miércoles, 25 de noviembre de 2009

El viejo olivo



 Un viejo olivo de un rincón sombrío
acunaba óleo prado macilento,
de madurado fruto polvoriento
maldecíalo un corazón impío...

Triste penar, penar desierto el mío,
rumiaba el campesino al pardo viento,
sólo hallo aquí tristeza y descontento
y los huesos cansados por el frío.

El olivo le contestó afligido...,
mis hojas a tu frente le han besado,
y más muerto que vivo yo he seguido 

derramando mi fruto ensangrentado;
mis ramas a porrazos has herido,
mas de ti, yo jamás he renegado.


© Koki, noviembre de 2009


sábado, 14 de noviembre de 2009

PIEDRA DE SANTIAGO



Tal que te contemplo, esbelta y somnolienta
Gastada, más señorial y admirable
Errante autóctona de mirada incansable
¿Quién en ti, dulce paz no experimenta?


Testigo de momentos, muda de palabras y sedienta
Sabedora de vidas, de guerras  insaciable
 A tu entorno, a tus pies todo fluye viable
Impávida, donde el amor se acrecienta


Sobre tu lomo gris ¿Quién no ha viajado?
A un mundo de quimera, donde la paz se engendra
¿a cuántos, dime amiga, has convidado?


Te trepan los recuerdos, no las plantas y yedra
Dime que se siente, dime lo que has pensado ,
Al ser historia viva, siendo tan solo piedra.

© Koki, noviembre 2008

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Culpable por necesidad?


En septiembre, un hombre ha talado los tres hermosos olmos que rodeaban mi casa. Amenazaban ruina, al colarse, en su crecer y crecer, a través de los cimientos y he sentido en mi interior una sensación profunda de culpabilidad. ¡Eran tan hermosos y protectores de la canícula veraniega sobre mis tejados! Y ahora que ha llegado el otoño, echo de menos el pulular del viento a través de sus hojas y el balanceo de sus hermosas ramas que parecían saludarme en la mañana, tan pronto salía al jardín para hacer mis ejercicios para las cervicales, recetados médicamente.

 Hice que los troncos fueran cortados a rodajas y amontonadas uniformemente al pie del ventanal de la cocina. Desayuno con ellas todas las mañanas. Las observo y sigo sintiéndome culpable de haber roto sus vidas. Tan temido me siento que, cuando apriete el frío a punto de llegar, no sé si seré capaz de introducirlas en la chimenea donde desaparecerán sus preciosas vetas ondeantes, cubiertas de una corteza  grisácea de arabescos caprichosos. Desde ella y hasta el punto central,  corazón del tronco, hoy he contado sus años de existencia; justamente cuarenta y dos y se me ha roto el corazón en mil pedazos.  Con cuarenta y dos años murió, hace veinte, mi entrañable y querido hermano Paco, también talado por una terrible enfermedad. Esto me ha hecho pensar: ¿casualidad o  profecía? 

Cuando llegue el frío, no sé si encenderé la chimenea, tan agradable y de tan entrañables recuerdos de mi niñez en Alanís, o quizás opte por la calefacción eléctrica, que no te produce esa sensación tan agradable y evocadora de la chimenea. Lo que sí es cierto, que nunca ante un hecho aparentemente banal, me sentí tan culpable como con este, de arrancar la vida de cuajo a tres hermosos olmos, crecidos en la parcela de un amante de la Naturaleza.

© Federico Serradilla Spínola, octubre de 2009.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA SEÑORA




Pasaste por mi calle,
con tu guadaña,
nadie te vio,
no te esperaban.
Tus negros ropajes
aleteaban
al socaire del viento
que despertabas.
Andabas sin prisas
pero sin pausa,
seguros tus pasos,
nada dudabas.
Pasaste por mi calle,
no te esperaban.
Tu mirada ausente
nada expresaba,
ni un sentimiento,
ni una palabra.
Todo era frío
como la escarcha…
Llegaste a la puerta,
no hubo llamada,
entraste en silencio,
no te esperaban.
Sentada en la silla
alguien dudaba,
“¿Vienes por mi?
¡No te esperaba…¡”
Tus cuencas sin ojos
nada miraban,
un gélido aliento
te delataba.
No contestaste,
nada expresabas,
solo llegaste
con tu guadaña
cargada al hombro,
prieta en la espalda…
Y en un instante,
como si nada,
cortaste el hilo
que anuda el alma;
y un cuerpo frío
como la escarcha
quedó sentado,
robada el alma…
Después, el llanto,
desesperanza,
gritos que claman,
dudas que matan,
vida que muere,
alguien que acaba…
Pasaste por mi calle,
no te esperaban….

© Luis Narbona Niza, noviembre 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

CANTO DE INVIERNO




Foto: Leopoldo F. Espínola Guzmán

La tarde se escurre, fugaz entre los dedos.
Se escapa a borbotones por la ventana abierta.
En mi cuarto la soledad se disfraza de miedo.
En la tele dicen que vendrá la guerra

Y en la calle el tiempo impenitente
escribe desganado el borrador de la vida,
con la tinta sucia y gris del “como siempre”,
sobre el dorso de hojas muertas y furtivas.

Y yo sigo sin saber qué musa conjurar,
ni en qué rincón del alma he de buscar
para encontrar en esta tarde la poesía;

Y calmar este frío que emana desde dentro
de estas cuatro paredes donde intento
deslizar un verso en la prosa de los días.


        (c) José Antonio Millán, noviembre 2009