(Parodiando a Samaniego)
Al borde de un venero,
sobre la fresca hierba,
incauta y seductora,
sentada estaba ella.
Gritóla un pastorcillo:
-¡Tuyo es mi amor!¡Despierta!-
-¿No ves que ahogarle pueden
las dudas que le cercan?
“Por ti, muchos canallas
que la virtud motejan,
me tachan de inconstante
porque te ven adversa.
Reveses de fortuna
llaman tus displicencias.
¿Serán, más bien, reveses
de mi conducta necia?
© Leopoldo Guzmán Álvarez




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