El
pregonero de mi barrio tiene ojos de sapo, la nariz afilada, boca
babosa y orejas de soplillo. No es que sea feo, parece un gallo peleón,
está borracho como las cubas del cantinero; lleva tallada la cruz en su
frente, un buen porrazo; una biblia en la mano, es su botella de vino y
danzando como un hidalgo va cantando su canción:
"Está visto y comprobado, el que come jamón está gordo y colorado".
Duerme
entre cartones, bancos y grandes callejones. Despierta en la madrugada
de su sueño más profundo, la resaca le hace creer que es Señor o
Monsieur de alto prestigio. Un día, creyéndose muerto, visitó el
cementerio, cantando y bailando, formó tal escándalo que revivió hasta
los muertos. Éste, todo asustado le dio un infarto, y allí caído (todos
fueron a su entierro) menos los difuntos que salieron corriendo. Se
formó tal revuelo como en el gallinero de mi abuelo, a la antigua
usanza, austeros o aventureros, que mataban a los gallos peleones por el
cuello.
Y
es que no había mejor borracho que parezca un gallo, como el pregonero
de mi barrio; que desesperaba a los vivos y resucitaba a los muertos.
Lourdes Noguero, marzo 2009



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