lunes, 20 de junio de 2011

Los Guindales



¡Qué alegría al despertar!  La bolsa repleta de toallas limpias como “los chorros del oro” los bañadores de mi hermana y mío (el pequeño Jacobo se bañaba todavía  “en pelota”) preciosos, con muchos colorines. Nos lo había mandado desde Sevilla la tía Elisa a través del cosario Manolito Arcos. Por cierto que, éste, al darnos el paquete comen taba... ¡Con qué ilusión me lo entregó  la buenaza de Elisa! Se le notaba hasta en el alma.
Al lado, los avíos para hacer un magnífico arroz con conejo. La excursión era, como casi siempre, al cortijillo de “Los Guindales”, propiedad de Los Moyanos y que regentaba el tío Manolito y la tía Narcisa. Allí nos daríamos suculentos baños, durante horas y horas, en la alberca que servía para regar la frondosa huerta y los exquisitos frutales que la rodeaban. Sobre todo aquellos “bruños” tan deliciosos, semidorados, casi abiertos, derramando almíbar.
Papá; ¿falta mucho todavía? Preguntaba Jacobillo que con sus cuatro años no podía ya  con la coronación de la cuesta, lo que le valió para que papá se lo subiera en “cabrito”. Era un día radiante de primavera. Hacía una leve brisa que ayudaba a caminar y para que el atrayente olor del tomillo y el romero se te colara por la faringe y te hiciera soñar con los dioses del Olimpo. Una tórtola con su acompasado y monótono arrullo, se hacía presente avisando, tal vez, de que estrenaba su primoroso nido. Una bandada de mojinos
cruzaba el pequeño valle en el que se ubicaban las huertas de Los Moyanos, de Juanito Blanco y Juanito Sales, adentrándose en tierras extremeñas. Los olivos brillaban como nunca, con ese verde-gris de sus multiplicadoras hojitas, tan difícil de entonar cuando deseas plasmarlas en un lienzo.

¡Qué rico estaba el arroz con conejo! Que nostalgia de aquella entrañable familia que lo degustaba: El tio Manolito, la tia Narcisa y sus hijos Manolita y Amador. En esta ocasión también se había incorporado al día de campo, la TITA MANUELA, con mayúscula, sí, porque era una gran mujer y mejor señora. Le acompañaba su esposo el tio Pepe. ¿Cómo estaba el agua? Preguntaba mi madre. ¡Riquísima! Contesté yo. Jacobillo gritaba... ¡ya casi se nadar!
Por las noches, ya en pleno verano, en unas sillas con asiento de enea o alguna butaca-mecedora  tomábamos el fresco (así se decía), en la mismísima calle, menos los niños que aprovechábamos para jugar a la piola, el burro, al corro de la batata  u otro  de los muchos juegos de entonces. Esta calle, llamada  de las tiendas, junto con la de Triana, servían de tránsito para los vehículos que viajaban hacia San Nicolás,  Guadalcanal  o Cazalla. Aunque el tráfico era ínfimo y mucho menos de noche por lo que era rarísimo tener que mover las posaderas para dejar el paso libre. Allí, los mayores, conversaban  sobre la posguerra civil y sus consecuencias o hacían críticas sobre algunas familias del pueblo, que se habían significado en un bando u otro. En una de esas noches, mi madre, mientras suavemente se balanceaba en su modesta mecedora, nos decía: Hijos, tan pronto podamos, os llevaré a ver a la tía Elisa que es tan buena con todos nosotros y para que conozcáis Sevilla, con su Giralda, la Catedral, el río Guadalquivir, el Parque de María Luisa, la Plaza de España, en cuya construcción trabajaron el abuelo Jacobo y mis hermanos Manolito y Paco, los tres eran Maestros de Obra. ¡Ah! y el tranvía, ¡veréis que cosa más bonita!
Así se fueron repitiendo las primaveras y los veranos hasta cumplir los trece o catorce años, en que la vida de un niño cambia por completo en su forma de vivir... la mía también.

© Federico Serradilla Spínola,  Valencina, junio de 2011

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