domingo, 5 de febrero de 2012

Enero alanisense


Alanís, nevada 2010
Ya no me acordaba del frío de enero en Alanís. Aquél frío de los años treinta y cuarenta, de inviernos muy crudos vividos en mi niñez y juventud. Y digo crudos porque no había las comodidades y medios económicos como los de ahora, a pesar de la crisis que nos azota.
Esta mañana, al salir de la estancia donde me alojo, muy abrigado, presintiendo el frío del exterior, cuando atravesaba la Alameda del Parral, un frío agudo y penetrante se me colaba por los orificios nasales y me provocaba un dolorcillo y un moquilleo que, ¡puñetas!, no era de viejo, que lo soy. Ello me hizo recordar que también me ocurría en mis años mozos de aquellos años citados. Llegué a nuestra linda “Plazoleta” donde lucía un sol radiante que iluminaba de forma especial el blanco de las casas y los tejados de las clásicas tejas árabes. Esta, estaba prácticamente solitaria, el frío norteño que nos sopla Malcocinado entre las abruptas sierras, se hacía notar intensamente. Me refugié sobre la fachada del bar “El sitio” del amigo Migue, quien regenta este negocio con simpatía y bastante agrado. Por cierto que cuando me ve situado sobre el mostrador, con un agradable desparpajo enseguida me espeta: ¿Largo de leche y tostada pequeñita?. Este detalle me resulta muy significativo porque me hace sentir que ya no soy un forastero en mi pueblo. Sí, señores, que el que suscribe, recién levantado y sin coger antes la bicicleta (por el frío) soy incapaz de engullirme esa espléndida rebanada que sale de la “telera grande”
En los largos veinte minutos que he permanecido a la espera del “Directo”, como se decía en aquellos años, he apreciado la sola presencia de unos cinco varones, que muy abrigados y muy ligeros, se colaban en “El Sitio” y la de tres féminas que cruzaban hacia cualquiera de las calles que arrancan desde este centro neurálgico de Alanís, tapadas hasta los ojos, que por un momento me hicieron pensar que me encontraba en una de esas preciosas y recoletas placitas de Marrakech.
Sí, han transitado bastantes vehículos casi todos de buena marca, posiblemente , más de los que atravesaban el pueblo en un año en aquella época. Espléndidos automóviles que jamás hubieran podido soñar los abuelos de esta gente joven que los conduce, pues ni siquiera soñaron con tener algún día una bicicleta. Este progreso me alegra mucho, mas siento enormemente lo poco que se ha prosperado en el maravilloso ejercicio de LEER, que tanto beneficia al ser humano en todos los sentidos.
Tal como me instalé en el “Linesur” me puse a tomar estas notas, sobre lo meditado en ese corto, pero precioso espacio de tiempo que permanecí en su espera. A “trancas y barrancas” garabateando como he podido, he llegado hasta la bonita Cantillana, cuna de la genial historia de su barquero que, afortunadamente, leí en aquellos años cuarenta y de la que fui distribuidor siendo casi un niño, en Alanís y Guadalcanal, con el título de “El barquero de Cantillana y que dio lugar, muchos años después, a la serie televisiva titulada “Curro Jiménez”-
Aquí doy por terminada “mis cavilaciones”. Al menos he querido romper este largo silencio desde las pasadas navidades.
Federico Serradilla Spínola
4 febrero 2012


4 comentarios:

  1. Nos dejaste en tu escrito una cotidiana mañana de invierno en nuestros pueblos. Yo que también los años los cuento por decenas, he recordado aquellos años duros, pero llenos de recuerdos maravillosos donde lo poco sabia a mucho y la lectura era casi un lujo pero que tuve a mi alcance Un saludo Carmen

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    1. Hola Carmen; no se quien eres pero te agradezco mucho tu amable comentario a mi breve relato. Me agradaría identificarte. A tu disposición con un saludo afectuoso. Federico Serradilla

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  2. saludos
    que buen blog
    yo también tengo uno, para ver si me pueden seguir, yo ya los sigo
    saludps

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  3. Hola Paz; agradezco tu amable comentario. Si lo deseas me envias tu blog para entrar en contacto.

    Saludos. F.Serradilla Spínola

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