lunes, 21 de junio de 2010

Cuento


Está amaneciendo. Juan, como siempre, está sentado frente a la ventana. Por allí, los primeros rayos del sol se filtran hasta la mesa del salón. El tiempo es bueno. Ya pasaron los temporales del invierno y ahora el frescor matutino es menos húmedo y frío. Pronto la tibieza del sol llegará hasta sus pies y él sentirá rejuvenecer su vida. La luz irá subiendo por sus piernas y en pocos minutos bañará su rostro enjuto y arrugado. Juan no se mueve, hace años que no lo hace. Para él, el tiempo no tiene sentido ni razón de ser. Nunca necesita nada. Su vida consiste en mantener fija su mirada a través de aquella ventana que da a la calle. Su cara es de color marrón cobrizo y refleja al labrador que debió ser. Un rostro gastado y quemado por el sol. Sobre su frente, un sombrero de paja deshilachado forma un surco de sombra oscura. Sus ojos grises, han perdido el brillo de antaño y ahora lucen bastante inexpresivos. A través de ellos parece haber una cortina impenetrable, un deseo de perpetua intimidad. No sabría decir su edad. Podría tener 60, 70, o tal vez 80. Es de esos hombres que se consumen desde jóvenes en su propio fuego vital. Tal vez el sol tenga mucho que ver en esa indeterminación. De todas formas, no creo que a él le importe demasiado. Su mano mantiene un cigarro encendido. Es casi una pavesa mantenida en un absurdo equilibrio de malabarista y siempre a punto de caer al suelo. Pasa el tiempo, o mas bien, pasamos nosotros…


María baja despacio las escaleras. Mas que andar arrastra sus pies con paso cansino. Atraviesa el salón en silencio y mira a Juan. Murmura unos buenos días y entra en la pequeña cocinilla. Pronto un aroma intenso inunda la casa. El café está subiendo y se escucha el borboteo del agua al hervir. Al salir de la cocina lleva una taza en la mano y va a sentarse en la mesa frente a Juan. Bebe el café a pequeños sorbos, muy lentamente, saboreando cada gota que entra en su boca. El sol atraviesa sus cabellos blancos y descuidados y su mano tiembla nerviosa cada vez que levanta la taza. El silencio es profundo, casi doloroso, pero sus miradas se cruzan con intensidad. No hace falta que fluyan las palabras. Su soledad lo dice todo. Ambos están solos. María, en su pequeña casa de viuda, esperando que la muerte venga a visitarla. Juan, colgado en la pared, frente a la ventana del saloncito, en aquella vieja foto que un día le hicieran y esperando que María se reúna con él. El tiempo dejó hace mucho de existir.



Luis Narbona Niza (1996)

1 comentario:

  1. ¡Hola amigo Luis! Por mor del agobiante calor de este verano, me he atrasado en la Lectura. Por ello, he leído con retraso este maravilloso Cuento. Te felicito por su sencilla y linda exposición, así como por el argumento. Gracias por deleitarnos con tus Letras.
    Un abrazo, Federico

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