Anochecía,
las últimas tórtolas retornaban hambrientas tras el pertinaz verano
buscando el rudo alimento de las encinas. Un perro que ha perdido su
collar en la plaza se encuentra extraño. Los sepulcros del
cementerio están rebosando yeso. En torno a la coherencia de la
gente, sigo encontrando las altas tapias. Un gavilán, vigía, se
balancea por el cielo. ¿Qué causa remota guardan en su exilio y su
condena, tantos ausentes? El reloj de la torre detiene su marcha, en
una encrucijada de la Luna, mientras medito este poema:
Mi sombra
entre las hierbas
va
tejiendo, cual arañas
soñadoras
de ilusión,
enredaderas
extrañas.
Voy
ascendiendo la cuesta
de este
misterioso cerro
en oscura
y vehemente parsimonia.
Sólo soy
un trozo de viviente
sin una
percha
donde
colgar las buenas costumbres.
Un
martilleo de sangre oscura
va
recorriendo mi nuca.
El paso
fulgurante de los años
deja
sequedad en mi boca abierta.
Siento
como unas manos
clavadas
en mi espalda.
Una luz
centelleante atraviesa
la
hendidura de una roca,
allí he
puesto a reposar
mis viejos
y dolidos huesos.
Los
buitres merodean por el cielo
escribiendo
la palabra muerte,
en el
envés de las estrellas,
con rara
caligrafía.
Me
adentré de noche por el callejón oscuro al pie del Castillo. Nuevas
campanadas de la Torre estremecieron mi cuerpo y alma. Todas las
puertas falsas estaban cerradas. Parecía que la vida se cerraba de
un portazo. Al final del callejón giré hacia el Castillo, las
almenas se dibujaban al contraluz del estrellado cielo. Me había
olvidado de mi nombre. La Luna asomaba por el horizonte y me pareció
que corría para alcanzarme, mientras un mochuelo asustado de mi
presencia se alejaba. El corazón me latía fuertemente. Los olivos
parecían fantasmones a la tenue luz de la incipiente Luna, como
rústicos tatuajes del paisaje alanisense. Respiré hondo y
avancé; un alarido sobrecogió mi alma soñadora. Es la hora en que
La saragutía de la
torre manifiesta su errática existencia.
La rociada nocturna empezaba a calar mi vieja piel y
sentí frío. Atravesé la alambrada trasera colocada en el paño
semiderruído del recinto feudal. Los vetustos guerreros dormían su
gloria en desconocidas fosas. Por unos momentos creí encontrarme
sobre un barco a la deriva entre los desapacibles vientos invernales
de esta hermosa Sierra Norte Sevillana. En lo que fue el patio de
caballería, parecían vislumbrarse las figuras de los Medinaceli
clamando al Cielo, en imitación de los personajes de Don Juan
Tenorio en el cementerio de Sevilla.
Recordando las historias que de niño me contaban los
mayores en la Barbería, bajé lentamente por el nuevo camino de la
Ermita de San Juan. A lo lejos se observaban las luces fatuas
saltando las tapias del Cementerio, que tanto terror nos causaban de
niño.
El chirriante ruido del “camión de la basura”,
terminó por despertarme... quedé pensando si realmente había dado
ese paseo nocturno o acababa de soñarlo.
¡Ea!
Pues...¡Buenos días!
Federico
Serradilla Spínola
Noviembre
2011



Chapeau D. Federico, chapeau. Si tu estancia en Alanís sirve para escribir estos fragmentos, dala por extraordinaria.
ResponderSuprimirUn abrazo