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viernes, 18 de noviembre de 2011

"Poema de Lástimas a la muerte " de Marcel Proust

Hoy he descubierto en el trastero una vieja caja llena de libros, algunos roídos en sus lomos por esos vertebrados esquivos a la luz del sol que suelen salir de noche para no asustar a las señoras. Entre tanto libro roto y empolvado, he encontrado uno, más o menos estable, de efemérides. Nacimientos y defunciones de personajes históricos, políticos, intelectuales, dramturgos, poetas, deportistas... Como suele ocurrir cuando uno se encuentra ante este tipo de libros, lo primero que hice fue buscar el 18 de noviembre y descubrir todas aquellas personalidades que marcaron su vida con esa fecha, para bien o para mal. Entre los que dejaron de existir un día como el de hoy, pero 89 años atras, se encuentra el poeta y novelista francés Marcel Proust, que murió en 1922 de una bronquitis, después de padecer asma casi toda su vida. De esta forma tan escalofriante le escribía a su verdugo unos años antes.


¿En qué rincón de tu alcoba, ante qué espejo,
tras qué olvidado frasco de jarabe,
hiciste tu pacto?
Cumplida la tregua de años, de meses,
de semanas de asfixia,
de interminables días del verano
vividos entre gruesos edredones,
buscando, llamando, rescatando,
la semilla intacta del tiempo,
construyendo un laberinto perdurable
donde el hábito pierde su especial energía,
su voraz exterminio;
la muerte acecha a los pies de tu cama,
labrando en tu rostro milenario
la máscara letal de tu agonía.
Se pega a tu oscuro pelo de rabino,
cava el pozo febril de tus ojeras
y algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica,
de lavado vendaje de mendigo,
extiende por tu cuerpo
como un leve sudario de otro mundo
o un borroso sello que perdura.
Ahora le ves erguirse, venir hacia ti,
herirte en el pecho malamente
y pides a Cèleste que abra las ventanas
donde el otoño golpea como una bestia herida.
Pero ella no te oye ya, no te comprende,
e inútilmente acude con presurosos dedos de hilandera
para abrir aun más las llaves del oxígeno
y pasarte un poco el aire que te esquiva
y aliviar tu estertor de supliciado
Monsieur Marcel ne se rend compte de rien,
explica a tus amigos
que escépticos preguntan por tus males
y la llamas con el ronco ahogo del que inhala
el último aliento de su vida.
Tiendes tus manos al seco vacío del mundo,
rasgas la piel de tu garganta,
saltan tus dulces ojos de otros días
y por última vez tu pecho se alza
en un violento esfuerzo por librarse
del peso de la losa que te espera.
El silencio se hace en tus dominios,
mientras te precipitas vertiginosamente
hacia el nostálgico limbo donde habitan,
a la orilla del tiempo, tus criaturas.
Vagas sombras cruzan por tu rostro
a medida que ganas a la muerte
una nueva porción de tus asuntos
y, borrando el desorden de una larga agonía,
surgen tus facciones de astuto cazador babilónico,
emergen del fondo de las aguas funerales
para mostrar al mundo
la fértil permanencia de tu sueño,
la ruina del tiempo y las costumbres
en la frágil materia de los años.

1 han pasado por aquí y opinaron:

  1. Gracias por esta joya, la guardaré para volver a releerla en papel hasta que mi memoria la recuerde.

    Muchas gracias, me ha gustado muchísimo.

    ResponderSuprimir

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