domingo, 13 de marzo de 2011

Amor fraternal


Hoy, por fin, he vuelto a sentarme en la orilla del mar, en el mismo recodo donde tú y yo estuvimos por última vez a solas. ¿Lo recuerdas? Sí, creo que sí. Allá en la estrella donde tu alma limpia se ha aposentado, también se piensa, ¿verdad? Y supongo que cerca de Dios, quizás muy cerca, tu no mereces menos, porque ya aquí estabas más cerca de Él que todos nosotros. Los que aún nos ha tocado quedarnos.
     Era un atardecer limpio, el cielo estaba más azul que nunca y el globo terráqueo quizás más rojo también. Su esconderse tras el horizonte, allí donde se besan las aguas y el cielo, era lento, mucho más lento, como si quisiera quedarse contigo para siempre como lo deseaba yo. Tal vez existió un silencioso diálogo entre tú y él. Yo te miraba muy disimuladamente y no quería musitar ni una sola palabra, cosa harto difícil para mí, ¿verdad? Realmente quedé mudo, no se si es que no quería hablar o no podía. Tenía un enorme pellizco en todo el interior de mi cuerpo que terminaba muy apretado en la garganta. Te observaba absorto. Tú, en tu ya casi divino silencio, dialogabas con los elementos que la sabia naturaleza nos ponía delante. Tus ojos, no parpadearon ni una sola vez y tenían un brillo que hacía ya muchos meses lo habían perdido. Tu mirada hacia el infinito era muy profunda. Tu rostro estaba como iluminado y creo que, no precisamente porque estábamos frente a una espléndida y maravillosa puesta de sol (que tú expresamente me pediste te llevara a ver, apoyándote sobre mi pequeño cuerpo) y ello ocasionara un esporádico reflejo. No, la luz que había en tu rostro era distinta, yo diría que azulada, a veces, intensamente plateada y, aunque yo me empeñaba en darle una plasticidad real, no, no era posible que fuera real. ¿Con quién hablabas, hermano mío, que producía esa divina majestad en tu cansado rostro? Además, tu cuerpo, aunque echado sobre la hamaca veraniega, mostraba una rigidez extraordinaria; hasta el punto que, hubo un momento que te creí un ser superior, como de otro mundo o planeta. Por fin, como un murmullo portado sobre las blancas crestas que el tenue oleaje dejaba a nuestros pies, parecía llegar a mis oídos unas palabras, al principio ininteligibles, después pude ir descifrándolas. Tu voz era muy tenue, tu expresión muy pálida, cual pétalos desprendidos de la mejor rosa que lentamente se van posando sobre el fresco musgo del atardecer. Sí, era tu voz, la misma de los últimos meses, quebrada, temblorosa, corroída  por el maldito infierno aposentado en el interior de un cuerpo puro, amoroso y tierno. De una forma ya clara, yo diría que musical, empezaron a sonar tus palabras en mis sorprendidos oídos...
       - Padre; ¿Estás ahí cerca del otro PADRE? Si, estás, te vislumbro entre estos últimos y rojizos rayos del sol que se está ocultando. ¡Espera! ¡No te vallas! Quiero fijar contigo en este preciso momento, el punto de nuestro encuentro. ¿No sabes que estoy a punto de recorrer el fantástico camino del principio de la Creación? Voy a reunirme  contigo, en ese espacio-tiempo infinito, donde las almas purificadas pastan eternamente, cual rebaño divino, en las praderas rosas y azules creadas por el Dios Omnipotente.
        Después, inclinaste lentamente la cabeza y, tras un breve espacio de tiempo, musitaste: “Fede, ¿nos vamos?”  Haciendo un esfuerzo sobrehumano, pude reponerme del éxtasis en que me encontraba. Te apoyé de nuevo en mi cuerpo, te apreté del brazo y  lentamente, con mucho trabajo, pues tu cuerpo ya apenas se mantenía en pie, abandonamos esta arena, ahora blanquecina y fría. En un prolongado silencio que a mí me pareció interminable, emprendimos el regreso. Creo que a los dos nos fue imposible hablar. Quizás sobraban las palabras. Pero, de lo que sí estoy seguro es que, en aquél silencio, sentimos un amor profundo el uno por el otro. Tú, porque te ibas de entre los vivos; y yo, porque me quedaba muerto. 

© Federico Serradilla Spínola, agosto 1987

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