martes, 8 de noviembre de 2011

Paseo nocturno


Anochecía, las últimas tórtolas retornaban hambrientas tras el pertinaz verano buscando el rudo alimento de las encinas. Un perro que ha perdido su collar en la plaza se encuentra extraño. Los sepulcros del cementerio están rebosando yeso. En torno a la coherencia de la gente, sigo encontrando las altas tapias. Un gavilán, vigía, se balancea por el cielo. ¿Qué causa remota guardan en su exilio y su condena, tantos ausentes? El reloj de la torre detiene su marcha, en una encrucijada de la Luna, mientras medito este poema:

Mi sombra entre las hierbas
va tejiendo, cual arañas
soñadoras de ilusión,
enredaderas extrañas.


Voy ascendiendo la cuesta
de este misterioso cerro
en oscura y vehemente parsimonia.

Sólo soy un trozo de viviente
sin una percha
donde colgar las buenas costumbres.
Un martilleo de sangre oscura
va recorriendo mi nuca.

El paso fulgurante de los años
deja sequedad en mi boca abierta.
Siento como unas manos
clavadas en mi espalda.

Una luz centelleante atraviesa
la hendidura de una roca,
allí he puesto a reposar
mis viejos y dolidos huesos.

Los buitres merodean por el cielo
escribiendo la palabra muerte,
en el envés de las estrellas,
con rara caligrafía.

Me adentré de noche por el callejón oscuro al pie del Castillo. Nuevas campanadas de la Torre estremecieron mi cuerpo y alma. Todas las puertas falsas estaban cerradas. Parecía que la vida se cerraba de un portazo. Al final del callejón giré hacia el Castillo, las almenas se dibujaban al contraluz del estrellado cielo. Me había olvidado de mi nombre. La Luna asomaba por el horizonte y me pareció que corría para alcanzarme, mientras un mochuelo asustado de mi presencia se alejaba. El corazón me latía fuertemente. Los olivos parecían fantasmones a la tenue luz de la incipiente Luna, como rústicos tatuajes del paisaje alanisense. Respiré hondo y avancé; un alarido sobrecogió mi alma soñadora. Es la hora en que La saragutía de la torre manifiesta su errática existencia.
La rociada nocturna empezaba a calar mi vieja piel y sentí frío. Atravesé la alambrada trasera colocada en el paño semiderruído del recinto feudal. Los vetustos guerreros dormían su gloria en desconocidas fosas. Por unos momentos creí encontrarme sobre un barco a la deriva entre los desapacibles vientos invernales de esta hermosa Sierra Norte Sevillana. En lo que fue el patio de caballería, parecían vislumbrarse las figuras de los Medinaceli clamando al Cielo, en imitación de los personajes de Don Juan Tenorio en el cementerio de Sevilla.

Recordando las historias que de niño me contaban los mayores en la Barbería, bajé lentamente por el nuevo camino de la Ermita de San Juan. A lo lejos se observaban las luces fatuas saltando las tapias del Cementerio, que tanto terror nos causaban de niño.

El chirriante ruido del “camión de la basura”, terminó por despertarme... quedé pensando si realmente había dado ese paseo nocturno o acababa de soñarlo.

¡Ea! Pues...¡Buenos días!

Federico Serradilla Spínola
Noviembre 2011

2 comentarios:

  1. Chapeau D. Federico, chapeau. Si tu estancia en Alanís sirve para escribir estos fragmentos, dala por extraordinaria.
    Un abrazo

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    1. Ahora releyendo veo que no respondí a tus bonitas palabras.
      Gracias porque con comentarios así da gusto seguir juntando palabras.

      Un fuerte abrazo. Fede.

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