sábado, 18 de julio de 2009

La vieja mecedora


Me encuentro sentada en mi vieja mecedora, y el crujir de su madera antigua me delata que es el único lazo de unión con el pasado.
Descorro los visillos de mi cortina de terciopelo veneciana y a través del empañado cristal que ha dejado el vaho del invierno, puedo ver como el hijo de mi vecina llega a casa en su deslumbrante coche, después de haber terminado su master de programación en la universidad de Harvard. Ni siquiera se lo que ha estudiado, según me cuenta mi nieta es algo que ha aprendido para hablarle a las máquinas.
Pero la pesadez de mis viejas pupilas o tal vez el anhelo de añoranzas remotas acaban de devolverme a mi vieja calle empedrada, dónde crece la hierba fresca y florecen las margaritas. Es el más remoto recuerdo que conservo de mi vieja calle.
El día que nací en la misma habitación donde me encuentro, la hierba estaba recién cortada y mi hermana mayor había regado las piedras mientras mi madre postrada en un catre de metal niquelado le daba instrucciones. Era invierno y a las seis de la tarde, ya encendieron el candil para alumbrar un parto que duraría hasta el alba. Y por fin, entre los desesperados gritos de mi madre, el esfuerzo realizado por mi padre y hermanos, y las tazas de chocolate que habían llevado las vecinas, consiguieron que mis ojos abandonaran la oscuridad del útero materno para ver la primera luz del día en una calle empedrada, donde el paso de las yuntas de la amanecida se parara ante la vieja puerta de madera carcomida a contemplar la buena nueva.
Corrían tiempos difíciles, muy difíciles para todos, y en la vieja taberna que regentaba mi padre se anunciaba la agonía de la republica ante el temor de la inminente guerra civil.
Mi mente de apenas cinco años, era incapaz de asimilar aquel juego de palabras que entre risas y tintos , pero con cara de preocupación comentaban aquellos hombres. Y se limitaba cada tarde a descorrer las cortinas de lona gris que ocultaban el único cristal que le quedaba a la ventana de mi casa. Tras ella, la vieja fachada de piedra de la iglesia y señoras que acudían provistas de velo, libro y rosario. El ir y venir de las cantareras a la fuente llevando su cántaro en el cuadril. Mientras, en un corro de niñas se jugaba a la rueda, y un truque dibujado en la tierra, que borraban las muchachas paseando y luciendo un ramillete de jazmines en el pelo; Mientras los mozos las esperaban en las esquinas para piropearlas.
Los cristales de aquella ventana fueron dejando de existir poco a poco; y el frío del invierno, nos convocaba a todos en los adentros de la casa alrededor de la chimenea. Donde mamá y abuela pelaban las patatas, y mis hermanos y yo nos debatíamos sobre si hoy comeríamos o no las cáscaras. Como dije, eran tiempos de escasez y el gran festín nos lo dábamos cuando abuelo salía de caza y le sonreía la fortuna.
Mientras las voces de los soldados en la calle y el estallar de bombas lejanas nos encogían el alma, nos sentábamos tras la ventana al pie de mi madre que ya había ocupado la vieja mecedora, a rezar un rosario que mi padre le había fabricado con huesos de algarrobo. Entre “ pater noster” y “ora por novis” la voz de mi madre se iba notando cansada y mis ojos de niña, ya casi mujer, se iban adentrando en el sueño hasta quedar echada sobre sus rodillas. Y es el mismo crujir de la misma mecedora, quien me devuelve a mi calle asfaltada, a mis cortinas de terciopelo venecianas y al deslumbrante coche del hijo de mi vecina.
Es entonces cuando me doy cuenta, que el recuerdo de aquellos maravillosos tiempos se lo debo y se lo seguiré debiendo siempre y mientras siga aguantando a mi cuerpo, al crujir de la madera de aquella vieja mecedora.


© C. SÁNCHEZ, julio 2009

domingo, 12 de julio de 2009

Palabras en el camino


Si alguna tarde se para,
junto al mío, tu reloj,
quiero compartir contigo
palabras a las que un día
el tiempo no alcanzó.

Aquellas que se quedaron
perdidas en los cimientos
del palacio de cristal,
de una princesa sin cuento
que un día quiso volar
sin tener en cuenta al viento.

Y esas que me enseñaron,
cuando perdida busqué
que dentro de mi podría
-si de verdad lo quería-
encontrar el firmamento
y vivir bellos momentos
que no están en el pasado,
ni en lo que aún viviré.

Y cada día lo intento
y otra vez, cuando tropiezo,
vuelvo a encontrarme buscando
en tus palabras, la red
que guiándome a la calma
me ayudan a no caer,
devolviéndome al camino
(no importa si no es sencillo)
que aún falta por recorrer.

Por eso esta noche quiero
pedirle a la luna llena
un puñadito de estrellas,
y de todas a la mas bella
quiero guardar en mi pecho.

Y si mañana el destino
hace duro tu camino,
que su luz sepa decirte
que puedes contar conmigo
y su calor, en mi pecho
lo mantendrá siempre abierto
cuando quieras ser mi amigo.

© Lola Franco, julio 2009

viernes, 3 de julio de 2009

AL VIEJO CONVENTO

Convento del Espíritu Santo de Guadalcanal

¿Por qué siento quejas de orfandad
cuando miro su fachada entristecida?
¿Por qué lloran los portales y el cristal
cuando vislumbra el sol de amanecida?

¿Por qué es tan frío el mármol del zaguán
y la campana quedó muda y abatida,
y creció la hierba sin piedad
dejando asolada toda vida?

¿Dónde quedaron sonrisas e ilusiones
que al venir la aurora despertaban?
¿Dónde tocas, rosarios y oraciones
que en un mar de sonrisas se entornaban?

Que volvieran esos años soñaría
y en un oasis de mi memoria castigada
por el paso inexorable de los días
y el afán de la esperanza aletargada.

Y en lo más profundo de ese sueño
oigo risas y gritos de alegría,
como en un jardín de ensueño
que reflejan sus paredes encaladas
recubiertas de algarabía
y tanto amor en sus miradas.

Pueblo mío, si te has quedado dormido
arropado por el manto de la sierra,
almohadas de encinares y de olivos
que hasta el sueño con su fuerza a ti se aferra,
abandona tu quimera y hazte cargo
de estos muros que te llaman sin clemencia
despertándote a la luz de tu letargo
y abriéndote paso entre la ausencia.

© C. Sánchez, julio de 2009