martes, 1 de marzo de 2011

Paisaje marino


Empieza a caer la tarde. El sol calienta tibiamente. Se ha levantado una suave brisa de mar a tierra y el azul claro de la mañana, casi único, que se refleja en esta maravillosa bahía, está iniciando una transformación quizás por la marea, quizás porque así ocurre todos los días. A la gran mancha azulada le están saliendo anchas vetas verdosas mezcladas con otras de un azul más intenso. Entre los diversos tonos de colores parece que han surgido pequeños lagos de agua clara y transparente; son, supongo, efectos causados por las distintas corrientes.
     Frente a mí, una franja de arena que se me antoja es el producto de una gran molienda de montañas de vidrios y crustáceos gigantes, salida de un molino de viento instalado entre el mar y el cielo. El brillo de las partículas es muy intenso y de múltiples colores, observándolas en una pequeña porción que tengo sobre la palma de la mano, sin embargo, en la gran masa que se forma a orillas de este precioso mar solo se ven de un color como pardusco entre amarillo y gris. A estas arenas, llegan y mueren  blanquecinas y pequeñas crestas de espumas impulsadas  por un oleaje suave.
      Un poco más al fondo, donde ya no se ve la transparencia de las aguas nítidas e incoloras,  una pequeña embarcación con motor fuera borda color amarillo oscuro con una banda negra de proa a popa sobre la que puedo leer... “CUCA”, se balancea al mismo compás del oleaje  como si el mar y la pequeña embarcación desearan  interpretar el más precioso vals de Strauss. Parece como abandonada al deseo caprichoso de este inmenso mar Atlántico.
       En el horizonte, pequeños puntos de distintos tonos con raya vertical hacia el cielo. Tal vez sean pequeñas embarcaciones de pesca. A su altura, se divisa una pronunciada y ancha raya de azul ultramar. Justamente separando el mar  del cielo (no se confunden como decía Antonio Machín en uno de sus lindos boleros). Sobre este horizonte, flota una bruma grisácea que se confunde más arriba con un  cielo celeste, limpio y puro, que está invitando a soñar...
      A mi izquierda, se observa un campo de rica vegetación que  sirve de límite a esta inconmensurable bahía y que quiere sumarse a este maravilloso marco paisajístico. Lentamente van desfilando unas pequeñas embarcaciones con velas blancas y azules, cuyos tripulantes irán disfrutando, posiblemente, de un exquisito recreo sobre este mar tan sereno y dulcemente embriagador. A mí me parecen unos preciosos cisnes que, desprendidos de un paraíso celeste, se han posado sobre estas aguas casi dormidas, en un silencio majestuoso solo roto por el ritmo de un leve sonido, semejante a un soplo producido  al pie de la arena, donde se van rompiendo las crestas blancas de este musitador oleaje.

 Federico Serradilla Spínola
 Cádiz  agosto  1983                    

1 comentario:

  1. Luego de esta lectura se disfruta aún más de ese momento frente al mar donde tantas preguntas nos suelen llegar a la cabeza.
    Un saludo

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