viernes, 11 de marzo de 2011

Ella


A veces tus deseos vienen a buscarte de la manera más insospechada. Ella ha sido siempre uno de tantos y me ha buscado, a pesar de las dificultades, durante estos años por todos los lugares en los que he habitado. Yo, como un niño lleno de ilusiones, sin pensarlo he salido a su encuentro.
En mis años isleños apareció varias veces, llamándome, por sus altísimas cañadas, por las laderas negras de El Teide… Y estuve a su merced, sin mirar el reloj, entregándole mi tiempo sin medida, disfrutando de su gélida y divertida compañía.
Luego, tierra adentro, en una joven ciudad alzada entre los mimados olivares de Jaén, en un café del amanecer, uno de aquellos fríos domingos  de Linares, vi que había pasado a buscarme por mi tierra. Apareció su foto en la portada de los periódicos, una mañana de febrero en la que, como un rastro de su inútil búsqueda, un inmenso rastro blanco, sus esperanzas quedaron esparcidas por toda la Sierra Norte de Sevilla. Pero en vano porque yo no estaba en casa.
Embargado por la añoranza, cual fue mi sorpresa cuando al salir del café la encontré mecida por la brisa enredándose entre las copas de los álamos; sobre las transitadas aceras de aquel gris amanecer, fundiéndose con suaves besos en el hielo de las fuentes; posándose como livianas perlas de algodón sobre la estatua del minero… Tan lejos y también me había hallado. Aquella mañana paseamos juntos, otra vez, ausentes de la algarabía de los niños que venían a verla y a jugar con ella, de las fotografías, de la alegría de las parejas que, de la mano, enlazaban las miradas bajo sus leves caricias…
Años después -¿Quién lo iba a decir?- andaban mis huesos quejándose del frío por el Aljarafe sevillano, en una preciosa y verde barriada mairenera. Según los vecinos hacía siglos que ella no pasaba por allí. Mis esperanzas por recibir su visita eran prácticamente nulas. Sabía que acudiría fiel a su cita anual por mi tierra, por Alanís, para pasear conmigo por la dehesa permitiéndome rozar su frío tacto con mi rostro; sabía, también que, desgraciadamente, no sería posible otra vez más por mi ausencia. Sin embargo, ¡qué equivocado estaba! Aquella mañana mi mirada se perdía a través del cristal, fija en el horizonte, recordándola, más allá de los tejados del fin de semana de un polígono que descansaba solitario junto a la autovía... De pronto un reflejo blanco pasó zigzagueante por delante de mis ojos; luego otro y otro más, y otro, y otro… Increíblemente, ante la sorpresa de todos, otra vez me había encontrado. Abrí la ventana y extendí mis manos para tocarla. Ella, juguetona, dejándose atrapar por el viento me acarició la cara, el pelo, se colgó de mis pestañas y besó calidamente mi sonrisa a pesar de su tacto húmedo y frío; de nuevo colmó mi corazón de fuertes ganas de vivir.
Este año he regresado a mi casa, a mi sierra, donde la conocí cuando era niño, pero ella aún no ha venido por aquí. Dice la gente que ya ha pasado, aunque muy sigilosamente, con esa timidez típica de una niña enamorada; con el rubor infantil que da encontrarse con alguien a quien se ama y después de mucho tiempo; pero yo, a pesar de que la primavera esté ahí  cerquita, llamando a la puerta muerta de frío, sé que volverá, como cada año, fiel a su cita invernal, a encontrarse conmigo otra vez, mi querida y anhelada nieve.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, marzo 2011    

3 comentarios:

  1. Un relato exquisito Leo, da gusto leerte.

    Besos.

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  2. Me llevo la música que más me gusta de este espacio para otro espacio.

    Gracias.

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  3. Precioso Leo, pero me da que este año te quedas sin verla.
    saludos

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