domingo, 19 de abril de 2009

Esparraguitis

Ya enero y febrero dejaron fundir sus hielos por las humedades de marzo. Un breve y gélido paréntesis, como cada año en Semana Santa y vuelve con abril la "esparraguitis". Es como una epidemia de gripe, pero en primavera.
Vuelve todos los años a la par que la rinitis alérgica y los estornudos; a la par que el lagrimeo sin penas de los amaneceres de polen; a la par que los colores y la luz a la Sierra Norte.
La gente, como dice mi buen amigo canario Luis "El Popita", se bota al campo. Hay más gente por los cerros que en los años de la posguerra. Vas por cualquier vereda y saludas más que paseando por la calle Bancos. Todos con su manojito y su navajita. Algunos con el cuchillo ese del juego de cocina que le tocó en la tómbola de las cartas, de filo de latón mellado que se dobla con un pajote, que parece acero inoxidable y tiene el mango de plástico de color "martillito de feria". Las manos, como las sienes de Cristo, que por coger un esparrago hay que entregar hasta la vida, si es menester. Las uñas "renegrías" de escarbar para sacar más largo, el que más largo no es porque no ha tenido tiempo de ser más largo.Y es que la fiebre que da esta gripe, hace que broten en la especie humana sus instintos más animales.
No hay placer como el que produce descubrir a lo lejos un espárrago del grosor de una barrita de labios de las caras, o de un palote de fresa, sobresaliendo por encima de una chaparrera, con la cabeza ligeramente inclinada. Luego, acercarse a tropezones sin apartar la vista de él, como si se fuera a escapar, o peor aún, como si nos lo fueran a quitar. Llegar y ver que esta verde, fresco como una lechuga, sin espigar, deleitarse tocándolo, midiéndolo y buscando el mejor sitio para el corte, para que se vea en el manojo, cosa imposible..., lo grande que era en el campo.
Igualmente, no hay berrinche más berrinche que el que agarra un esparraguero, cuando después de descubrir, tocar, medir y cortar tan jugoso ejemplar, lo descabeza al sacarlo de la mata:
-"¡¡Cago en to lo que se menea...!!" -. Y esto es lo más suave que lanzamos al aire entre nuestros apretados dientes.
También hay algunos contagiados de larga duración o crónicos sin tratamiento. Son los que llevan un ovillo de cuerda para atar el, o los manojos, cuando ya no le caben en las manos. Provistos de una navaja, ya sea Opinel o Teodomiro, de Albacete o Don Benito, afilada hasta el punto de que corta un papel de fumar flotando en el aire.
Salen a buscarlos con el sol. Desaparecen del pueblo ellos solos. Nadie sabe donde andan. Sólo se nota que no estaban cuando aparecen al medio día. Andan como burros cargados entre el montarral con un zurrón lleno de espárragos del que, para poder meterlos, sacaron el bocadillo y se lo comieron sin ganas; y como siguen y siguen, de espárrago en espárrago, pateando cerros y llanos, olivares y dehesas, terminan por sacar hasta el agua de beber, y si tienen sed beben en los regajos. Luego llegan al pueblo, de barro hasta las orejas, llenos de pinchos, de pajotes y de hojas, y se dan un paseo por la Plazoleta enseñando su trofeo. Como tiraron el agua, en lo que respiran tres veces, se mandan dos cervezas sin aperitivo y a la pregunta de cualquiera que los vea:

-¡Vaya manojo!, ¿dónde lo has cogido?-, te espetan sin enseñarte los ojos:

- en el campo, ahí mismo..., en un ratillo....
(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, abril de 2009