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martes, 13 de diciembre de 2011

Mi Tío Gerardo


Con el correr de los años, mi tío Gerardo perdió la alegría de vivir. Yo le visitaba a veces, en su vieja casa, destartalada y vacía, demasiado grande para una persona que en esos momentos de su vida, se encontraba completamente sola.
Mi tía Benita, su mujer, había muerto hacía unos años, como se dice habitualmente, ella era “sus pies y sus manos…", “Gerardo, haz el favor de afeitarte...”, “ Gerardo, cámbiate de muda que nunca se sabe si te puede pasar algo inesperado en la calle...”, “Gerardo tienes que ir a recoger a los nietos al colegio…".
Ella era la voz que le conducía por la vida y él se había dejado siempre llevar con sumo gusto. Hasta un fatídico día en que aquella voz dejó de sonar parano volver jamás, y mi tío se quedó en el punto intermedio entre la tristeza, la desgana de la vida y la indolencia más absoluta. Lo mismo le daba una cosa que la contraria.
Sus hijos, que ya eran dos personas también bastante mayores, vivían lejos del pueblo. El mayor, en una gran ciudad casi a mil quilómetros de distancia, a la que tuvo que emigrar cuando muy jovencito, comenzó a volar por su cuenta.
Allí se instaló, casándose con una oriunda que le ancló para siempre a aquel lugar. Así que no venían nunca al pueblo, a lo sumo, una o dos veces al año, con la suficiente prisa como para hacerse de notar más bien poco.
Su otro hijo, también se fue después de dejar embarazada a una prima suya con la que tuvo una relación, estando ya casado y con dos hijos en este mundo.
Fue un auténtico escándalo. El y ella tuvieron que huir a hurtadillas. Y en el pueblo, precisamente, quedaron mujer e hijos. Este incidente, rompió el nexo de los nietos con su abuelo paterno para siempre, ya que su madre les prohibió cualquier contacto con la familia de su padre.
Por todos estos avatares de la vida, mi tio Gerardo se encontraba solo,completamente solo.
En mis visitas, también esporádicas, a veces, aparecía trajinando en la cocina, otras, buscando un no sequé en el suelo que se le había caído y que no acertaba a encontrar, pero, en la inmensa mayoría de las ocasiones, estaba sentado en el salón de la casa con la mirada perdida, como si ya no habitara en este mundo.
Yo, en esos momentos, le proponía ir al bar a tomarnos unos vinitos para que le aflorara, otra vez, el color de los vivos a la cara. El aceptaba de buen grado y así, con alguna copita, se le ahogaba un poco la desazón.
Una mañana se levantó muy temprano. Metió en una vieja maletilla, algún pijama, algún jersey, algún pañuelo, y sobre todo, el retrato de sus padres y de su mujer. Se dirigió a la parada del autobús. Era el amanecer de una mañana de marzo, el campo ya comenzaba a ofrecer flores.
Cuando llegó a la ciudad, preguntó por la dirección que había anotado en el pequeño papel que había guardado en la cartera:
“ RESIDENCIA DE ANCIANOS
  EL BUEN FIN”
Calle Virgen Milagrosa, nº 7

Al sentarse en la parte trasera del taxi que le conduciría a su nuevo hogar, pensó en el nombre del lugar y su significado. Y, entonces, cayó en la cuenta de que, quizás en aquel lugar, le proporcionarían precisamente lo que él andaba buscando.

© Margarita Wanceulen Rivas, diciembre 2011

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