viernes, 27 de mayo de 2011

¡Que vuelvan aquellas romerías!



Ya atenúa Mayo su color y su alegría
ante el ocre de los pastizales calurosos
con los que el áspero Junio expulsa belicoso
los trazos de arco iris que todo el campo cubrían.

Pero Mayo, que no tiene sueño que lo tienda,
ni teme a los calores, ni acepta jerarquías,
en un pueblo de esta sierra crea una romería
y a Santa María Auxiliadora se la ofrenda.

Quiso Mayo que fuese Alanís el elegido
por ser villa con castillo y fuente de leyenda,
y ante tanto honor al recibir esta encomienda
se adornó de cruces y carrozas presumido.

Patios, pirámides, pegasos, negros caballos,
pagodas, góndolas, elefantes con bramido,
Salas en los barrios, lienzos, luces, colorido.
Así reconoció Alanís el favor de Mayo.

Pero entonces una nube negra de indolencia
convirtió al gentío de Alanís en su vasallo
y, al igual que resquebraja a la arboleda el rayo,
el color de la fiesta tornó en indiferencia.

Y así se perdieron cruces, carrozas y tueros,
y, al igual que desuelan el alma las ausencias,
duele en el corazón de la gente la conciencia
si rebosa el agua en el pilar de los recuerdos.

¿Cómo puede perder un pueblo sus tradiciones?
¿Deja acaso Mayo su color en el trastero
cuando, año tras año, aleja el invierno austero
y nos llena el corazón de vida y de pasiones?

Deben volver otra vez aquellas romerías,
aquellas que llenaron de fotos los arcones,
aquellas que hacían de los barrios aficiones,
aquellas que se fueron sin saber por qué un día.  

Porque este pueblo nunca volverá a ser el que era
sin aquellas flores de papel que florecían
de los voluntarios de unos barrios que querían
que fuese Alanís más grande que la primavera.


© Leopoldo F. Espínola Guzmán, mayo 2011

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