domingo, 28 de noviembre de 2010

Ventajas de vivir en un pueblo (3) o Paradojas de la soledad

El jueves pasado, como cada vez que tengo ocasión, a eso de las cinco de la tarde me escapé a tomar un café. Salí de casa bien abrigado y con paraguas; había estado toda la mañana lloviendo en Alanís. El pueblo estaba cubierto por la niebla y casi no se sentía en la piel el velillo de agua que caía a través de ella. Me apresuré por los adoquines mojados de la calle Bancos hacia La Plazoleta, cuyos edificios al fondo se entreveían grisáceos, como aquellas láminas a lápiz de las clases de dibujo, que cubríamos con papel cebolla. No me crucé con nadie por la calle. Cuando entré en el bar comprobé que estaba vacío, solo la camarera. Con un buen café, que me llevó la chica hasta la mesa y un periódico entre las manos, me senté junto a una de las ventanas y estuve más de media hora, en silencio, disfrutando de aquella apacible y placentera soledad que solo en ciertos días y en algunos pueblos, como este, se puede saborear.
Al terminar reparé en que no había entrado nadie en el bar en todo el tiempo que duró mi corto café. No sé si por el tiempo o por la crisis. El caso es que recordé, entonces, muchos cafés de las cinco que, en otro tiempo, había tomado en los bares de la ciudad, difícilmente vacíos de gente y de ruido, en los que las puertas están constantemente abriéndose y cerrándose. Cortos y, normalmente, apresurados cafés que, a pesar de todo, también fueron en soledad. Una extraña, anónima y menos confortante soledad acompañada. Otro tipo de soledad.

Leopoldo Espínola, noviembre de 2010

1 comentario:

  1. La soledad tiene muchas ventajas cuando puedes comentárselas a un otro. :)

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