Al principio solo existía un todo sólido en el centro rodeado
de materia líquida. Juntos cubrían la superficie que los separaba del fuego.
Dejó a la deriva los fragmentos que fueron desprendiéndose
de aquel bloque.
“¡Qué grande es el poder de Dios!”,
pensó mientras observaba
como se derretía la manteca en la sartén.
© Leopoldo F. Espínola Guzmán, noviembre 2011





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