sábado, 30 de mayo de 2009

Cuando yo era un “trotamundos”, un buen día, afanado en ambulantes ventas, viajando por la vega de Carmona me acercaba hacia Sevilla. La tarde estaba vencida y un sol de recogida daba pinceladas rojas sobre los tejados viejos de las casonas labriegas. A lo lejos, sobre los ondulados alcores como montando a caballo, veíase un Castillo derruido, unas casas blancas y una torre vieja. El cielo estaba muy limpio, por tanto, presentaba un azul luminoso. Aroma intenso de azahar se palpaba en el ambiente. Aquella visión lejana, como una Estrella de Oriente, relumbraba entre los naranjos. Castillo, torre, casas y frutales componían un paisaje de filigrana. Yo, ante esta visión, al pie de aquella carretera pobre y vieja, me había convertido en un soñador de historias. Allí, sólo se respiraba naturaleza.
Al avanzar lentamente, en el primer recodo, veo venir, a lomos de su borrico cansino de la jornada, a un enjuto y viejo labrador, al que a mí me parecía rodear un halo extraño, tal es que, yo sin saber por qué, quedé parado. Muy quedo, como un susurro de aguas, al aire puro lanzaba un cante de yunque y fragua. Al cruzarse conmigo, me espetó muy serio mas con gestos de bondad: “Que Dios te guarde chaval”. “Buenas tardes señor” le contesté muy formal. Quedó parado de pronto, quizás extrañado al fijarse en mi vieja y destartalada moto (marca Lube que había comprado de segunda mano a Manuel Alvarez “el grifo) cargada de tantos y diversos cachivaches que yo transportaba para su venta. Se apeó del viejo asno y de un saco blanco de lona, sacó una hermosa naranja que, ofreciéndome gustoso con palabras sentenciosas, como el que cuenta una hazaña, de esta forma se expresó: “Toma muchacho y prueba. ¡Son las mejores de España!. Mi extrañeza seguía en aumento y, mientras yo degustaba tan exquisito manjar, el labriego de mi historia se puso de pronto a gritar. Hablaba con un hortelano, al parecer amigo por lo que pude observar. Cuando silenció, le pregunté con cierta timidez: ”Buen hombre, cuanto veo en lontananza, allí, donde las casitas blancas que parecen dibujadas, con su castillo y su torre ¿cómo se llama?. Irguiendo su encorvado cuerpo, dado su avanzada edad y tal vez por tanto usar el azadón en las acequias de su huerta, señalando con el índice de su mano derecha, cual la estatua de Colón en la Ría de Huelva, orgulloso y placentero con buen tono me contesta:

“Ese conjunto que ves,
de rubíes y perlas blancas,
es un regalo del cielo
que todos sus habitantes
cuidamos con mucho celo.
En profundo la sentimos.
Villa de casta y solera,
que provoca nuestro mimo
como bella primavera.
¿Quieres saber su nombre?
Te lo diré con amor.
Esa perla lleva el nombre
de ¡MAIRENA DEL ALCOR!

Quedé prendado del todo con tan misterioso “personaje sobre jumento”. Tras mostrarme agradecido, una vez que arreó a su bestia, me despedí con un adiós profundo.
Transcurrida una media hora, a este hermoso pueblo llegué. A la primera persona que me encontré, fue a un cartero cumpliendo su cometido. Cómo al saludarle, observé que era agradable y simpático, me apresuré a comentarle el extraño encuentro que acababa de tener en la carretera de La Vega... ”Si, si, era un hombre muy amable y hasta cultura parecía tener... ¿Vestido de labriego, a un viejo burro subido, con los ojos luminosos, como de un extraño ser?. Me pregunta mi interlocutor. Moviendo la cabeza le contesto con un ¡Sí! terminante. ¡Ah!, ¡Hombre! ¡Está claro! me espeta muy convencido: “Ese es Don Luis, el poeta, como es conocido en el pueblo. Fue profesor de Literatura en la Universidad de Sevilla, cuando La República. Al estallar “EL Movimiento” se refugió aquí, en Mairena. Se compró una pequeña huerta que ya no quiso abandonar nunca y, por las noches, daba clases gratuitas a todos los niños pobres del lugar, que entonces eran muchos, si mostraban interés por aprender o que le enviaban los padres. Y aún sigue haciéndolo. Por eso es muy querido en el Pueblo

Ya pensaba yo... que este aparente pobre labriego tenía un halo de misterio... ¡ Y tanto!

Corrían los años cincuenta.

“El aprendiz de Barbero”

domingo, 24 de mayo de 2009

Primavera de colores

Hoy se vistieron mis ojos
Con el verde de tu risa
Para llenar de colores
Cada soplo de la brisa

En tu barca de ilusiones
Naufragaron mis desdichas
Que se vistieron de azul
Antes de alcanzar tu orilla

Y cuando alcancé la playa
Todo el rocío de abril
Quiso tenderme una alfombra
Cuajada de rosas rojas
De mirto, lirio y jazmín

Desde tan mullido lecho
Soñando despierta ,vi
Como derramaba el cielo
En cascada, sobre mí
Sus mil colores distintos,
Desde el verde al amarillo
Desde el naranja al añil

Sentí nacer en mi pecho
Un luminoso jardín
Y nubes de mariposas
Subieron por mi garganta
Para llevar hasta ti
Frescas palabras de agua
Que llenaron mi jardín
De susurros musicales
Que volaron con el viento
Y llegaron a los cuentos
Que faltan por escribir

Y cuando la noche trajo
Hasta mi casa su manto
Cuajado de estrellas blancas
Donde se perdió mi llanto
Soñando, pude dormir.

© Lola Franco, mayo de 2009

martes, 19 de mayo de 2009

Hacía una buena tarde

Pintura de Palomo Reina

Hacía una buena tarde, por ello, prolongué una hora más mi sesión de pintura a la orilla del río. Precisamente y cuando recogía los bártulos, se acercaron unas muchachas alegres y dicharacheras, también de vuelta para casa. Quizás vendrían de pasear en las barquitas de pedales, no lo sé. Una de ellas, la más atrevida me pregunta...:

- ¿Eso lo ha pintado usted?

- Sí- le respondo.

-¡Qué bonito!- dijo otra de las chicas.

Y así se inició, en forma de corro, sobre mi persona, una muy agradable tertulia entre “un mayor” y unas adolescentes encantadoras. Según contestaron a mis preguntas, tendrían entre los doce y los catorce años. ¡Dios mío, que edad tan maravillosa! Eran amigas entre sí y casi todas compartían colegio.

La edad es la edad. Los niños, decimos todos, que saben mucho ahora. Es posible, dados los adelantos, que así sea, pero estas niñas tenían, dentro de su inteligencia y “su saber” de hoy, esa pura y fresca inocencia de los doce años. Su rubor, su candor, su timidez o su espontaneidad, era exactamente igual que las niñas de hace cuarenta o cincuenta años. Después de hacerles unas breves observaciones, con todo mi corazón, gané su confianza y se formó una tertulia, tan peculiar como poco frecuente. Los mayores hemos perdido la paciencia con los jóvenes por lo que, difícilmente, se establece un coloquio tan apasionante como el de ayer a orillas del milenario Guadalquivir. Apasionante, sí, porque la sinceridad y la ilusión son sólo patrimonio de los niños y de aquel mayor que esté dispuesto a provocar una tertulia, tan espontánea como rica en humanidades. Hablamos de sus padres, del colegio, de los compañeros, de la gente, e incluso, alguna de ellas, de su incipiente enamoramiento de algún chaval de más o menos su edad. Aunque hubo una que, tras ponerse “colorada”, dijo que le gustaba un vecino suyo que tendría unos veinticinco años. Yo, tras mis sesenta años de acumular experiencias, disfruté de lo lindo
aconsejándoles sobre un repertorio bastante variado.

Anochecía y algunas de las chicas tenían ya temor por la hora de regresar a su casa. A mí se me había ido una hora, como podrían haber sido cinco, sin darme cuenta. Por fin nos despedimos todos. Espontáneamente, me besaron cariñosas y muy respetuosas a la vez. Y, hasta hubo una que, muy tímidamente, me agradeció la “extensión bondadosa”, por mi parte, del conciliábulo.

Definitivamente recogí los bártulos y avancé por la rampa, que lleva al aparcamiento, muy lentamente e inundado de un halo luminoso de paz y bienestar.

Este inopinado encuentro, me hizo ver y sentir que la adolescencia, pese a los tiempos peligrosos que corren, sigue siendo un derroche de sinceridad y una fuente inagotable de ilusiones. Bendito sea Dios que aún me deja saborear la transportación a las mieles de aquella mi feliz juventud, a pesar también de los tiempos miserables de posguerra que corrían.

Como ya dijo alguien, antes que yo; LA HISTORIA SE REPITE.


© Federico Serradilla Spínola, Mayo, 2009.

domingo, 17 de mayo de 2009

VOLAR SIN ALAS

El soplo sutil del tiempo
que ayer mecía tu cuna,
hoy se asomó a la ventana
y vio vacía tu cama
después de irse la luna.

Fueron quedando mil nanas
dormidas en el desván
al lado de tus pucheros,
tus risas, tu despertar.

Allí subieron las hadas,
los duendes y los piratas,
los pájaros y las flores
que de los cuentos se escapan.

Se deslizó suavemente
entre gomas de borrar,
dibujos y caramelos,
payasos, libros de texto…,

tu niñez,
alegre la empujó el viento,
como a un caudaloso río
que bravo llega hasta el mar.

Y allí conoció las olas,
el azul, la inmensidad,
el verde, el blanco y el negro,
la cárcel, la libertad.

Y fue, tan grande,
pero a la vez tan pequeño,
que le dio la mano al viento
y se fundió con las olas
creyendo
que siempre vería un faro
si se perdía en la mar.

© Lola Franco, mayo de 2009