sábado, 26 de marzo de 2011

Juegos

Un taper y un tornillo de plástico. Tiene el parque lleno de animales eléctricos que producen una música distinta a cada golpe que reciben, peluches de todos los tamaños y colores, un hipopótamo que, aunque lo empujes con todas tus fuerzas, siempre termina en pie y cada vez que se le aprieta la mano dice su nombre y el color del guante que la cubre. Sin embargo ella siempre tiene bien agarrado el taper que guarda el chupete, o en su defecto, un tornillo de plástico del tamaño de una bola de billar americano. El taper, un poco más grande y redondo que el tornillo, lo usa para hacer sonidos pasándolo por su boca abierta, como si de un apache se tratara. El tornillo, de plástico de color verde, lo gira empuñado en su mano, lo observa con los ojos desorbitados, le habla en su idioma, lo muerde por todos los bordes, pero lo que más le gusta es introducirle su minúsculo dedo índice en el huequecillo que lleva en uno de los extremos. Con estos dos artefactos pasa la mayor parte del tiempo, y con ellos golpea al resto de artilugios eléctricos cuando se cansa de mirarlos.

Cuando aún no había nacido creíamos que usaría todos los juegos que le habíamos comprado, más los que nuestros parientes y amigos le habían prestado o regalado. Hasta llegamos a creer que serían pocos los juguetes que amontonábamos en sus estanterías pensando en los juegos de cada etapa de su vida.
Sin embargo, si nos hubiésemos parado a pensar un poco desde el punto de vista de lo que somos realmente, y no, como lo hemos hecho, desde la perspectiva de nuestros años vividos, sujetos a un mínimo grado de educación y de influencia social; tal vez hubiésemos amontonado menos chismes en su cuarto. Tal vez hubiésemos descubierto que en esos primeros meses de vida, que es cuando más cerca de ser un animal salvaje está el humano, un bebé se ilusiona con cualquier cosa por ínfima que sea, ya en su valor ya en sus características, porque para él cualquier cosa, incluidas sus manos, sus pies y su voz, son un único, nuevo y maravilloso juego.

1 comentario:

  1. Lo que ocurre es que al ánsia de dar a nuestros hijos aquello que no tuvimos nosotros, nos omnubila tanto que no sabemos ver, eso que tan bien describes en el último párrafo.
    Un saludo

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