lunes, 31 de octubre de 2011

¿Dónde el futuro?

Me levanto temprano. Comienza a hacer frío. Un suave viento del norte barre la calle y pone los pelos de punta. Claro, me doy cuenta que aún llevo puesta la ropa de verano. Un ruido desagradable pone en jaque mis tímpanos. Lleva ya un buen rato tronando en el ambiente y rompiendo la paz del silencio. Es un motosierra. Terrible. Están podando los árboles de la calle. Es otoño. Sus ramas, aún verdes, caen con estrépito al suelo, segadas como si fueran mantequilla por tan espeluznante máquina. Una y otra vez corta y poda, amputa y desgarra. Exangües, los troncos restan desnudos, vahídos, mirando tristemente al cielo. Hay pájaros que pasan y se asoman. Parecen no dar crédito ante semejante estropicio. Será bueno, no lo dudo. En primavera brotaran ramas nuevas, con nuevos bríos, pero hasta entonces... ¡Ah el futuro! ¿Dónde el futuro?
Hay seis chicos realizando la tarea. Creo que tres muchachos y otras tantas mujeres. Como visten ahora y con pasamontañas puestos son difíciles de distinguir. Uno sube a la escalera apoyada en el árbol y los otros miran. Se van turnando en la tarea. Los árboles no son muy grandes. No tienen prisa. El tiempo, a esa edad, aún pasa despacio. Calculo que andarán entre los 18 y los 20 años. No estoy muy seguro, pero no deben tener muchos más. Me imagino que forman parte de algún taller de jardinería, o algo por el estilo. De momento su misión es desnudar árboles. Ardua tarea, sobre todo para el árbol. Caen las ramas una tras otra. Luego un vehículo pasa y, parsimoniosamente, las cargan en él. Mas tarde las quemarán. Van dejando las aceras limpias y los árboles..., ¡pobres árboles!, totalmente desnudos, con sus vergüenzas al tibio sol de finales de octubre. Imagino que es una tarea triste. Atisbo en sus caras marcas de tristeza, de vacío, de profundo hastío. No hay risas, ni compadreos. Cada uno ensimismado en sus pensamientos. Ojos perdidos que miran en lontananza. Debe ser por la hora. Es temprano. Cualquier día de otoño. Y aun así, viendo esas caras y atando cabos, me pregunto:
¿Dónde el futuro...?

Luis Narbona Niza. Octubre de 2011

viernes, 28 de octubre de 2011

La casa del olvido

 
La casa del olvido
tiene las puertas cerradas
y sus ventanas cubiertas de telarañas.
El cruel pensamiento
de quien la habita,
juega a la inútil venganza
de hacer olvidar lo humano,
sin contar con la voluntad
de quien no acepta el olvido.

Las campanas del pueblo
llamando a los vecinos,
suenan monótonas
en su voltear cansino.
Mientras, la memoria del tiempo,
va escribiendo la historia
abriendo puertas y ventanas
para que el sol radiante,
iluminando espacios,
no permita el olvido
de quienes ausentan realidades.

El amor impone obediencias
levantando voluntades
rompiendo negligencias.
Y, para evitar tantos ultrajes,
las estrellas, dialogando con la Luna,
al olvido, les remiten sus mensajes.


Federico Serradilla Spínola
Alanís, octubre 2011

lunes, 17 de octubre de 2011

Los jornaleros


Alrededor de “los caños”
en feos bancos de hormigón,
con cierta parsimonia
conversan los jornaleros.

Fueron esclavos del campo
y de sus señores dueños.
¿Quienes fueron estos hombres buenos?
¡Siempre jornaleros!
Desde las raíces de sus ancestros.

Yo, de niño, miraba y miraba
aquellos rostros morenos
curtidos por el sol
y por el embravecido cierzo.
Mal alimentados y
cuerpos dolidos por el esfuerzo.

Ahora, con los cabellos blancos,
los labios resecos,
y una apagada luz
en sus cándidos ojos serenos.

Cuánto me duele escuchar...
esos fueron jornaleros”.

En mi regreso al pueblo,
voy recordando sus rostros,
pero sus nombres no puedo.

Y, ante tal indiferencia,
conque observados son,
sabiendo que otra opción no tuvieron,
en mis oídos va repitiendo el eco
en monótona canción...

...jornaleros...jornaleros...
¡Sin ninguna remisión!


Federico Serradilla Spínola
Alanís octubre 2011