jueves, 30 de abril de 2009

LA IMPORTANCIA DE SER OBJETO

Nada me gustaría más en esta vida que ser un objeto. Vistos, tocados, llevados a lugares recónditos, pateados, a veces insultados, otras queridos y admirados, y todo esto sin que tengas que preocuparte de devolver el cumplido. Eres un objeto y, como tal, nadie espera nada de ti, por lo tanto, no tienes que esforzarte en fingir que éste te cae mejor que aquel y viceversa.

El otro día iba andando por la calle y me tope con un paquete de tabacos que, debido a la forma en la que estaba colocado, parecía mirarme, parecía insinuárseme, creo que llevaba bastante tiempo allí en el suelo, pero aún conservaba su sello de identidad. Al momento le dí una patada y pensé, ¿cuántas patadas llevará ya?, igual se ha recorrido media Sevilla de puntapié en puntapié, igual hace un mes hizo noche en la puerta del ayuntamiento horas después que un político local lo tirara al suelo por “inservible”.
A partir de ese momento el paquete vivió multitud de situaciones diferentes e interesantes, niños/as que jugaron con él mientras sus padres consumían en pleno centro, o el pisotón ese que le dio el borracho de turno antes de entrar en casa, cuántas peripecias no vivirán los objetos antes de, en el mejor de los casos, acabar en una hiper mega planta de reciclado para volver a reencarnarse.

Sin duda si yo me tuviera que reencarnar en un objeto este sería una bolsa de plástico, ¡ufff!, es el rey de los objetos; puede ser suave, ligera, independiente (se mueve sola), y pueden durar muchísimos años.
El domingo estaba viendo un partido de fútbol por la tele, jugaba el Barcelona y seguro que millones de personas estaban como yo desde sus casas pendientes de la pantalla. El Barcelona arrollaba a su rival, no sé si fue por el aburrimiento que se palpaba o por la independencia de estos objetos ( y más por esas tierras catalanas), pero de repente una bolsa de plástico se mecía a su antojo por el centro del campo cual bailarín de Fama. En ese momento los televisores de medio mundo sólo la enfocaban a ella, los ojos de millones de personas estaban pendientes de sus movimientos y ella seguía a lo suyo, se pavoneaba entre los jugadores, se atrevía a regatearlos… Ufff ¡qué gozada!, ¿a quién no le gustaría ser bolsa de plástico? ¿O no?.


© Arturo Fernández Diéguez, abril de 2009

domingo, 19 de abril de 2009

Esparraguitis

Ya enero y febrero dejaron fundir sus hielos por las humedades de marzo. Un breve y gélido paréntesis, como cada año en Semana Santa y vuelve con abril la "esparraguitis". Es como una epidemia de gripe, pero en primavera.
Vuelve todos los años a la par que la rinitis alérgica y los estornudos; a la par que el lagrimeo sin penas de los amaneceres de polen; a la par que los colores y la luz a la Sierra Norte.
La gente, como dice mi buen amigo canario Luis "El Popita", se bota al campo. Hay más gente por los cerros que en los años de la posguerra. Vas por cualquier vereda y saludas más que paseando por la calle Bancos. Todos con su manojito y su navajita. Algunos con el cuchillo ese del juego de cocina que le tocó en la tómbola de las cartas, de filo de latón mellado que se dobla con un pajote, que parece acero inoxidable y tiene el mango de plástico de color "martillito de feria". Las manos, como las sienes de Cristo, que por coger un esparrago hay que entregar hasta la vida, si es menester. Las uñas "renegrías" de escarbar para sacar más largo, el que más largo no es porque no ha tenido tiempo de ser más largo.Y es que la fiebre que da esta gripe, hace que broten en la especie humana sus instintos más animales.
No hay placer como el que produce descubrir a lo lejos un espárrago del grosor de una barrita de labios de las caras, o de un palote de fresa, sobresaliendo por encima de una chaparrera, con la cabeza ligeramente inclinada. Luego, acercarse a tropezones sin apartar la vista de él, como si se fuera a escapar, o peor aún, como si nos lo fueran a quitar. Llegar y ver que esta verde, fresco como una lechuga, sin espigar, deleitarse tocándolo, midiéndolo y buscando el mejor sitio para el corte, para que se vea en el manojo, cosa imposible..., lo grande que era en el campo.
Igualmente, no hay berrinche más berrinche que el que agarra un esparraguero, cuando después de descubrir, tocar, medir y cortar tan jugoso ejemplar, lo descabeza al sacarlo de la mata:
-"¡¡Cago en to lo que se menea...!!" -. Y esto es lo más suave que lanzamos al aire entre nuestros apretados dientes.
También hay algunos contagiados de larga duración o crónicos sin tratamiento. Son los que llevan un ovillo de cuerda para atar el, o los manojos, cuando ya no le caben en las manos. Provistos de una navaja, ya sea Opinel o Teodomiro, de Albacete o Don Benito, afilada hasta el punto de que corta un papel de fumar flotando en el aire.
Salen a buscarlos con el sol. Desaparecen del pueblo ellos solos. Nadie sabe donde andan. Sólo se nota que no estaban cuando aparecen al medio día. Andan como burros cargados entre el montarral con un zurrón lleno de espárragos del que, para poder meterlos, sacaron el bocadillo y se lo comieron sin ganas; y como siguen y siguen, de espárrago en espárrago, pateando cerros y llanos, olivares y dehesas, terminan por sacar hasta el agua de beber, y si tienen sed beben en los regajos. Luego llegan al pueblo, de barro hasta las orejas, llenos de pinchos, de pajotes y de hojas, y se dan un paseo por la Plazoleta enseñando su trofeo. Como tiraron el agua, en lo que respiran tres veces, se mandan dos cervezas sin aperitivo y a la pregunta de cualquiera que los vea:

-¡Vaya manojo!, ¿dónde lo has cogido?-, te espetan sin enseñarte los ojos:

- en el campo, ahí mismo..., en un ratillo....
(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, abril de 2009