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domingo, 13 de noviembre de 2011

LA CIERVA


Mi nombre es Manuel y ese día del que les hablo iba a recoger unas pocas castañas para mis hijos. Era un bonito día de otoño. Los árboles me acompañaban con sus susurros ya que los mecía el viento como con un canto monocorde. Grandes hojas en el suelo corrían unas en pos de las otras. Mis botas de caminar eran perfectas para este tiempo, sin duda había hecho bien en colocármelas para el paseo, ya que sin ellas no habría podido bajar por las pendientes.
Iba solo, completamente solo, pero no me sentía en soledad. Me acompañaban las risas y las alharacas de mis hijos, sobre todo del pequeño: “papá, tastañas, papá, tastañas…”. Me hacían reír con sus ocurrencias y quería ofrecerles ese pequeño regalo.    
Era un día soleado, sólo con ese viento que te deja helada la nariz..
Bajé por el sendero en busca de mi objetivo, que no era otro que recoger castañas para asarlas en esa tarde de domingo. Yo las considero un regalo de la Naturaleza. Avancé un poco por el camino, era sobre todo cuesta abajo. Seguí mi rumbo y, a pesar de encontrar un gran charco producto de las últimas lluvias, no me amilané.
Con frecuencia, ante los retos, me crezco. Por fin llegaría a casa, contento, con mi pequeño botín entre las manos. Esa imagen, me alentaba.
De repente, escuché pasos. Sin mirar hacia atrás, me quedé un poco paralizado. No estaba dentro de lo previsible, era un rincón del bosque que no era conocido. Nunca en mis excursiones anteriores había encontrado a nadie. Me sacudí el miedo y seguí adelante. Tras unos cuantos minutos, volví a escuchar un rumor a mis espaldas. Metí la mano en mi mochila, busqué mi teléfono móvil para hacer una llamada de urgencia, si  así  era necesario. Sin pensarlo conscientemente, miré hacia atrás en un acto reflejo y, a mi sorpresa se unió la sensación plena de que la naturaleza me acompañaba. Se trataba de una pobre cierva, embarazada y malherida. En ese momento, sentí toda la compasión y toda la tristeza al  contemplar a un animal  tan hermoso herido de muerte. Me miró  un instante y huyó a duras penas.  Desde aquel día relato al que quiera  escucharme, todo lo que me contaron aquellos ojos.

© M. Wanceulen Rivas, noviembre 2011

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