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sábado, 5 de noviembre de 2011

NATURALEZA


Cada vez que contemplo las planicies rodeadas de montañas; los campos   mostrando una serenidad en los surcos,  hechos y sembrados por la mano del hombre, desprovistos de hierbas y rastrojos. Los árboles que adornan este hermoso espectáculo, todos llenos de armonía, belleza, ternura y paz; me embarga el alma la misma serenidad y belleza que irradian ellos, y no puedo evitar el transportarme a un mundo increíblemente bello y misterioso, pues veo  la razón  de la geometría, las matemáticas;    el arte en general con sus colores y su música y sobre todo ¡LA VIDA!  ¡El milagro de la creación! En esta  introspección, he llegado a comprender que el Hombre es semejante al árbol... ¿Qué tienen ambos para pensar así? Pues verás: Primero, la raíz  de donde  absorbe  el   alimento de la tierra; segundo, el tronco donde la savia que extrae de la tierra llega hasta  las  ramas; y tercer el fruto. El Hombre, también como el árbol, tiene su raíz. Ésta es nuestra voluntad. El  tronco,  del cual  emanan   los pensamientos y  las emociones que dan el fruto: la excelencia de nuestras acciones. Al igual que  el árbol, el hombre, extrae la savia de “su  tierra”. Su condición evolutiva aún no labrada, necesita ir depurándose a medida que crece, y cuya energía, es la que finalmente da el fruto  que transformará sus acciones.
En los seres humanos, también, lo más importante es   el FRUTO, la acción y  el desafío de hacer actos de bien. Nuestras buenas acciones, van a transformar todo en nuestra vida: la raíz, el tronco, las ramas, los frutos… Todo acto de bien, es el precepto positivo, a fin de transformar las energías para el bien universal.
El hombre es un mecanismo espiritual y tiene dos percepciones de la vida: Una es ver sólo con los sentidos; esto es: ver lo inmediato. Lo esencial está oculto a los ojos del cuerpo.
La  otra  -lo esencial- nos permite ver más allá del momento: es el alma y la  inteligencia que es lo que nos hace humanos. Y por encima de todo,  los frutos del espíritu que se elevan frondosos en las hermosas ramas. Si el árbol no está bien nutrido, no dará buenos frutos. Así, es muy importante  labrar la tierra en la edad temprana para ver bien los surcos, para que no nos ciegue la oscuridad de la noche y no veamos dónde esparcir las semillas y así, cuidarlo desde el principio y recoger  hermosos frutos que adornen nuestros capiteles de amor. 
Cuando sabemos los tiempos correctos, no nos equivocamos. Esto es: hacer la acción justa en el momento justo. Esto debemos aprenderlo desde la más tierna infancia para no equivocar las acciones de nuestra vida y no tomar el fruto cuando aún no está maduro. Esto es: saber discernir. Regar la tierra diariamente para una buena savia y recoger hermosos frutos de justicia.
En otoño, el árbol está pelado, aparenta estar acabado pero ¡no!, es cuando  comienza a desarrollar sus fuerzas. Empieza a efervescer el potencial de la savia.  Está fuerte y preparado para recibir los frutos. Esto podemos identificarlo en el hombre  cuando, por el correcto discernimiento, elaborado  por el riego continuo de su tierra, se despoja de todo lo superfluo para dar lugar a  los verdaderos frutos del espíritu, que son las  acciones  esenciales y correctas  de su vida.
Cuando plantamos un árbol, lo hacemos esperando el fruto. Cuando  enseñamos   a un niño, esperamos que el proceso sea igual: educación con paciencia, modelar su “vasija” y prepararla para que el fruto esté correcto.
No debemos tomar el fruto cuando está inmaduro; no debemos exponer los deseos cuando no están claros. Esto sería tomar del Árbol del Bien y el Mal sin tener  aún discernimiento. Tenemos a nuestro alcance el  Árbol de la Vida: el Manual de cómo  discernir cuál es el resultado de nuestros  comportamientos.
No olvidemos que lo primordial, (la savia que absorbe la raíz) está oculta a los ojos del cuerpo. Lo  ESENCIAL está en la vida espiritual, y que, como en el árbol, existe un orden para superar nuestras limitaciones.

Consuelo Bretones, noviembre 2011

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