martes, 12 de octubre de 2010

El Senti, en los Lagos del Serrano (primavera de 1998)

En esta mañana, soleada y templada me vuelve a visitar mi amigo "El Senti". Aquí donde radica este "Rincón del fígaro" que está en la planta alta de una casa blanca llena de luz y rodeada de jaras, encinas y múltiples plantas autóctonas y que siempre está abierta para los buenos amigos. Hemos decidido aposentarnos sobre el poyo que rodea el tronco de la encina más próxima, a modo de brocal de pozo, para iniciar nuestra acostumbrada charla de viejos amigos. La mañana lo apetece. Hay un silencio absoluto y “no se mueve ni una hoja”, como decimos los serranos; tan sólo es interrumpido este maravilloso silencio por el graznido de algún arrendajo próximo o por el repiquetear constante de un diminuto "verderón" sobre las ramas del granado.
Mi amigo "El Senti" se queda pensativo y tras restregar sus manos comenta: “¡Ojú que mañanita dichosa de frío! Ahora me estoy acordando de nuestro Maestro de Escuela, que repetía la misma expresión en aquellos tan fríos inviernos de los años cuarenta en nuestro querido Alanís. Recuerdo que, seguido a esta frase agregaba, ¡Quien me mandaría a mí a este pueblo tan frío en plena Sierra Morena! Claro, es que este buen enseñante era un castizo andaluz en su hablar y de un pueblecito más templado de la provincia sevillana, concretamente de Salteras. Además, por añadidura, en el estómago llevaba poco refuerzo, al igual que todos nosotros, un cafelillo de "recontras" (se le llamaba así porque se aprovechaban los residuos del café servido); y como sólido un pequeño trozo de pan, migado o en tostada, si se había podido agenciar algún aceite, pues ambas cosas escaseaban bastante en aquellos imborrables años de posguerra. Mas a pesar de todo, ¡qué buen Maestro era! Todavía recuerdo su nombre con bastante cariño y eso que han pasado más de cincuenta años. Se llamaba Don José Florencio Reina. También recuerdo que, a pesar de lo exigua que era la merienda en casa, muchas veces la compartimos con sus hijos. Tampoco se me han olvidado sus nombres: Pepito y María Eugenia, el tercero, creo que Manolito, murió muy niño, como otros muchos amigos míos, en una terrible epidemia de tifus. Las bancas de madera, ya muy viejas, eran para cada dos alumnos. Tenían un tablón para sentarse y otro mas alto y más ancho para escribir, leer, dibujar, etcétera. Con un tintero de plomo empotrado en el centro que servía para los dos y que más de una vez nos lo echamos encima gracias a las travesuras que cometíamos, mientras Don José se iba un ratito al corral para "pescar un poco de sol" como él decía. Era un gran matemático, para aquellos tiempos, por tanto, a todos los que nos prestamos enseñó mucho de esta disciplina”. "El Senti", hace una breve pausa y continúa: “A mí me iban más las letras, pero como tenía mucho amor propio, apechaba estoico con los números, gracias al empeño de este gran Maestro. Había que tener mucha voluntad para enseñar en aquellas condiciones tan precarias, frío, hambre escasos y deficientes materiales educativos. Y servicios, no digamos; un grifo sobre una pileta llena de grietas, en un cuarto inmundo que, por cierto, el agua salía helada. Un agujero, como de cuarta y media de diámetro sobre un poyo que se le llamaba "el retrete". Por cierto, siempre estaba atascado y con un olor fétido insoportable”.
“Por aquellos tiempos, si no había ni para comer... ¡cómo pasar de la primaria al bachiller! ¡Imposible! Ni Gobierno, ni Diputación, ni Ayuntamiento, ni siquiera entidades privadas se preocupaban de algo tan imprescindible. Estudiar estaba absolutamente reservado para los pudientes. Si había rara vez alguna excepción, proporcionada por una señora muy rica oriunda del pueblo, era para Cura. U sea, directamente al Seminario de Sevilla. Desde la Segunda República no se habían vuelto a iniciar estudios de segundo grado, hasta que llegó Don José Florencio, aquel pequeño, pero gran hombre y mejor Maestro que, con su esfuerzo denodado convenció a más de un padre para que mandaran a sus hijos a la capital e iniciaran el bachiller o estudios mercantiles, carrera media, muy de moda a la sazón”. Por cierto, me encara "El Senti": “A ti te consta que yo, a pesar de los esfuerzos de mis magníficos padres, no pasé del primero (entiéndase bachiller) pues, si se estudiaba, no se comía y ¡puñetas! éramos entonces tres hermanos y los demás no tenían culpa de mi fiebre por los estudios”.
El “Senti”, tras un respiro profundo continúa: “¡Ay! los jóvenes de ahora... tienen otros problemas, pero al que trabaja sobre los libros y quiere; no hay "quien lo frene". Cualquier carrera está a su alcance”. Pausa y sigue “¡Oye! estoy cayendo en la cuenta que, a este sacrificado y buen Maestro, que junto a su familia, pasó por tantas necesidades en aquellos desgraciados años cuarenta, y que puso tanta fe en inculcar la cultura, enseñar las letras y las matemáticas a tantos hijos de pobres campesinos y jornaleros, que eran la gran mayoría...¿No te parece que se ganó sobradamente un homenaje del Ayuntamiento y de todo el pueblo? Quizás se debió rotular con su nombre alguna calle. Han pasado como dirigentes municipales de distintas ideologías, varios alcaldes. ¿Es posible que ninguno cayera en la cuenta? ¿Ni siquiera lo propusieron algunos ciudadanos de los muchos que se beneficiaron del buen hacer de este Maestro? ¡Qué ingratos somos los humanos!
Amigo "cuenta cuentos" del "Rincón del Fígaro", como no me dices nada, te recuerdo que, fíjate si el hombre de mi pequeña historia de hoy, dejó honda huella en mí, cuando tanto insistía; "hay que estudiar como sea” que, cuarenta y tantos años después, no sin antes vencer enormes dificultades, de toda índole, pude conseguir ¡por fin! ser licenciado por la Universidad Hispalense. Y lo más triste, después de tanta alegría, es que no pude brindar tal acontecimiento, ni con mis padres, a quienes tanto amé, ni con aquél "mi Maestro" a quien tanto admiré. Aunque aquí, en plena sierra, en una noche serena y muy oscura, cuando brillaban fulgurantes las estrellas, escogí la que veía mayor, imaginé que desde allí me observaban los tres y levantando mis brazos hacia ella, con gran emoción grité: ¡Va por vosotros! En la soledad y el absoluto silencio de esa maravillosa noche estrellada, que es un privilegio de nuestra Sierra Norte sevillana, al chocar mis voces sobre la ladera de enfrente, el eco repetía... ¡Va por vosotros!..¡vosotros!...¡vosotros!...” El “Senti", que sabe me gusta aprovechar las mañanas para mis quehaceres plásticos y de ordenador, se levanta lentamente y tras darme unas cariñosas palmaditas en la espalda, me dice: “Hasta otro ratito, amigo Fede. Que Dios permita prolongar lo más posible nuestras sencillas y agradables tertulias”. Con ese cierto aire de nostalgia que ha dejado prendido en mí, este buen amigo, le contesto: “Hasta siempre que tú quieras “Senti”. ¡Adiós!”
Se marcha muy pausadamente, esta vez, por el camino de la izquierda, que se adentra entre hermosas encinas y brillantes jaras manchadas con sus peculiares y lindas flores blancas. Estamos en primavera. "El Senti", como es muy aficionado a la poesía, va musitando: "La guitarra es un pozo con viento en vez de agua (…)"

 
© Federico Serradilla Spínola, primavera de 1998

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