martes, 30 de junio de 2009

Poema de Luna Azul


La luna bajó una noche
a ofrecerte su pañuelo,
lágrimas rojas corrían
por tu rostro y por tu cuerpo.

¡Llévame contigo, luna
que sola escapar no puedo!

¡Llévame contigo, luna
que quiero subir al cielo!

Que cada día me ata
la cadena azul del miedo,
que no quiero que amanezca
una mañana mi cuerpo
frío e inerte en el suelo,
rodeado de silencio.

¿Por qué no me llevas luna
contigo lejos, muy lejos,
si ese que viste anoche
humillarme y golpearme
sin piedad, sin desaliento,
es el mismo que veías
en otras noches sin tiempo,
besarme y acariciarme,
susurrándome un te quiero?

¿Por qué no me llevas, luna
no ves que escapar no puedo?

Y la luna te miraba
desde lo alto del cielo
con lágrimas en los ojos
te ofrecía su pañuelo.

Te fabricó una escalera
de estrellas y de luceros
y te gritaba muy alto,
¡no te pares, sal corriendo!

© Lola Franco, junio de 2009

domingo, 21 de junio de 2009

Desde tu vida



La vida que me regalas
es un trozo de tu vida,
no sé por qué me engendraste,
ni aún sé si ya tendré vida
pero llegan tus angustias
a ésta mi morada oscura.

El aire de tus pulmones
es el que estoy respirando
tu boca, quieras o no,
a mi me está alimentando.
No sé si es un corazón
lo que ya en mí está latiendo
pero tu llanto lo hace
cada día más pequeño.

¡Qué difícil decisión
darme o quitarme la vida!
¡Cómo si tu fueras Dios!

¿Cómo arrancarle a tu vida
un trozo, sin mas dolor?
O, ¿cómo dejar sino
que yo te cambie la vida?

Ya sé que tu no eres Dios,
mas será tu corazón,
no sé, si al lado de la razón,
el que habrá de tomar la decisión
sobre tu vida y mi vida.
Que aún no sé
si es una vida…, o son dos.

© Lola Franco, junio de 2009

miércoles, 17 de junio de 2009

Meditación


Es cierto; estoy convencido. Se que desde que se inventó el primer reloj o el primer artilugio de medir el tiempo, los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses y los años, siempre son iguales...Mas ahora, a mi me parece que los segundos avanzan veloces, los minutos trepidantes, las horas muy rápidas, los días muy ligeros, los meses a prisa y los años... a mi se me presentan todos los cuatro de septiembre; ¡de sopetón!. Ahora me parece que envejezco demasiado rápido, aunque la medida del tiempo sea la misma. No obstante, he de agradecer al Omnipotente que gobierna esta nave, que aún me mantenga por aquí, no se si para bien o para mal, pero, se han marchado ya tantas personas buenas, que estaban dentro de esta ya peligrosa década de los setenta...
Tengo fuerzas para vivir y renovadas ilusiones: Leer, escribir, pintar, interpretar un personaje en el Teatro, asistir a una buena tertulia... Sin embargo, soy consciente de que está más próximo que nunca el final. Y digo renovadas ilusiones, porque soy fuerte espiritualmente e intento comprender, a pesar de lo difícil, el mundo inmediato que me rodea. En este apartado no ha habido suerte. En salud ¡toda! pero, precisamente, cuando se tiene salud es cuando mejor pueden desarrollarse las vivencias y, sin embargo, en un gran porcentaje carezco de ellas, hay excepciones y los que componen esta excepción ya lo saben. Quiero decir por parte de los que me rodean, pues lo que es yo, sigo en mi intento de desarrollar toda clase de vivencias. Primero con mi mundo más inmediato, la familia, para seguir aplicándolas a todo ser viviente que se me acerca o permite mi acercamiento. No obstante y cómo es natural, tengo mis serias dudas sobre si el responsable de mi mala suerte sea tal vez yo.
Ahora bebo de mis sentimientos, estoy llorando muy despacio porque las lágrimas me llegan desde muy lejos, como cansadas. Y, cómo no es posible vivir sin ALMA, ese maravilloso don congénito o celestial te juega unas pasadas... Cuantas veces me he preguntado, ¿para qué quiero el alma? Pero enseguida me arrepiento, porque vivir sin alma tiene que ser horrible. Gracias al alma, saboreo mis sentimientos y profeso AMOR y observo cómo avanza la luz del amanecer, cómo se transforman los colores, las plantas, los animales, la atmósfera, el clima. Cómo, en la nueva alborada, aún sigue todo quieto, inerte, mas tan pronto despunta el astro rey, comienza una tenue brisa que te cala hasta los huesos, y todo, como ya apunto, empieza a transformarse. Así responde la sabia Naturaleza a todos los que, a través del ALMA, creemos en ella.

© Federico Serradilla, junio de 2009

domingo, 14 de junio de 2009

Arañas en la memoria


Ayer navegué despacio
El río de la memoria
Y el aire de los recuerdos
Hizo moverse la noria
Que agita los sentimientos
En el aire de la Historia

La brisa del corazón
Me llevó hasta un pueblo blanco
Donde da sombra el olivo
Y el eco de mil batallas
Entre moros y cristianos
Cuenta cada día un castillo

La barca de la nostalgia
No naufragó en el olvido
Y vio pasar navegando
La tinaja y el lebrillo,
La badila y el brasero,
El baño de los domingos
De cinc, caliente bajo la parra
Y, por supuesto, al amigo

Aquel con quien compartí
Las onzas de chocolate,
Las pipas, los caramelos,
El cartucho de altramuces
Y, sobre todo, los sueños
En las tardes de verano
A la hora de la siesta
Cuando reinaba el silencio
En un luminoso patio
Donde El Quijote era un cuento.

Se perdió entre los baúles
De libros y de disfraces
Guardados en el granero,
Dónde jugaba a ser grande
Delante del viejo espejo.

Vio reflejarse en el agua
La luna, mí primer beso
Y se trasformó la brisa
En viento fuerte y tenaz
Que te vuelve sordo y ciego
Y no deja de soplar
Hasta llevarte a la playa
Que habita la soledad
Donde ilusión y recuerdos
Luchan por no naufragar

Pero la melancolía
Me hizo subir a la barca
Que, entre lápices y sueños
Gobierna la fantasía
Con libros y con cuadernos
Y, por mas que sople el viento
Se ata a la libertad
Y siempre llega a buen puerto

Y en el cofre del tesoro
Guarda, junto a la alegría
Los hilos del pensamiento
Y las agujas del tiempo
Con las que teje recuerdos
De espuma de mar…y viento.

©Lola Franco, junio 2009

sábado, 6 de junio de 2009

La caña

-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana con desdén-“cójela usté”- me espetó señalando con su aceitunado y afilado dedo un cubo de latón lleno de cañas.
Era miércoles de feria. Cientos de carruajes desfilaban por el adoquinado en fila india y en ambos sentidos de Pascual Márquez. El olor a desinfectante mezclado con el de los excrementos de los caballos embadurnaba el caluroso mediodía de abril. La feria estaba a reventar de gente. El albero se levantaba de las aceras sobre nuestras cabezas al paso de la apresurada multitud como una amarillenta calima. Las casetas lucían sus rayas rojas, verdes, azules, farolillos, guirnaldas, cadenetas… Los colores de los trajes de flamenca, volantes y encajes revoloteaban por ellas y repiqueteaban palmas al compás de sevillanas. De las ajetreadas cocinas, el crepitante y avinagrado olor a “pescaito” frito, emanaba delicioso, humedeciendo nuestras bocas.
Me incliné hacia el cubo y comencé a examinar las cañas, cosa que no agradó mucho a la desconfiada vendedora. Me miraba como si escondiese algo y temiese que yo lo descubriera. Las había graves y agudas, las primeras más gruesas y un poco más largas, y las segundas más finitas y cortas. Estaban cerradas por las puntas con tres tiras de cinta aislante, dos verdes y una blanca, formando la bandera de Andalucía. Agarré una de las agudas.
Era la más larga de las de su clase y no tenía ninguna grieta. La miré de arriba a abajo deteniéndome en las tres bandas de cinta que aún la cerraban.


-“Hay c´abrila”- me dijo impaciente la mujer- “dame usté”.
La gitana sacó una navaja con las cachas de madera del bolsillo del delantal. Aún no estaba convencido de que aquella fuera mi elección. Sin embargo, viendo que la mujer se mostraba nerviosa, le di los dos euros y la caña para que le rajara el extremo cerrado. Le introdujo la navaja por un hueco y con un diestro y certero tajo cortó la cinta. La sacudió dos veces sobre su mano izquierda para comprobar su sonido y me la dio.
Aquella tarde en la feria pasó sin pena ni gloria para la caña. Solamente la hice sonar unas cuantas veces en casetas con tanto ruido que apenas pudo escucharse. Se pasó las horas enfundada en el bolsillo trasero de mi vaquero.
Después de rodar por el maletero del coche durante casi dos meses, el domingo pasado en la romería llegó su momento. La saqué a ese tibio y festivo Sol de últimos de mayo en Alanís. A la sombra centenaria del encinar que cruza el cordel de Los Carros, en medio de la luminosa paleta de colores con que la primavera pinta a la dehesa de San Pedro: lilas, amarillos, rojos, blancos, todos los tonos del verde bajo un cielo celeste claro salpicado de inmensos cúmulos de algodón. Se la presté a la hija de unos amigos que se paseaba en un carruaje con unas amigas, vestidas de corto, unas y de flamenca, otras.


- Déjame la caña, Leo- me dijo.
- Vale, pero no me la rompas, Claudia -le advertí- que me tiene que durar todo el día.
Los gélidos botellines de cerveza, los rebujitos, los platos de carne a la brasa, el queso, los pinchos y demás exquisiteces, acompañados de amistad y risas, hicieron que me olvidara de ella. Sin embargo, a eso de las ocho de la tarde, mientras en la radio contaban como el Betis descendía otra vez a segunda división, apareció el carruaje. Al levantar el trasero para apearse una de las pocas muchachas que quedaban subidas, quedó al descubierto la caña sobre el asiento. Rápidamente fui a por ella. Estaba aparentemente entera, pero al hacerla repicar, noté que la habían cascado.
El rebujito comenzaba a dejarse notar en el ánimo de la gente. Poco a poco la manzanilla y la cerveza nos liberaba de miedos y vergüenzas. Desde la encina de al lado llegaba el soniquete de un flautín a ritmo de caja y tamboril. Se escuchaban palmas y cantes junto a dos coches que hacían de recostadero. El Sol ya andaba limpiando las herramientas. No lo dudé ni un momento. Cogí mi caña y mi sombrero de paja y me uní a aquel grupo de paisanos. Unos pocos tercios de fandangos, muchas sevillanas a medio terminar y algunas rumbas aguantó la caña, un poco ahuecada pero con fuerza a pesar de sus heridas. El tiempo volaba alrededor, pero allí, en aquella reunión de cantes y copas, como dijo un pregonero “no se miraba ni un reloj”. En aquel suelo de pastos y hojas secas, de guijarros y polvareda compartimos vino, comida, risas y mucho, mucho arte. Todas las coplas sonaban bien. Allí no había Mairenas, ni Palis, ni Camarones… Éramos empleados, panaderos, bomberos, albañiles, jornaleros, herreros, carpinteros, cazadores, furtivos, pescadores, de izquierdas, de derechas, altos, bajos, con y sin dinero y al final de cada copla el “olé” te saltaba desde adentro. Unas te hacían reír, otras rezar, querer, llorar… Y sentir, sobre todo sentir. Sentir que somos hijos de una misma tierra y de un mismo pueblo y aunque cada uno después se haya buscado las habichuelas por donde ha podido, en él hemos nacido y nos hemos criado. Y es que si el pueblo siempre va en tu corazón, siempre, por mucho que tardes en volver, siempre estará ahí para abrazarte.
-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana por aquella caña, y yo se los di con gusto, porque cuando se los di, aunque mis pies pisaban el albero de Sevilla en abril, yo en mi cabeza ya pisaba pasto y hojas de encina secas y escuchaba fandangos, una caja y un tamboril. Aquello era la Feria de Abril, pero mi corazón latía ya en mayo, en mi romería, latía en Alanís.