Con el correr de
los años, mi tío Gerardo perdió la alegría de vivir. Yo le visitaba a veces, en
su vieja casa, destartalada y vacía, demasiado grande para una persona que en esos
momentos de su vida, se encontraba completamente sola.
Mi tía Benita, su
mujer, había muerto hacía unos años, como se dice habitualmente, ella
era “sus pies y sus manos…", “Gerardo, haz el favor de afeitarte...”, “
Gerardo, cámbiate de muda que nunca se sabe si te puede pasar algo inesperado en
la calle...”, “Gerardo tienes que ir a recoger a los nietos
al colegio…".
Ella era la voz que le conducía por la vida y él se había dejado siempre llevar con sumo gusto. Hasta un fatídico día en que aquella voz dejó de sonar parano volver jamás, y mi tío se quedó en el punto intermedio entre la tristeza, la desgana de la vida y la indolencia más absoluta. Lo mismo le daba una cosa que la contraria.
Ella era la voz que le conducía por la vida y él se había dejado siempre llevar con sumo gusto. Hasta un fatídico día en que aquella voz dejó de sonar parano volver jamás, y mi tío se quedó en el punto intermedio entre la tristeza, la desgana de la vida y la indolencia más absoluta. Lo mismo le daba una cosa que la contraria.
Sus hijos, que ya
eran dos personas también bastante mayores, vivían lejos del pueblo. El
mayor, en una gran ciudad casi a mil quilómetros de distancia, a la que tuvo que
emigrar cuando muy jovencito, comenzó a volar por su cuenta.
Allí se instaló,
casándose con una oriunda que le ancló para siempre a aquel lugar. Así que no venían
nunca al pueblo, a lo sumo, una o dos veces al año, con la suficiente prisa
como para hacerse de notar más bien poco.
Su otro hijo,
también se fue después de dejar embarazada a una prima suya con la que tuvo una
relación, estando ya casado y con dos hijos en este mundo.
Fue un auténtico
escándalo. El y ella tuvieron que huir a hurtadillas. Y en el pueblo,
precisamente, quedaron mujer e hijos. Este incidente, rompió el nexo
de los nietos con su abuelo
paterno para siempre, ya que su madre les prohibió cualquier contacto con la
familia de su padre.
Por todos estos
avatares de la vida, mi tio Gerardo se encontraba solo,completamente solo.
En mis visitas,
también esporádicas, a veces, aparecía trajinando en la cocina, otras, buscando un
no sequé en el suelo que se le había caído y que no acertaba a encontrar, pero, en
la inmensa mayoría de las ocasiones, estaba sentado en el salón de la casa
con la mirada perdida, como si ya no habitara en este mundo.
Yo, en esos
momentos, le proponía ir al bar a tomarnos unos vinitos para que le aflorara, otra
vez, el color de los vivos a la cara. El aceptaba de buen grado y
así, con alguna copita,
se le ahogaba un poco la desazón.
Una mañana se
levantó muy temprano. Metió en una vieja maletilla, algún pijama, algún
jersey, algún pañuelo, y sobre todo, el retrato de sus padres y de
su mujer. Se dirigió a
la parada del autobús. Era el amanecer de una mañana de marzo, el campo ya
comenzaba a ofrecer flores.
Cuando llegó a la
ciudad, preguntó por la dirección que había anotado en el pequeño papel que
había guardado en la cartera:
“ RESIDENCIA DE
ANCIANOS
EL BUEN FIN”
Calle Virgen
Milagrosa, nº 7
Al sentarse en la
parte trasera del taxi que le conduciría a su nuevo hogar, pensó en el nombre
del lugar y su significado. Y, entonces, cayó en la cuenta de que, quizás en
aquel lugar, le proporcionarían precisamente lo que él andaba buscando.
© Margarita
Wanceulen Rivas, diciembre 2011




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