lunes, 28 de junio de 2010

La flor robada

Ya llegaron los tonos ocres al campo. Las espigas se doran al sol como la harina amasada en el candente silencio del horno. El pardo polvoriento de los carriles se aventa a las pisadas del que camina  en el amanecer. La ruidosa monotonía de las cigarras rasga en los acarros de la lana esquilada, cabizbaja e inquieta de las moscas. Los cencerros casi enmudecen, solo un grave y leve eco de metal al compás de las rumiadas. Entre el pasto, sementera fantasma que se desplaza hacia los hormigueros por laberínticos senderos diminutos, un entramado de lineas trabajosas e incansables que llenarán las despensas subterraneas para paliar la fría escasez del invierno venidero. La ribera ha calmado su furia de abril y sujeta contra su cauce curvilíneo los únicos trazos verdes del lienzo. A los pies de la crepitante chopera que sombrea el regajo, las zarzas se aferran a los últimos lodos, escalando por los troncos cenicientos hacia la luz, como si no quisiesen perderse ni un detalle de la metamorfosis estival. Cerca el vallado de aldelfas, como diademas de flores, ofreciendo, junto a las últimas amapolas, los escasos vestigios delatores de la recien terminada primavera, como si el verano las hubiese robado por un tiempo para adornarse. 
Sin embargo, este año, la primavera no ha podido arrancarle al verano la flor más hermosa; la flor que, depositada su semilla a finales del verano anterior, venía creciendo en el fértil y oculto jardín de una mujer, y que, pacientemente, ha aguardado a que transcurrieran los crecientes días para refrescar con la hermosura de su vida los calores de estos tiempos que corren. Bienvenida al mundo Alba.

Leopoldo F. Espínola Guzmán, 22 de junio de 2010

P.D.: El administrador de este blog ruega encarecidamente a sus lectores que disculpen la falta de periodicidad en la publicación de entradas en los días anteriores y en los venideros, pero debe atender, prioritariamente, a sus labores de "jardinero". Gracias.

Imagen: Leopoldo F. Espínola

lunes, 21 de junio de 2010

Cuento


Está amaneciendo. Juan, como siempre, está sentado frente a la ventana. Por allí, los primeros rayos del sol se filtran hasta la mesa del salón. El tiempo es bueno. Ya pasaron los temporales del invierno y ahora el frescor matutino es menos húmedo y frío. Pronto la tibieza del sol llegará hasta sus pies y él sentirá rejuvenecer su vida. La luz irá subiendo por sus piernas y en pocos minutos bañará su rostro enjuto y arrugado. Juan no se mueve, hace años que no lo hace. Para él, el tiempo no tiene sentido ni razón de ser. Nunca necesita nada. Su vida consiste en mantener fija su mirada a través de aquella ventana que da a la calle. Su cara es de color marrón cobrizo y refleja al labrador que debió ser. Un rostro gastado y quemado por el sol. Sobre su frente, un sombrero de paja deshilachado forma un surco de sombra oscura. Sus ojos grises, han perdido el brillo de antaño y ahora lucen bastante inexpresivos. A través de ellos parece haber una cortina impenetrable, un deseo de perpetua intimidad. No sabría decir su edad. Podría tener 60, 70, o tal vez 80. Es de esos hombres que se consumen desde jóvenes en su propio fuego vital. Tal vez el sol tenga mucho que ver en esa indeterminación. De todas formas, no creo que a él le importe demasiado. Su mano mantiene un cigarro encendido. Es casi una pavesa mantenida en un absurdo equilibrio de malabarista y siempre a punto de caer al suelo. Pasa el tiempo, o mas bien, pasamos nosotros…


María baja despacio las escaleras. Mas que andar arrastra sus pies con paso cansino. Atraviesa el salón en silencio y mira a Juan. Murmura unos buenos días y entra en la pequeña cocinilla. Pronto un aroma intenso inunda la casa. El café está subiendo y se escucha el borboteo del agua al hervir. Al salir de la cocina lleva una taza en la mano y va a sentarse en la mesa frente a Juan. Bebe el café a pequeños sorbos, muy lentamente, saboreando cada gota que entra en su boca. El sol atraviesa sus cabellos blancos y descuidados y su mano tiembla nerviosa cada vez que levanta la taza. El silencio es profundo, casi doloroso, pero sus miradas se cruzan con intensidad. No hace falta que fluyan las palabras. Su soledad lo dice todo. Ambos están solos. María, en su pequeña casa de viuda, esperando que la muerte venga a visitarla. Juan, colgado en la pared, frente a la ventana del saloncito, en aquella vieja foto que un día le hicieran y esperando que María se reúna con él. El tiempo dejó hace mucho de existir.



Luis Narbona Niza (1996)

martes, 1 de junio de 2010

Negro el duende

Negro el duende que recorre mi alma
(¿Inmortal?)
Viaja por recónditos senderos
donde la duda,
tras venir a visitarme,
se quedó a morar.
(¿Para siempre?)
El negro duende respira
un aire turbio y espeso
que destila temor y sufrimiento.
Exhala azufre y dolor
y el vacío se llena de pena.
¿Dónde estás?
Luz, tras la puerta cerrada,
de par en par, cerrada.
Negro duende, temor atávico,
dolor, mucho dolor....
Senderos oscuros como caminos muertos
que a ninguna parte van.
Dolor, inmenso dolor...
¿Dónde la LUZ?
Tras la pérdida, otra pérdida,
tras la muerte, otra muerte,
la mía.
Solos ella y yo
y mi alma
y el duende que en ella habita,
y la pena...
La pena que vino a visitarme
y se quedó para siempre....

© Luis Narbona, mayo 2010