viernes, 18 de marzo de 2011

La hoja


Nací bonita y con mucho lustre, de un hermoso cerezo, nacido a su vez en la ladera luminosa de un intrincado cerro, entre dos valles, en la preciada y hermosa Sierra Norte de Sevilla. Mi primer amor fue el sol y mi primer columpio, el viento. Al poco tiempo, muy cerca de mí, empezaron a brotar las flores sobre la misma rama de mi árbol, que me hicieron sentir mucha envidia, pues estas eran mucho más bellas que yo. Mas, poco después, se inició la caída de sus pétalos y sentí compasión de las flores. Después, en el lugar de las flores vi crecer los frutos rojos y carnosos; y otra vez me sentí envidiosa  de tan preciada y exquisita primicia. Tras unas semanas en las que crecieron y maduraron, fueron cogidos, mordidos y maltratados por los hombres. Otros cayeron sobre la tierra donde lentamente se iban pudriendo. Entonces, también tuve lástima e incluso dolor por los frutos, mientras que yo permanecía aún fresca y verde en aquél delicioso aire tibio, allá en todo lo alto.
Se aproximaba el otoño y  todo mi ser empezó a sentirme mal. Así que, llegó noviembre y me descubrí amarilla y arrugada. De pronto, el viento se hizo más fuerte y con sus invisibles pero afiladas garras, me arrancó violentamente de mi madre la rama y cual los pétalos, también caí a tierra donde habría de ensuciarme y pudrirme. Sentí gran compasión de mi misma y experimenté de nuevo otra gran envidia; ahora, sobre el majestuoso y robusto tronco de la hermosa encina aposentada frente a mí, allí muy cerca, intacto, solemne, a pesar de lo próximo que estaba ya el crudo invierno de nuestra serranía. Cuando ya estaba ennegreciendo y secándome, aún me dio tiempo de observar cómo dos fornidos hombres, armados de grandes y afiladas hachas, se acercaban al árbol, mi padre, y comenzaron a golpearle bárbaramente en su base para hacerle caer, mientras gozosamente, comentaban sobre el agradable calor que este iba a proporcionar a toda la familia. Entonces, a punto de desfallecer del todo y convertirme en nada, tuve tiempo de sentir una inmensa compasión por el árbol que me había dado la vida.
El destino se compadeció de mí, pues cuando ya me sentía seca del todo, me envió otra gran ráfaga de viento que,  levantándome del suelo, me hizo volar y volar por encima de aquellas preciosas sierras. Ahora estoy sintiendo un regustillo por el agradable calor que proporciona una barroca chimenea situada en el grandioso salón de la casa. Además estoy muy  arropada por las hojas de un precioso libro situado entre las maderas de una estantería blanca y limpia, sabe Dios de que árbol sacadas. De vez en cuando ponen el libro sobre el dintel de una hermosa y diáfana ventana, abierto ampliamente, justo por la página en la que yo sobrevivo, donde me cuida,  besa y  acaricia tiernamente, una jovencita linda y sutilmente soñadora. Cuando esto sucede, tengo la oportunidad  de ver gran cantidad de preciosas plantas y los hermosos y bien cuidados árboles a los que saludo con todo mi amor. Así, mimada románticamente, me quedo dormida entre encantadores sueños, esperando el despertar, con la ilusión de volver a la ventana del hermoso jardín.

Federico Serradilla, marzo 2011

1 comentario:

  1. Por fortuna sigue habiendo gente sensible que se fija en esos detalles, como los que relatas.
    Cuidemos entre todos esa joya de Sierra para que la sigan disfrutando nuestros descendientes.
    Un saludo

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