viernes, 30 de octubre de 2009

El día de Todos los Santos y el de los Difuntos (Vs. Halloween)



En agradecimiento a mi madre Palmira.

Diréis que qué significa ésta expresión. Para muchos jóvenes es posible que les suene a chino. A los mayores seguro que no. Es lógico, pues era una tradición de los que ejercíamos de monaguillos. Paso a relatar de forma breve en que consistía.
Cuando llegaba la segunda quincena de octubre, nos vestíamos de acólito y nos recorríamos el pueblo casa por casa. A la llamada de: "¿Se puede pasar?, venimos pidiendo los Santos para doblar los Difuntos",
cada cual nos echaba en una cesta de mimbre que llevábamos lo que buenamente podía ofrecernos (granadas, membrillos, chocolate, nueces, castañas, o cualquier otro tipo de viandas), para poder pasar la madrugada entre el uno de noviembre (día de Todos los Santos) y el dos (día de los Fieles Difuntos).
Una vez que caía la tarde del día uno, nos subíamos al campanario y comenzábamos a tocar las campanas a difuntos (un toque con el campanín de duelo y otro con la campana gorda) toda la madrugada.
Allí subidos, en buena compañía, los “monacillos”, como decían los mayores, encendíamos una candela para poder aguantar toda la noche, ya que en la torre y de madrugada, como se dice por aquí, caían buenas “pelúas”. Allí dábamos buena cuenta de los alimentos que habíamos recolectado los días precedentes. Eso nos mantenía en vela, para poder aguantar del tirón la amplia y gélida madrugada, entre cabezada y cabezada, broma y broma, y alguna que otra historia de miedo que hacía la noche más entretenida. Así, hasta la hora del alba en que se celebraba la primera misa para honrar a todos los difuntos de la localidad.
Pues bien, posteriormente, con el aire de los nuevos tiempos, se instaló el sistema eléctrico automatizado de toque de campanas y, como todo avance de la tecnología, mermó la mano de obra humana. Se dejó de subir al campanario a tocar manualmente y el número de monaguillos descendió hasta que, durante varios años, éste que les escribe, se quedó como el único que realizaba todas las funciones de atención a los cultos.
Con dicho motor, manejado desde un cuadro eléctrico colocado en la sacristía, se podían controlar todas las funciones de dobles, repiques, señales de misas.  Así, poco a poco, comenzó el declive de esta tradición, hasta que finalmente, se perdió para quedar solamente en la memoria de sus actores.

Hoy día, con la globalización o más bien con la influencia de tradiciones tan distantes y distintas a las nuestras (las “Americanadas”, que es como yo las denomino) de unos años a esta parte nos han contaminado esta fiesta de calabazas huecas con forma de monstruos, con velas en su interior, disfraces de demonios y de cualquier suerte de muerto viviente, para festejar a su forma una tradición, Cristiana para nosotros y Pagana para ellos. La denominan “Halloween” o fiesta de los muertos. Más bien parece un desfile carnavalesco en pleno otoño que otra cosa mas seria. A mi parecer, esta festividad es merecedora de ser afrontada con un mínimo de respeto por los que ya nos faltan.
Corren nuevos tiempos. Mejores o peores que los que ya pasaron. Pero no distintos. Tenemos que adaptarnos a las nuevas corrientes, por las cuales la sociedad va discurriendo. Pero pienso que no debemos olvidarnos de nuestras tradiciones, ya muchas perdidas, y de las que nuestros mayores nos pueden hablar de forma mas fidedigna que yo, por edad y conocimientos.
Pero humildemente y desde la perspectiva de mis 37 años, he querido recordar en estas fechas tan cercanas, una tradición que, por ser monaguillo en aquellos años, me ha traido muy buenos recuerdos de camaradería entre los niños que formábamos el cuerpo de pequeños “Pillos de Sacristía”.
Con todo mi cariño y afecto a todos los que a través de los tiempos son, han sido y siempre serán, “Pillos de Sacristía”. Va por ellos.
Bueno y llegados a este punto, dirán que por qué dedico este artículo a mi madre Palmira, pues sin ir más lejos, porque cuando me quedé solo en el cargo, con unos once años, se pasó toda la noche de difuntos a mi vera en la sacristía. Siempre las madres pendientes de sus hijos. Estuvimos al cuidado de que no se parase el sistema eléctrico de toque de campanas ya que, en Alanís, el fluido eléctrico tenía y tiene muchas caídas por lo que había que arrancar nuevamente el mecanismo de toques.
Un millón de gracias por su compañía y por su apoyo. Que este escrito sirva de homenaje a las que, afortunadamente, aún tenemos con nosotros y en memoria de las que, por desgracia, ya no pueden estar a nuestro lado. Que Dios las bendiga, tanto aquí en la tierra como allá arriba, en el eterno paraíso de los justos.

                                            © Alberto Fernández Antunez, octubre de 2009

miércoles, 28 de octubre de 2009

ALMORAIMA, SUEÑO DEL GUADALQUIVIR




Es una calurosa noche de verano; noche de estío andaluz. Tedio y sopor se reflejan en tus aguas mansas, mezclándose con el fulgurante brillar de las estrellas. La luna se asoma burlona, iluminando con su palidez las casas de  Triana, la dorada torre, el minarete de la Giralda, la Mezquita, las almas de tu tierra… Y tú, lento, apacible, dejándote llevar, derramándote.
     Se ha levantado una suave brisa que dispersa la calima espesa y maloliente. De la mano del aire te meces en un columpio imaginario y dejas volar tus pensamientos, abriendo de par en par sus puertas al sueño. Recuerdas, envuelto en un sopor embriagador que adormece tus sentidos, como si estuvieran prendados del dulce néctar del vino. Recuerdas, recuerdas…


Almoraima, sueño del Guadalquivir,
quimera de otra noche veraniega,
recuerdos de amores prohibidos,
de amantes que esperan…


     … Apenas si acabas de nacer. Saltas con brío entre piedras y arbustos. Rebosas frescor y pureza cristalina. Eres todo nervio, toda fuerza, toda nobleza. Tu ser se expande con el más limpio de los aires y te envuelve, arrullante, el canto del ruiseñor, del jilguero, del gorrión.




Sierra de Cazorla,
Recuerdo de tu niñez…

     Tu camino, aún impetuoso, prosigue incansable. Corre por tus venas la mágica savia de la juventud. Te fundes en un solo cuerpo con la naturaleza que te rodea. Cañaverales, robledales, elásticos juncos que se inclinan a tu paso, peces, nutrias, pájaros… Todos sin distinción te acompañan alegres. Todos forman parte de ti; te pertenecen. Eres feliz, inocente, puro; inmaculadamente puro.

¡Quién pudiera soñar su juventud,
Quién…
¡Quién pudiera revivirla…!


 Ahora, tu andadura se reposa y detienes por un instante la veloz carrera, el frenético fluir. Miras a tu alrededor. Todo ha cambiado. Por unos segundos un nudo atenaza tu garganta. Sientes miedo. ¿Dónde están los árboles? Quien te viera, diría que una lágrima resbala por tus mejillas. Tu alma de río se conmueve. ¿Dónde están los árboles? Y como si las fuerzas te abandonaran, percibes en tu cuerpo el peso del camino. ¡Definitivamente lloras!
     El tiempo transcurre imperturbable; ajeno a todo y a todos. Juez implacable de nuestras vidas. Cruel tirano de nuestro devenir.
A lo lejos algo extraño, distinto a lo que conoces, se yergue desafiante en el horizonte. Córdoba. Árboles blancos que no tienen ramas, ni pájaros, ni esencia. Tan solo escasas y tristes flores que cuelgan de ellos y los adornan. Algo te oprime, te encajona, te limita. Por un momento sientes morir. ¿Qué será la muerte? Eterna pregunta sin respuesta. Ni tan siquiera tú lo puedes llegar a comprender.



Pero aprendes pronto. Conoces por fin al hombre; su vida, sus designios, sus pesares, su poder. Su incomprensión hacia ti. ¡Extraño ser!
     Quisieras escapar; huir a toda prisa. No puedes. Ahora lo sabes. Sientes como arranca por doquier trozos de tu ser; retazos de tu alma.

…Y la vida sigue
como el devenir constante de un río
que entre juncales deja
olvidados sus recuerdos.

Sigues adelante y en tu camino, Sevilla. Madurez, plenitud. Ha pasado el miedo. Has olvidado la pena. Presente, solo presente. Resignación. Te has acercado ondulante hasta la orilla. Allí, en la arena templada por el sol, acaricias unos pies desnudos. Es una forma de mujer. Su piel es suave como ninguna que recuerdes. Vuelves a ella una y otra vez. La miras fijamente y su rostro se refleja en tus aguas. Es hermosa; incomprensiblemente hermosa. Ojos negros de azabache. Cabellos largos y sedosos. Escultura perfecta. Se inclina sobre ti; te toca. Refrescas su cara; mojas sus labios. Te queda el sabor de un beso dulce y profundo. Sientes cautivar tu corazón, llenarlo de cadenas. Estás enamorado. Como una cantinela lejana oyes pronunciar su nombre:

“Almoraima, Almoraima…”

Y como el eco melodioso lo repites:

“Almoraima, Almoraima…”


Ya nunca escucharás otro nombre de mujer.


“Almoraima, Almoraima…”


Aún resuena en tus oídos cuando la ves alejarse. Corre graciosa hacia Triana, lejos de ti.


“¿Dónde vas?”
¡Vuelve!

No te oye. Se aleja más y más. No te oye…
     Y tú, que no puedes detener tu caminar; que debes proseguir condenado a un fluir eterno, imperturbable; que no tienes derecho al amor…

“¿Por qué?
¿Por qué?

En tu profundo interior sabes que, dentro de un instante, solo quedará de ella tu recuerdo; tu efímero y bello recuerdo. Infame ironía del destino.


“Almoraima, sueño del Guadalquivir,
bellos ojos que se ocultan
tras las amargas lágrimas
de un desengaño…”

Descubres la tristeza de un camino en soledad. Sientes que alguien te llama, premioso, irresistible. Queda atrás la belleza de un paisaje, el recuerdo de un momento feliz. También el hombre, su entorno, sus monumentos, su ironía, su desolación…
     Proseguir, proseguir, es tu firme obsesión. Discurrir pausado, tranquilo pero sin pausa. Discurrir buscando el fin, el momento, el supremo instante, la razón de tu existencia, tu propia y real intimidad. Se podría decir que anhelas la muerte.

“Almoraima, sueño del Guadalquivir.
La muerte es solo otro bello recuerdo,
Una palabra en las alas de viento.”

     Ya presientes el fin. Llega hasta ti el lejano rumor de las olas. Tus entrañas se conmueven. No, no es miedo lo que sientes. No te asusta lo irremediable. Es una extraña mezcla de serena inquietud, de inmensa melancolía. El tiempo parece detenerse. También tú, remanso, paz; infinita paz. El aire huele a marismas y sal. El mar está cerca. Sanlucar lo contempla. Sabes que has llegado, que todo se consuma, que el tiempo ha dejado de existir. Un último recuerdo asalta tu memoria. Un definitivo sentimiento: Amor…

“Almoraima, Almoraima…
Un dulce sueño me embarga,
va adormeciendo mis penas,
embriagando mis sentidos,
amamantando mi espera.
Otra vez, Almoraima,
la más bella entre las bellas,
otra vez beso tus pies
desnudos sobre la arena.
Otra vez sueño contigo
cuando mi muerte está cerca,
cuando las olas me atraen
sin que pueda detenerlas.
Valió la pena ser río
enamorado y poeta;
valió la pena ser río
y dejar mi vida entera
derramada entre las tierras
de Cazorla a Barrameda…”

    

Y así, mecido por la fresca brisa del mar, tus aguas se funden ceremoniosas con las olas y alcanzas, definitivamente, el hito de la inmortalidad.
     Atardece. Anda el sol en busca de su ocaso tras los lejanos caminos del horizonte y el crepúsculo se viste de una espléndida sinfonía de colores. Las dulces aguas del Guadalquivir se vierten en el mar y llega hasta mí el rumor de las olas. En verdad parece que contaran historias de enamorados…

© Luís Narbona Niza, octubre de 2008

viernes, 23 de octubre de 2009

Sombría


Sombría me hallo, mustia, inhabitada,

de tantas trashumancias en amores,

de tanta desazón, desazonada,

de tantos infortunios y rencores.


Amando , sin pasión, apasionada,

trémula como el viento entre las flores,

henchida por dolor, enajenada,

de tanto enardecer viejos amores.


Amores sin concierto y desconcierto,

giróvaga por ellos y su esencia,

exaltando momentos sin acierto,


agravios que me llegan sin conciencia,

mi vida hecha pedazos con injertos

de tantas y tantas transigencias.


© Koki, octubre de 2009


lunes, 19 de octubre de 2009

El ocio fotográfico en la Sierra Norte de Sevilla

Un divertimento saludable, bello y ecológico, en el que podemos emplear nuestro tiempo libre, es la fotografía de la naturaleza. En la Sierra Norte Sevillana, este entretenimiento tiene algo especial, quizá porque esta zona es distinta, ya que goza de un hábitat mediterráneo y al estar dentro de un parque natural, hace que la fotografía de sus paisajes, de sus animales y plantas, pueda practicarse a pleno disfrute en cualquier estación del año.

Es este ocio de lo más sano. Nos permite respirar aire puro, sólo contaminado por el olor de las múltiples flores que alfombran y colorean nuestros campos. Se mantiene el cuerpo en forma, ya que puedes caminar todo lo que quieras y más. Tiene una especial belleza, tanto en el momento de practicarlo, como a la hora de revivirlo viendo las tomas realizadas. Las emociones que se sienten pueden ser tan fuertes como en cualquier otro entretenimiento o deporte. Y como valor fundamental, es ecológico, ya que con él no se modifica nada el medio ambiente y además hace que otras personas que vean los resultados puedan tomar conciencia del respeto a la naturaleza.
Cualquier fin de semana puede ser inolvidable y con una cámara en las manos lo pude ser aún más. Ya en la noche anterior al día que sales al campo, empiezas a disfrutar. Preparas la cámara, la merienda y la ropa de campo. Entre las sábanas, esperas el sueño pensando si en la mañana siguiente tendrás suerte ¿Podré fotografiar alguna de esas oropéndolas casi en extinción? ¿Posará para mi algún majestuoso ciervo, con ese aire desafiante de saberse seguro, ya que sólo dispararé mi obturador? Quizá tal vez tenga la suerte de traerme para casa la lucha desigual, entre una culebra de agua y una desgraciada rana que aumentará su nivel proteico. Y pensando, poco a poco, te sumerges en ese estado donde el inconsciente pone su ley.
A los albores del día siguiente, con los aperos sobre el cuerpo y con una ruta en la mente, pones principio a ese camino que te llevara a la vivencia de inciertas emociones. La incertidumbre en sí, ya tiene su gozo, y mientras dejas a tu espalda ese acogedor pueblo que durante la noche te ha cobijado y te adentras en ese maravilloso mundo natural que todavía es la Sierra Norte Sevillana, sigues pensando y pensando sobre la suerte que tendrás hoy. Y sin darte cuenta, empiezas a percibir el silencio, pues éste no es la ausencia de sonido, es sentir el aire entre las hojas, es el canto de un herrerillo llamando a su compañera o es el discurrir del agua entre las piedras de un arroyuelo. Sin todavía tocar la cámara fotográfica ya estás experimentando esa nueva sensación y como sentir que es, nunca será bien descrita por unas líneas sobre un papel. Hay que vivirlo. Hay que estar ahí, solo en la inmensidad del paisaje. Hay que escuchar como los demás seres te hablan. De pronto... ¡Quieto! Casi pasas de largo. Entre el matorral una hermosa tela de araña, todavía cubierta por las gotas de rocío que el sol transforma en auténticos brillantes. En su centro la dueña del local. Rápidamente haces alguna toma, cambias de objetivos, de filtros y demás cacharrería y sin darte cuenta se produce el clímax. Una mosca tontorrona choca contra ella y la naturaleza pone en marcha los mecanismos que tiene prescritos. Y tú estás allí, viéndolo todo, siendo testigo, tomando notas gráficas de ello. De sensaciones de agitación pasas a otras de poder y alegría. Tú eres el ser superior de cuanto te rodea y podrías haber intervenido, pero no, te has quedado al margen, has dejado que la naturaleza siga su curso y eso reafirma tu poder. Llevas en tu cámara un documento único, con el cual puedes rememorar esos momentos y revivir esas sensaciones y además podrás transmitirlas a los demás. Puedes hacer que otros se interesen por la naturaleza, por el medio ambiente, por la ecología, ya que de lo que hagamos ahora dependerá lo que puedan disfrutar las futuras generaciones.

Y así, buscando, fotografiando, recorriendo camino, se pasan las horas. Y es momento de volver. Y la vuelta también se aprovecha. En cualquier momento te topas con una flor digna de permanecer en el tiempo, con una colmena en el viejo tronco de un quejigo, con un conejo sesteando bajo una aulaga, con... cualquiera sabe. La naturaleza es tan rica y variada y nos puede dar tanto, que nunca nos sentiremos satisfechos de visitarla. La Sierra Norte de Sevilla tiene ese encanto de lo todavía puramente natural. La fotografía es un arte. Si en nuestro tiempo de ocio mezclamos ambas cosas, el resultado sólo puede ser puro placer. Una gozada. Para aquellos que todavía no la conozcan, vengan a ella, descúbranla, y si lo hacen con una cámara fotográfica, jamás la olvidarán.

(c) Antonio Pérez, octubre de 2009

viernes, 16 de octubre de 2009

HAIKUS

1º El haiku pertenece a la tradición poética japonesa. Es un poema conciso, formado por 17 sílabas, distribuidas en 5-7-5, sin rima ni título.

_ _ _ _ _ 5

_ _ _ _ _ _ _ 7

_ _ _ _ _ 5

2º El haiku es un poema que expresa fielmente la sensibilidad del autor. Por eso:

· Debe respetar la simplicidad.

· Evitar adornos (en términos poéticos).

· Captar un instante en su núcleo de eternidad o un momento transitorio.

· Evitar el razonamiento.

3º Al ser tan breve:

· Los verbos sobran, porque lo que captamos es una imagen inmóvil, una instantánea.

· Verbos como el ser sobran aún más, porque se sobreentienden.

4º La métrica ideal del haiku es la siguiente:

· 5 sílabas en el primer verso

· 7 en el segundo

· 5 en el tercero

Pero no es una exigencia rigurosa siempre que se siga la regla de no pasar de 17 sílabas en total y no mucho menos de 17.

Hay que tener en cuenta que al final del verso las palabras agudas cuentan la última sílaba como dos. Si son esdrújulas, en cambio, restamos una sílaba. (Las palabras monosílabas al final del verso cuentan como agudas.)

Ejemplos:

¿Es o no es palabras agudas / +1 sílaba (4+1=5)

el sueño que olvidé (6+1=7)

antes del alba?

(Jorge Luis Borges)

El aguacero.

Dos gatitos maúllan.

Toldo de plásticos. palabra esdrújula / –1 sílaba (6–1=5)

(Jesús Aguado)

Para que las cláusulas finales sean más eufónicas, las últimas palabras de los versos es preferible que sean llanas.

5º El haiku es un poema popular, por eso deben usarse palabras de uso cotidiano y de fácil comprensión.

6º El haihuista (Haijin) auténtico capta el instante, como el objetivo de una cámara de fotos.

7º El autor es considerado dueño del haiku por eso debe evitarse cualquier imitación, buscando siempre el espíritu haikuista que exige conciencia y realidad.

8º El haiku es considerado una especie de diálogo entre autor y lector, por eso no hace falta explicar todo. La emoción y la sensación sentidas por el autor deben ser levemente sugeridas a fin de permitir al lector recrear la misma emoción para que pueda concluir a su manera el poema presentado. (Debe sugerir más de lo que dice o debe sugerir antes que decir.)

En otras palabras, el haiku no debe ser un poema discursivo y acabado.

9º El haiku es un producto de la imaginación emanando de la sensibilidad del Haijin, es por eso que deben evitarse expresiones de causalidad, sentimentalismo vacío o ñoñerías.

10º Para contar las sílabas:

Seguimos las reglas de la división silábica. Prestemos atención a las vocales:

1) El contacto entre dos de las vocales a, e, o (no altas), origina dos sílabas distintas:

«a - é - re - o», «pe - le - ar», «le - a».

2) El contacto entre la a (vocal baja) o las e, o (vocales medias) y las i, u (vocales altas) o viceversa, si forma diptongo, constituye una sílaba:

«ai - re», «A-sia», «bue-no».

3) Un triptongo, del mismo modo que el diptongo, forma sílaba o parte de ella:

«aso - ciais», «buey».

4) Cuando se encuentran en contacto una i, u (altas) acentuada y una e, o (medias) o a (baja) inacentuada, originan dos sílabas distintas:

«ha-bí-a», «pa-ís», «ba-úl».

  • Si dentro del mismo verso una palabra termina en vocal y la siguiente empieza por vocal, cuentan por una sílaba.

Ejemplo:

Atiza el fuego.

El alma, como siempre,

abriga poco.

(Javier Salvago)


Bueno, vista la teoría pasemos a la práctica. Ahí va el mío:

Ausencia de agua,

prosperidad de arena,

desierto el alma.

(Leopoldo Espínola)

Atrévete, deja el tuyo en comentarios:



martes, 13 de octubre de 2009

¿El veranillo del membrillo o el cambio climático?

En primer lugar y siendo lego en la materia, aunque me apasiona la meteorología, me viene al pensamiento si lo que está sucediendo en la actualidad es natural y normal.

Puede que todo sea debido a ciertos ciclos que cada cientos o miles de años suceden de forma espontánea.

Pero lo que me resulta extraño es que a las alturas de año en las que nos encontramos y concretamente en Alanís, siga sin caer una gota de agua; que las temperaturas que tenemos sean mucho mas propias de una primavera avanzada, casi veraniegas (digamos de unos finales de Mayo o primeros del mes de Junio) que de un otoño, como en el que nos encontramos ya inmersos.

Siempre y es de todos conocido, en el mes de Agosto, los que vivimos aquí o los foráneos que se acercan a la Feria, saben sobradamente que por la noche, en la Alameda del Parral, nos tenemos que llevar alguna chaqueta, chaleco o jersey para ciertas horas de la madrugada, porque el relente aprieta, por no decir en muchos casos el frío. Pues bien, este año nada de eso, más bien calor y en algunos momentos, quizás, hasta bochorno.

Lo que siempre he oído a los mayores (y de eso entienden mucho más que yo, porque la experiencia es un grado) que eso era normal, que no había que preocuparse, que aun faltaba que llegara el veranillo del membrillo.

Pero planteo esta pregunta y que cada uno saque sus propias conclusiones: ¿es propio el clima que estamos teniendo?

Que yo sepa, de pequeño cuando iba para el colegio, ya entrado el mes de Octubre, lo normal del atuendo eran: botas de agua, impermeables y, por supuesto, el paraguas. Y el día que no llovía, gorro de lana, guantes y chaquetón, aunque de vez en cuando se escapaba algún día suelto de calor (pero eso eran los menos).

Ahora planteo de nuevo la cuestión que nos ocupa. ¿veranillo del membrillo o cambio climático? Saquen ustedes sus propias conclusiones.

La mía la tengo bastante clara, hay algo que estamos haciendo mal. Le estamos haciendo daño a la madre Tierra. Y como todo enfermo está mostrando una sintomatología. Y para muestra un botón: la Primavera en sí, como tal, ya no es como antes y el Otoño tanto de lo mismo. Pasamos, de un día para otro, de ir por la calle en mangas de camisa a tener que sacar con urgencia la ropa de invierno; y viceversa, de ir con guantes y bufanda a tener que colocarnos las mangas cortas y las sandalias veraniegas.

Creo que por el bien de todos deberíamos mirar mucho más por la naturaleza, cuidarla, mimarla y respetarla. Dándole lo suyo. Tratando de consumir menos energía de la que usamos. De utilizar el transporte público, utilizar menos los vehículos privados y usar un medio de locomoción tan relajante y sano, como es la bicicleta.

Y si echamos un vistazo a nuestras queridas fuentes, como la de Los Caños o la Fuente de Santa María; y a nuestros regajos, dígase el de Los Coladeros y muchos más de los que existen en nuestro bello término; se constata que están secos, no brota ni corre una sola gota de agua que tanto beneficio nos hace y tanta vida nos da, tanto a las personas como al ganado que pasta en los campos, ahora casi desérticos, de nuestra bella Sierra Norte.

Y ya para poner punto y final, y recordando a Juan Luis Guerra en su gran éxito “Ojala que llueva café en el campo”; de momento yo me conformaría con que, al menos lloviese lo suficiente para salvar la cosecha de aceitunas y la montanera, para el engorde de nuestro buque insignia del ganado serrano. Nuestro incomparable cerdo ibérico, el rey de las dehesas que nos rodean y que tan ricos y delicioso derivados nos proporciona, como el inigualable jamón ibérico de bellota.

Dejo de nuevo la cuestión en el aire.... ¿veranillo del membrillo o cambio climático?

Juzguen ustedes mismos.


© Alberto Fernández Antúnez, octubre de 2008

jueves, 8 de octubre de 2009

El último sendero


Para sacarle punta
al lápiz del sentimiento,
hice una parada justa
en aquel recodo,
donde por su silbo,
más se hace notar el viento.

En una limpia y rústica piedra,
cansado ya del camino
que lleva al último huerto,
quedaron aposentados
mis pequeños y dolidos huesos.

Allí, donde arrancan cuatro senderos.

El más serpenteante
se adentraba en los helechos.
Otro, escarpado y entre nieblas,
confundíase con el cielo.

Por mi espalda, el tercero,
moría junto a las rocas
del cerro de los canteros.

¿Y el último?
¡Ay el último!

Aquel que de niño
siempre tenía misterio
y parecía tan lejos...
Termina ahí mismo
tras el recodo, ¿lo veis?

¡Se adentra en el cementerio!


(c) Federico Serradilla Spínola, marzo de 1992
de su libro "Travesía de sueños imposibles"

martes, 6 de octubre de 2009

Cambios de color


Con un esfuerzo supremo, fue abriendo muy, muy lentamente los ojos mientras que su cerebro iba recuperando poco a poco la consciencia. En ese momento, ni tan siquiera sabía donde estaba. Intentó levantarse del suelo, pero el intenso dolor que casi al instante recorrió su cuerpo, le hizo recordar muy pronto como había llegado hasta allí y por qué se encontraba en ese estado. Más que el cuerpo, le dolió el alma cuando volvió a preguntarse, sin comprender, cual había sido su delito.
También se lo preguntó cuando esos chicos de cabeza rapada que se acercaron a él, comenzaron a llamarle “negro de mierda” y, mientras que con sus pesadas botas descargaban patadas y golpes por todo su cuerpo, entre una lluvia de insultos le gritaban con rabia que volviese al lugar del que había venido.
Ya casi inconsciente en el suelo, intentó una vez mas convencerse de que había merecido la pena dejar su país, su familia y su forma de vida por el triste y oscuro cuartucho que compartía con otros “negros de mierda” que, como él, un día lo arriesgaron todo para llegar, llenos de ilusión y esperanzas, a un país donde cada día deambulaban sin rumbo durante horas entre el tráfico y la gente, intentando encontrar, a cualquier precio, un modo de seguir sobreviviendo.
Cuando por fin logró, a duras penas, incorporarse comprobó que se encontraba en una solitaria, aunque céntrica calle y, después de mirar el rojo rastro que su cuerpo había dejado en el suelo, llamó su atención un enorme cartel que, con una hermosa y perfecta paloma blanca pintada en el centro, invitaba a todos los ciudadanos a reunirse aquel día en una plaza cercana para celebrar, todos juntos el día de la PAZ.

© Lola Franco, octubre de 2009