sábado, 10 de diciembre de 2011

¡Paz, siempre paz!


¿Qué virus de dolor quedó infundido
e inmortal, en su triste descendencia
la hazaña de Caín? ¿Por qué perdido
quedó siempre el amor en la existencia?

El amor fraternal que con dulzura
el Supremo Hacedor nos dispusiera,
Caín, al rechazarlo con locura,
con su gesto manchó la tierra entera.

Y negando infraternos la ascendencia
del origen común de los humanos,
ensombrece del mundo la existencia
sembrándola de odios inhumanos.

Acotando el pedazo de terreno
con que gozar su vida,
todo pueblo, con medio malo o bueno,
lucha por poseer buena partida.

Y tras el “tuyo” y “mío”,
nacieron las naciones, las fronteras;
y el virus de Caín, falaz e impío,
para ampliar su ansioso poderío,
las defendió con lanzas artilleras.

Pero Dios, providente y justiciero,
conmovido al sangrante panorama,
nos dio, con su Hijo muerto en un madero,
la gran virtud de la bondad cristiana.

¡No más sangre de hermanos! ¡No más guerra!
¡Pase la triste hora!
¡En vez de destruir, poblad la tierra!
¡Mi ciencia es de vivir, es creadora!

© Leopoldo Guzmán Álvarez

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