Cada vez que
contemplo las planicies rodeadas de montañas; los campos mostrando una serenidad en los surcos, hechos y sembrados por la mano del hombre,
desprovistos de hierbas y rastrojos. Los árboles que adornan este hermoso
espectáculo, todos llenos de armonía, belleza, ternura y paz; me embarga el
alma la misma serenidad y belleza que irradian ellos, y no puedo evitar el
transportarme a un mundo increíblemente bello y misterioso, pues veo la razón
de la geometría, las matemáticas;
el arte en general con sus colores y su música y sobre todo ¡LA
VIDA! ¡El milagro de la creación! En
esta introspección, he llegado a comprender que el Hombre es semejante al
árbol... ¿Qué tienen ambos para pensar así? Pues verás: Primero, la raíz de donde
absorbe el alimento de la tierra; segundo, el tronco
donde la savia que extrae de la tierra llega hasta las
ramas; y tercer el fruto. El Hombre, también como el árbol, tiene su
raíz. Ésta es nuestra voluntad. El
tronco, del cual emanan
los pensamientos y las emociones
que dan el fruto: la excelencia de nuestras acciones. Al igual que el árbol, el hombre, extrae la savia de
“su tierra”. Su condición evolutiva aún
no labrada, necesita ir depurándose a medida que crece, y cuya energía, es la
que finalmente da el fruto que
transformará sus acciones.
En los seres
humanos, también, lo más importante es
el FRUTO, la acción y el desafío de
hacer actos de bien. Nuestras buenas acciones, van a transformar todo en
nuestra vida: la raíz, el tronco, las ramas, los frutos… Todo acto de bien, es
el precepto positivo, a fin de transformar las energías para el bien universal.
El hombre es un
mecanismo espiritual y tiene dos percepciones de la vida: Una es ver sólo con
los sentidos; esto es: ver lo inmediato. Lo esencial está oculto a los ojos del
cuerpo.
La otra -lo
esencial- nos permite ver más allá del momento: es el alma y la inteligencia que es lo que nos hace humanos.
Y por encima de todo, los frutos del
espíritu que se elevan frondosos en las hermosas ramas. Si el árbol no está
bien nutrido, no dará buenos frutos. Así, es muy importante labrar la tierra en la edad temprana para ver
bien los surcos, para que no nos ciegue la oscuridad de la noche y no veamos
dónde esparcir las semillas y así, cuidarlo desde el principio y recoger hermosos frutos que adornen nuestros
capiteles de amor.
Cuando sabemos los
tiempos correctos, no nos equivocamos. Esto es: hacer la acción justa en el momento
justo. Esto debemos aprenderlo desde la más tierna infancia para no equivocar las
acciones de nuestra vida y no tomar el fruto cuando aún no está maduro. Esto
es: saber discernir. Regar la tierra diariamente para una buena savia y recoger
hermosos frutos de justicia.
En otoño, el árbol
está pelado, aparenta estar acabado pero ¡no!, es cuando comienza a desarrollar sus fuerzas. Empieza a
efervescer el potencial de la savia.
Está fuerte y preparado para recibir los frutos. Esto podemos identificarlo
en el hombre cuando, por el correcto
discernimiento, elaborado por el riego
continuo de su tierra, se despoja de todo lo superfluo para dar lugar a los verdaderos frutos del espíritu, que son
las acciones esenciales y correctas de su vida.
Cuando plantamos un árbol,
lo hacemos esperando el fruto. Cuando
enseñamos a un niño, esperamos
que el proceso sea igual: educación con paciencia, modelar su “vasija” y
prepararla para que el fruto esté correcto.
No debemos tomar el
fruto cuando está inmaduro; no debemos exponer los deseos cuando no están
claros. Esto sería tomar del Árbol del Bien y el Mal sin tener aún discernimiento. Tenemos a nuestro alcance
el Árbol de la Vida: el Manual de
cómo discernir cuál es el resultado de
nuestros comportamientos.
No olvidemos que lo
primordial, (la savia que absorbe la raíz) está oculta a los ojos del cuerpo. Lo ESENCIAL está en la vida espiritual, y que,
como en el árbol, existe un orden para superar nuestras limitaciones.
Consuelo Bretones,
noviembre 2011




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