sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Culpable por necesidad?


En septiembre, un hombre ha talado los tres hermosos olmos que rodeaban mi casa. Amenazaban ruina, al colarse, en su crecer y crecer, a través de los cimientos y he sentido en mi interior una sensación profunda de culpabilidad. ¡Eran tan hermosos y protectores de la canícula veraniega sobre mis tejados! Y ahora que ha llegado el otoño, echo de menos el pulular del viento a través de sus hojas y el balanceo de sus hermosas ramas que parecían saludarme en la mañana, tan pronto salía al jardín para hacer mis ejercicios para las cervicales, recetados médicamente.

 Hice que los troncos fueran cortados a rodajas y amontonadas uniformemente al pie del ventanal de la cocina. Desayuno con ellas todas las mañanas. Las observo y sigo sintiéndome culpable de haber roto sus vidas. Tan temido me siento que, cuando apriete el frío a punto de llegar, no sé si seré capaz de introducirlas en la chimenea donde desaparecerán sus preciosas vetas ondeantes, cubiertas de una corteza  grisácea de arabescos caprichosos. Desde ella y hasta el punto central,  corazón del tronco, hoy he contado sus años de existencia; justamente cuarenta y dos y se me ha roto el corazón en mil pedazos.  Con cuarenta y dos años murió, hace veinte, mi entrañable y querido hermano Paco, también talado por una terrible enfermedad. Esto me ha hecho pensar: ¿casualidad o  profecía? 

Cuando llegue el frío, no sé si encenderé la chimenea, tan agradable y de tan entrañables recuerdos de mi niñez en Alanís, o quizás opte por la calefacción eléctrica, que no te produce esa sensación tan agradable y evocadora de la chimenea. Lo que sí es cierto, que nunca ante un hecho aparentemente banal, me sentí tan culpable como con este, de arrancar la vida de cuajo a tres hermosos olmos, crecidos en la parcela de un amante de la Naturaleza.

© Federico Serradilla Spínola, octubre de 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario