jueves, 18 de marzo de 2010

Soliloquio


¿Dónde vas, alma mía
en pos de las dulzuras?
¿No sabes cuán falaz es la ambrosía
con que el mundo
seduce a las criaturas?

¿Por qué te apartas, alma, del camino
que tu Creador dispuso,
y con numen obtuso
y desamor supino,
del bien rehúyes tu leal destino?

Si tu origen es Dios, como buen hijo,
Él debe ser tu fin, alma cristiana.
Que no hay guión más fijo,
que el del amor que emana
de su Ciencia divina y soberana.

Creada y redimida,
fuiste, alma, por Dios, y suya eres.
Y al marchar en la vida,
no lo debes cambiar por los placeres
con que el mundo convida.

¿Qué valen las riquezas,
dulzuras, bienestar y honor terreno
para la salvación? ¡Qué gran torpeza
es, alma, no seguir el plan sereno
del humilde y glorioso Nazareno!

Déjale al vanidoso
su engañado vivir en la opulencia.
Él se cree ser dichoso
con la falsa creencia
de que gozar no es lastre en la conciencia.

Tú, alma, no rehúyas
las punzadas sentir del sufrimiento
sobre la frente tuya;
que es bella perla fina
cada gota de sangre en cada espina.

Turba de tal manera
el mandar y el ser rico a los mortales,
que les hace vivir en la ceguera
de que esa es la escalera
para alcanzar los reinos celestiales.

Sea, alma, tu anhelo,
poner corazón y tu tesoro,
en la paz con tu Dios, y allá en el cielo,
hallarás cuanto vale más que el oro
en tu cuenta postrera,


devolviendo a tu Dios, cuanto Él te diera.


Leopoldo Guzmán Álvarez (1885-1971, q.e.p.d.)

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