sábado, 11 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad

Hacía mucho frío y un vientecillo del Norte que pelaba. El párroco, con paso firme y muy ligero, acurrucado en su sotana y con la bufanda tapado hasta la boca, atravesaba la plaza. Se dirigía a la Iglesia para preparar y adornar el altar. En unas horas se celebraría la Misa del Gallo y no sabía como se las iba a arreglar para terminar el belén, pues no tenía figurillas de pastores aquella humilde parroquia. Al llegar a la puerta se encontró a una ancianita que, rebujada en una raída manta apretaba a tres pequeñines, intentando guarecerlos de tan intenso frío. No eran del pueblo. El párroco jamás los había visto.
- ¡Hola señora! ¿Qué hace usted aquí y con estas pobres criaturas?
- Verá usted Padre, íbamos por la carretera haciendo autostop, nadie nos subía a su coche y como ya se hacía de noche, decidí que la pasaríamos aquí, hasta emprender de nuevo el camino.
El cura les invitó a pasar dentro de la iglesia y les proporcionó calor y alimentos. Para la misa, a la anciana la vistió de pastora y a los niños de pastorcillos, los colocó en el altar y les rogó que no se movieran. Lo hicieron tan bien que, los feligreses, llegaron a creer que eran figuras de cera construidas a tamaño natural. El Párroco en la puerta, despedía a todos los asistentes que, muy emocionados, le felicitaban por aquel logro. “Parece como un milagro”, agregaban. Tras cerrar la puerta, el clérigo se dirigió al altar con el fin de aposentar a la anciana y sus pequeñines en la Sacristía, pero cual fue su sorpresa cuando comprobó que allí no había nadie. Buscó por todos los rincones de la Iglesia y, ¡nada!, ¡habían desaparecido! Al final, este buen cura no hacía más que meditar: “¿Habrá sido un milagro?, tendré que pensar como mis feligreses.


Federico Serradilla Spínola, diciembre 2009

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