cuarenta, de inviernos muy crudos vividos en mi niñez y
juventud. Y digo crudos porque no había las comodidades y medios
económicos como los de ahora, a pesar de la crisis que nos azota.
Esta
mañana, al salir de la estancia donde me alojo, muy abrigado,
presintiendo el frío del exterior, cuando atravesaba la Alameda del
Parral, un frío agudo y penetrante se me colaba por los orificios
nasales y me provocaba un dolorcillo y un moquilleo que, ¡puñetas!,
no era de viejo, que lo soy. Ello me hizo recordar que también me
ocurría en mis años mozos de aquellos años citados. Llegué a
nuestra linda “Plazoleta” donde lucía un sol radiante que
iluminaba de forma especial el blanco de las casas y los tejados de
las clásicas tejas árabes. Esta, estaba prácticamente solitaria,
el frío norteño que nos sopla Malcocinado entre las abruptas
sierras, se hacía notar intensamente. Me refugié sobre la fachada
del bar “El sitio” del amigo Migue, quien regenta este negocio
con simpatía y bastante agrado. Por cierto que cuando me ve situado
sobre el mostrador, con un agradable desparpajo enseguida me espeta:
¿Largo de leche y tostada pequeñita?. Este detalle me resulta muy
significativo porque me hace sentir que ya no soy un forastero en mi
pueblo. Sí, señores, que el que suscribe, recién levantado y sin
coger antes la bicicleta (por el frío) soy incapaz de engullirme esa
espléndida rebanada que sale de la “telera grande”
En
los largos veinte minutos que he permanecido a la espera del
“Directo”, como se decía en aquellos años, he apreciado la sola
presencia de unos cinco varones, que muy abrigados y muy ligeros, se
colaban en “El Sitio” y la de tres féminas
que cruzaban hacia cualquiera de las calles que arrancan desde este
centro neurálgico de Alanís, tapadas hasta los ojos, que por un
momento me hicieron pensar que me encontraba en una de esas preciosas
y recoletas placitas de Marrakech.
Sí, han
transitado bastantes vehículos casi todos de buena marca,
posiblemente , más de los que atravesaban el pueblo en un año en
aquella época. Espléndidos automóviles que jamás hubieran podido
soñar los abuelos de esta gente joven que los conduce, pues ni
siquiera soñaron con tener algún día una bicicleta. Este progreso
me alegra mucho, mas siento enormemente lo poco que se ha prosperado
en el maravilloso ejercicio de LEER, que tanto beneficia al ser
humano en todos los sentidos.
Tal
como me instalé en el “Linesur” me puse a tomar estas notas,
sobre lo meditado en ese corto, pero precioso espacio de tiempo que
permanecí en su espera. A “trancas y barrancas” garabateando
como he podido, he llegado hasta la bonita Cantillana, cuna de la
genial historia de su barquero que, afortunadamente, leí en aquellos
años cuarenta y de la que fui distribuidor siendo casi un niño, en
Alanís y Guadalcanal, con el título de “El barquero de Cantillana
y que dio lugar, muchos años después, a la serie televisiva
titulada “Curro Jiménez”-
Aquí
doy por terminada “mis cavilaciones”. Al menos he querido romper
este largo silencio desde las pasadas navidades.
Federico
Serradilla Spínola
4
febrero 2012




Nos dejaste en tu escrito una cotidiana mañana de invierno en nuestros pueblos. Yo que también los años los cuento por decenas, he recordado aquellos años duros, pero llenos de recuerdos maravillosos donde lo poco sabia a mucho y la lectura era casi un lujo pero que tuve a mi alcance Un saludo Carmen
ResponderSuprimirHola Carmen; no se quien eres pero te agradezco mucho tu amable comentario a mi breve relato. Me agradaría identificarte. A tu disposición con un saludo afectuoso. Federico Serradilla
Suprimirsaludos
ResponderSuprimirque buen blog
yo también tengo uno, para ver si me pueden seguir, yo ya los sigo
saludps
Hola Paz; agradezco tu amable comentario. Si lo deseas me envias tu blog para entrar en contacto.
ResponderSuprimirSaludos. F.Serradilla Spínola