domingo, 29 de enero de 2012

El futbolista

Para Juan Carlos Rubio, 
que fue una vez "El mister" 
de aquellos niños en Alanís


A pesar de no ser un gran jugador el fútbol fue siempre mi gran pasión. Dos pasadas alrededor del empeine y una por el talón de Aquiles. Así me enseñó El Mister a anudarme las botas y así lo he hecho desde entonces, y me ha ido bien así, otros preferían darse varias vueltas por el talón. Cada vez que me las ato, siempre en silencio, los recuerdos de mis primeras patadas al balón copan mi cabeza. Jugábamos en el Campo de las Espigas, así se llamaba aquella parcelilla del pueblo, hoy llena de casas, en la que nos reuníamos a la salida del colegio diez o quince chavales. Dos montoncitos de piedras demarcaban cada portería y, como el terreno no era rectangular, se medían a pasos los córners, y se fijaban con un palo o con un pajote, dependiendo de las ganas de trabajar que tuviéramos. Sobra decir que no había ni césped, ni líneas blancas, solo pasto, mucho pasto, polvo y piedras, para mal de  nuestras rodillas, codos y caderas. Una raya arañada en la tierra entre los improvisados postes, era la línea de gol y un hoyuelo o un matojo que coincidiera con los nueve metros desde esa raya, valía como punto de penalty. Los primeros balones eran de plástico, casi siempre escasos de aire, ya que el sol solía ablandarlos y reducir su tamaño, hasta hacer casi imposible acertar con las patadas.

A la hora de formar los equipos se hacía a suertes entre dos de los que mejor jugaban. Estos elegían al resto atendiendo a la calidad, del mejor al peor, uno a uno, de manera que los menos efectivos veíamos como las plantillas se iban completando sin nosotros. A los dos o tres que quedábamos al final, nos regalaban al contrario despectivamente: “fulanito y menganito para ti, yo no los quiero”, siempre entre las risitas burlonas de los demás. Para rematar, la demarcación que ocuparíamos sobre el terreno siempre era la que nos quisieran dar. Muchas veces, sin gustarme, fui el portero.
Cuando comenzaron a aparecer balones de cuero, mucho más duros, El Campo de las Espigas ya era una pequeña urbanización en construcción, así que cambiamos nuestra rústica cancha por el abandonado estadio de futbol del equipo local, por entonces desaparecido por falta de jugadores. Previamente a los partidos debíamos hacer labores de jardineros arrancando los jaramagos y cardos borriqueros que en él crecían abundantemente. Al menos, estas porterías, aunque no tenían red, eran de madera y las dos iguales.
Una mañana, una de aquellas de colegio, alguien del pueblo le encargó a algunos niños preparar una lista de jugadores para reunirse después de clase. Nos juntamos más de treinta con edades entre 11 y 15 años. Un señor que cojeaba, al que algunos llamaron El Mister, nos formó en varias filas como si fuésemos militares. Nos fue eligiendo hasta preparar dos equipos y a jugar. Lo hice lo mejor que pude, incluso corriendo con ese dolor en el lado derecho de la cintura que sale cuando se corre demasiado. Aquel día, de los treinta y tantos, El Mister nombró a veinte y los citó para el día siguiente. Para mi sorpresa, yo fui uno de ellos. Fue mi primer casting, tenía 11 años.
Formamos un equipo y fuimos a jugar a los pueblos vecinos. Siempre era suplente, solía cubrir los puestos de defensa o delantero en los segundos tiempos. Lo pasamos muy bien. Llegamos a ganar varios trofeos de verano por la zona, lo que después celebrábamos todos juntos hasta altas horas de la noche. Me daba igual ser suplente, era más de lo que nunca había imaginado, pero a mí me gustaba aquello y quería seguir haciéndolo. Para ser titular solo tenía que luchar a tope y esperar mi oportunidad.
Un día el entrenador me colocó titular de defensa por la banda izquierda. Al otro chico no le gustó mucho la idea y después de aquel partido se enfadó con él y dejó de jugar en el equipo.  Di todo lo que pude aquel día. En el segundo tiempo, metieron en mi puesto al otro chaval, y a mí, me colocaron en el lugar del delantero, al que mandaron al banquillo y que también acabó enfadado. Ninguno quería el banquillo, menos yo, que me daba igual. Jugué el partido completo y marqué un gol. Tenía 16 años y nunca más fui suplente de aquel equipo.
Hoy, en este vestuario, emocionado mientras ato mis botas a la manera de El Mister, pienso en los momentos en que los mejores me excluían de sus equipos entre risas. Hoy ellos no podrán jugar en este hermoso campo de césped, en este estadio ante tantísima gente, ante tantos medios de comunicación… ¿Por qué no están aquí? ¿En qué momento de sus vidas dejaron de creer, de soñar, siendo algunos de ellos mejores que yo? ¿En qué se equivocaron? ¿En qué momento sintieron miedo?, miedo, ¿miedo a qué?, ¿tal vez fueron sus padres los que sintieron miedo?
Hoy ellos no están aquí. Ahora son albañiles, comerciales, enfermeros, conductores…, y sé que muchos de ellos me verán en el bar, con una cerveza y un cigarro y, presumiendo, dirán: “mira, yo jugué a la pelota con él”. Pero no les guardo rencor. Me gustaría que todos ellos estuviesen aquí, en este Mundial, vistiendo esta camiseta roja con el escudo nacional, y que salieran conmigo al césped para escuchar el himno, y abrazarles y decirles: “¡Mirad, mirad lo que hemos logrado juntos!, y para darles las gracias porque, a pesar de todo, ellos son mis amigos de siempre y de todos ellos se alimentó,  mientras estuvimos juntos, el espíritu del hombre que soy ahora.

© Leopolod F. Espínola Guzmán, 2012

2 comentarios:

  1. Has retratado magistralmente una época, Leo. Tiene un efecto un tanto turbador esta forma de mezclar fantasía con un texto que bien podría ser un cuadro de costumbre, pero no ha quedado nada mal y, como bien has catalogado, se trata de un relato corto y no de un ensayo. Muy bonito. Por cierto, ¿cuál era el Campo de las Espigas?

    ResponderEliminar
  2. Gracias Rafa. Tienes razón, existe un gran contraste entre las dos partes del relato, pero solo si lo miras con ojos de alanisense nacido en los años 70.
    El Campo de las Espigas llamabamos al rinconcito que hay al final de la Calle Nueva, donde ahora hay varios chalets y un taller de fontanería. Donde ubicaba el montón de leña para Las Candelitas ese barrio.

    ResponderEliminar