miércoles, 28 de octubre de 2009

ALMORAIMA, SUEÑO DEL GUADALQUIVIR




Es una calurosa noche de verano; noche de estío andaluz. Tedio y sopor se reflejan en tus aguas mansas, mezclándose con el fulgurante brillar de las estrellas. La luna se asoma burlona, iluminando con su palidez las casas de  Triana, la dorada torre, el minarete de la Giralda, la Mezquita, las almas de tu tierra… Y tú, lento, apacible, dejándote llevar, derramándote.
     Se ha levantado una suave brisa que dispersa la calima espesa y maloliente. De la mano del aire te meces en un columpio imaginario y dejas volar tus pensamientos, abriendo de par en par sus puertas al sueño. Recuerdas, envuelto en un sopor embriagador que adormece tus sentidos, como si estuvieran prendados del dulce néctar del vino. Recuerdas, recuerdas…


Almoraima, sueño del Guadalquivir,
quimera de otra noche veraniega,
recuerdos de amores prohibidos,
de amantes que esperan…


     … Apenas si acabas de nacer. Saltas con brío entre piedras y arbustos. Rebosas frescor y pureza cristalina. Eres todo nervio, toda fuerza, toda nobleza. Tu ser se expande con el más limpio de los aires y te envuelve, arrullante, el canto del ruiseñor, del jilguero, del gorrión.




Sierra de Cazorla,
Recuerdo de tu niñez…

     Tu camino, aún impetuoso, prosigue incansable. Corre por tus venas la mágica savia de la juventud. Te fundes en un solo cuerpo con la naturaleza que te rodea. Cañaverales, robledales, elásticos juncos que se inclinan a tu paso, peces, nutrias, pájaros… Todos sin distinción te acompañan alegres. Todos forman parte de ti; te pertenecen. Eres feliz, inocente, puro; inmaculadamente puro.

¡Quién pudiera soñar su juventud,
Quién…
¡Quién pudiera revivirla…!


 Ahora, tu andadura se reposa y detienes por un instante la veloz carrera, el frenético fluir. Miras a tu alrededor. Todo ha cambiado. Por unos segundos un nudo atenaza tu garganta. Sientes miedo. ¿Dónde están los árboles? Quien te viera, diría que una lágrima resbala por tus mejillas. Tu alma de río se conmueve. ¿Dónde están los árboles? Y como si las fuerzas te abandonaran, percibes en tu cuerpo el peso del camino. ¡Definitivamente lloras!
     El tiempo transcurre imperturbable; ajeno a todo y a todos. Juez implacable de nuestras vidas. Cruel tirano de nuestro devenir.
A lo lejos algo extraño, distinto a lo que conoces, se yergue desafiante en el horizonte. Córdoba. Árboles blancos que no tienen ramas, ni pájaros, ni esencia. Tan solo escasas y tristes flores que cuelgan de ellos y los adornan. Algo te oprime, te encajona, te limita. Por un momento sientes morir. ¿Qué será la muerte? Eterna pregunta sin respuesta. Ni tan siquiera tú lo puedes llegar a comprender.



Pero aprendes pronto. Conoces por fin al hombre; su vida, sus designios, sus pesares, su poder. Su incomprensión hacia ti. ¡Extraño ser!
     Quisieras escapar; huir a toda prisa. No puedes. Ahora lo sabes. Sientes como arranca por doquier trozos de tu ser; retazos de tu alma.

…Y la vida sigue
como el devenir constante de un río
que entre juncales deja
olvidados sus recuerdos.

Sigues adelante y en tu camino, Sevilla. Madurez, plenitud. Ha pasado el miedo. Has olvidado la pena. Presente, solo presente. Resignación. Te has acercado ondulante hasta la orilla. Allí, en la arena templada por el sol, acaricias unos pies desnudos. Es una forma de mujer. Su piel es suave como ninguna que recuerdes. Vuelves a ella una y otra vez. La miras fijamente y su rostro se refleja en tus aguas. Es hermosa; incomprensiblemente hermosa. Ojos negros de azabache. Cabellos largos y sedosos. Escultura perfecta. Se inclina sobre ti; te toca. Refrescas su cara; mojas sus labios. Te queda el sabor de un beso dulce y profundo. Sientes cautivar tu corazón, llenarlo de cadenas. Estás enamorado. Como una cantinela lejana oyes pronunciar su nombre:

“Almoraima, Almoraima…”

Y como el eco melodioso lo repites:

“Almoraima, Almoraima…”


Ya nunca escucharás otro nombre de mujer.


“Almoraima, Almoraima…”


Aún resuena en tus oídos cuando la ves alejarse. Corre graciosa hacia Triana, lejos de ti.


“¿Dónde vas?”
¡Vuelve!

No te oye. Se aleja más y más. No te oye…
     Y tú, que no puedes detener tu caminar; que debes proseguir condenado a un fluir eterno, imperturbable; que no tienes derecho al amor…

“¿Por qué?
¿Por qué?

En tu profundo interior sabes que, dentro de un instante, solo quedará de ella tu recuerdo; tu efímero y bello recuerdo. Infame ironía del destino.


“Almoraima, sueño del Guadalquivir,
bellos ojos que se ocultan
tras las amargas lágrimas
de un desengaño…”

Descubres la tristeza de un camino en soledad. Sientes que alguien te llama, premioso, irresistible. Queda atrás la belleza de un paisaje, el recuerdo de un momento feliz. También el hombre, su entorno, sus monumentos, su ironía, su desolación…
     Proseguir, proseguir, es tu firme obsesión. Discurrir pausado, tranquilo pero sin pausa. Discurrir buscando el fin, el momento, el supremo instante, la razón de tu existencia, tu propia y real intimidad. Se podría decir que anhelas la muerte.

“Almoraima, sueño del Guadalquivir.
La muerte es solo otro bello recuerdo,
Una palabra en las alas de viento.”

     Ya presientes el fin. Llega hasta ti el lejano rumor de las olas. Tus entrañas se conmueven. No, no es miedo lo que sientes. No te asusta lo irremediable. Es una extraña mezcla de serena inquietud, de inmensa melancolía. El tiempo parece detenerse. También tú, remanso, paz; infinita paz. El aire huele a marismas y sal. El mar está cerca. Sanlucar lo contempla. Sabes que has llegado, que todo se consuma, que el tiempo ha dejado de existir. Un último recuerdo asalta tu memoria. Un definitivo sentimiento: Amor…

“Almoraima, Almoraima…
Un dulce sueño me embarga,
va adormeciendo mis penas,
embriagando mis sentidos,
amamantando mi espera.
Otra vez, Almoraima,
la más bella entre las bellas,
otra vez beso tus pies
desnudos sobre la arena.
Otra vez sueño contigo
cuando mi muerte está cerca,
cuando las olas me atraen
sin que pueda detenerlas.
Valió la pena ser río
enamorado y poeta;
valió la pena ser río
y dejar mi vida entera
derramada entre las tierras
de Cazorla a Barrameda…”

    

Y así, mecido por la fresca brisa del mar, tus aguas se funden ceremoniosas con las olas y alcanzas, definitivamente, el hito de la inmortalidad.
     Atardece. Anda el sol en busca de su ocaso tras los lejanos caminos del horizonte y el crepúsculo se viste de una espléndida sinfonía de colores. Las dulces aguas del Guadalquivir se vierten en el mar y llega hasta mí el rumor de las olas. En verdad parece que contaran historias de enamorados…

© Luís Narbona Niza, octubre de 2008

No hay comentarios:

Publicar un comentario