Las hojas
amarillas y rojas del
otoño
cubrieron de ausencias y
nostalgias
el parque aquel dónde,
una tarde,
mi nombre fue, por vez
primera,
algo mejor que una
palabra sola
en el túnel oscuro y
profundo
de tu boca.
Una rosa marchita y escarchada
se esfuerza en parecer,
ante los ojos de quien
pasa,
mira y calla,
hermosa, radiante y
perfumada.
Mientras que el sol
mortecino del ocaso
y el aire helado de la
madrugada
le van, pétalo a pétalo,
royendo de tristeza las
entrañas.
En mi pecho agoniza
de ternura, moribundo,
el dorado jazmín
que, de dulzura, perfumó
el estío.
Mientras que altivo el
ciprés
susurra valeroso al
viento helado
su palpitante afán
de yacer para siempre,
dichoso y olvidado,
sobre mi lecho de eterna
y blanca espuma;
que juega a bañar de
caracolas vacías,
cada tarde,
la orilla del presente y
el pasado.
© Lola Franco, noviembre
2011




Bienvenida sea la poesía, aunque el otoño nos pueda transportar a situaciones menos agradable que otras estaciones. Lo importante es que salga lo que tenemos en nuestro interior.
ResponderSuprimirUn beso